Existen muchas maneras de recordar un partido. Las más ordinarias, todos las conocemos: como olvidarte de ese duelo que le da un título a los tuyos, o que te clasifica para Europa, o que sella tu ansiada permanencia, o que te brinda el gustazo de vencer a tu acérrimo rival en el último minuto y mediante un penalti injusto. Esas alegrías justificadas, que por tan justificadas, a veces nos parecen insustanciales. Luego siempre habrá lugar para esos sadomasoquistas que se regocijan con el escozor de la derrota y el lamento. Incapaces de guardar en su retina los días soleados, en su baúl de los recuerdos tan solo se conserva en buen estado esa final perdida por penaltis, esa jornada en la que tu delantero estrella se rompió el menisco o ese partido que ganó tu equipo, sí, pero horas después de que te dejara la novia y te estampases con el coche. Todo muy turbio, todo muy rememorativo.

[quote]En 1980, entró Toyota como nuevo inversor, se cambió la denominación del campeonato, empezaron a circular los billetes y se acabó con esa tentación de renunciar a la final de las finales[/quote]Luego ya si eso cada uno tiene su particular pinacoteca de instantes, detalles de enfrentamientos concretos que nos trasladan a una vida pasada. Que si qué estaba haciendo yo cuando el tirón de ‘orejas’ de Míchel a Valderrama, que si como llevaba el pelo cuando a Robbie Fowler le dio por meterse una de las rayas de Anfield Road, que si en qué bar andaría metido cuando Totti, aburrido de escupir al césped, probó con la cara de Christian Poulsen. Partidos, partidos y más partidos. De los que dieron lugar a los mejores goles a los caños más sublimes, pasando por las entradas más criminales o las celebraciones mejor diseñadas. Hay tantos, que para apaciguar el caos mental nosotros mismos los ordenamos en categorías, corriendo el riesgo de dejarnos al margen la modalidad más estrambótica de todas: hay partidos que se recuerdan por no haberse jugado.

Como por ejemplo el Liverpool-Boca Juniors de la final de la Copa Intercontinental (hoy rebautizada como Copa Mundial de Clubes, o como Copa Toyota, en este segundo caso para que los empresarios entrometidos se entiendan) de 1978. Los ingleses, campeones de Europa el año anterior tras noquear al Brujas en Wembley con un solitario gol de Dalglish, tenían que enfrentarse al equipo porteño, que venía de levantar la Libertadores después de vencer en una final a tres partidos al Cruzeiro. Sin embargo, los ‘reds’ hicieron oficial al poco tiempo su decisión de renunciar al partido (por aquel entonces la final se jugaba a dos partidos), alegando falta de fechas disponibles en su calendario. Se les ofreció entonces la vacante de finalista a los subcampeones belgas, que sin embargo tampoco aceptaron la invitación. Tras tal serial de negativas, el encuentro se dio finalmente por suspendido, y con ello la Intercontinental de ese año quedó en el aire, sin campeón registrado.

VOLVER AL PASADO

El globo planetario ha dado varias vueltas desde entonces. Tantas, que hoy nos sería imposible concebir que el campeón de la última ‘orejona’, el Real Madrid, decidiese renunciar a su participación en la Copa Mundial de Clubes. Ni las intensas lluvias que han caído sobre Marruecos, sede de la competición de este año, han hecho tambalear los planes previstos. Si ha hecho falta se ha cambiado de estadio y de ciudad, como hemos visto, dejando a la población local de Rabat con el disgusto de no poder presenciar el encuentro. Pero ni oír hablar de esas viejas costumbres de cancelar el torneo. Las crónicas que dejará la final que enfrentará esta noche a los de Ancelotti con San Lorenzo de Almagro saldrán en las portadas de los diarios, los vencedores cumplirán el protocolo de subir en las redes su ‘selfie’ con el título e incluso quizás alguno de ellos se sirva algún combinado en su vuelta aérea a casa, más por capricho que por saciar su felicidad desenfrenada. Otro debate es el nivel futbolístico que ofrecen los duelos del Mundialito; pero en cuanto a imagen y mercantilización del producto, la FIFA se puede dar por satisfecha con la evolución ascendente de su descafeinado invento.

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El Liverpool renunció dos años seguidos a jugar la Intercontinental

Sin embargo, en las primeras décadas de vida de la Intercontinental la canción era otra muy distinta a la actual. Lo normal era que los aspirantes del viejo continente abdicaran en su condición de finalistas. Oficialmente, los motivos de los habituales desplantes eran la preocupación por la integridad física de los jugadores o por el apretadísimo calendario deportivo que regía a los clubes. Pero entre bambalinas todo el mundo se decía que las ausencias se fraguaban por la falta de incentivos financieros y la poca relevancia que tenía el trofeo. Así se llegó a la suspensión de dos ediciones, las de 1975 y 1978, o a la substitución del campeón por el subcampeón europeo en las copas del 1971, 1973, 1974, 1977 y 1979. En los inicios de los 80, entró Toyota como nuevo inversor, se cambió la denominación del campeonato, empezaron a circular los billetes y se acabó con esa tentación de dar un ‘no’ por respuesta.

Habiéndose logrado que al menos el Mundialito chorree algo más de prestigio que antaño, ahora algunos osados pretenden incluso replantear la lógica cronológica del calendario y así finiquitar esas cuantas pendientes que dejaron los inicios escarpados de la competición. Y de ahí que volvamos al recordado (por inexistente) Liverpool-Boca del 78. En estos últimos meses, varios medios de comunicación han hecho público que desde 2011 se trabaja para retomar esa final perdida. La AFA, el club argentino y la institución de Anfield Road ya habrían aceptado el reto, y en estos momentos se estaría esperando a que la FIFA diese el visto bueno definitivo para dotar de carácter oficial el partido. La fecha y el lugar de este particular intento de retroceder en el tiempo estarían aún por definirse, pero se habla del próximo 2015 y de Sudáfrica.

A expensas de que pueda salir adelante la propuesta, los aficionados más retro del panorama ya nos frotamos las manos con esa futurible escena pintoresca de ver a los Ballotelli, Sterling, Gago o Gigliotti luchando para engrandecer aún más el legado que dejaron mitos como Paisley, Dalglish, Veglio o Mastrángelo. Nos atrae lo raro, ya lo saben. Y aunque no se haya comentado nada al respecto, estos hechos también podrían desencadenar la recuperación de la otra Intercontiental que se quedó sin jugarse, la de 1975, en la que tenían que verse las caras Independiente y Bayern de Múnich. ¿Se imaginan a Guardiola y compañía compitiendo por un título gracias a la Copa de Europa que levantaron en su día los Beckenbauer, Müller o Rummenigge? A los más ilusionados con estas chocantes posibilidades, decirles que no dejen que su fe decaiga. Pues ya hemos visto en otras ocasiones que en el fútbol, como en la vida, todo es posible.