Andréi Tarkovski, director de cine soviético del siglo XX, escribía en Esculpir en el Tiempo: “La finalidad del arte consiste más bien en preparar al hombre para la muerte, conmoverle en su interioridad más profunda. Cuando el hombre se topa con una obra maestra, comienza a escuchar dentro de sí la voz que también inspiró al artista. En contacto con una obra de arte así, el observador experimenta una conmoción profunda, purificadora. En aquella tensión específica que surge entre una obra maestra de arte y quien la contempla, las personas toman conciencia de los mejores aspectos de su ser, que ahora exigen liberarse. Nos reconocemos y descubrimos a nosotros mismos: en ese momento, en la inagotabilidad de nuestros propios sentimientos”. Las palabras recogidas en las memorias de Tarkovski, libro escrito dos años antes de su muerte, pretenden evocar que el buen cine y, por tanto, el buen arte, nos hacen mejores personas. Cuántas veces al salir de ver una obra maestra en una pantalla de cine de la filmoteca de nuestro pueblo, hemos sentido que un pequeño vacío en nuestro interior se llenaba repentinamente de un sentimiento de conformidad. Cuántas veces hemos sentido en los últimos años, después de ver un partido de Karim Benzema, la misma sensación. Es inexplicable y a la vez maravilloso. Es angustioso, pero también satisfactorio.

El delantero francés ha descubierto la receta mágica para poder moldear las emociones de los aficionados al fútbol. Un poco de drama por aquí, un poco de agonía por allá y lo rematamos con el toque maestro, arte. Porque lo que ha hecho el capitán del Real Madrid es comparable a la Capilla Sixtina de Miguel Ángel, las Cuatro Estaciones de Antonio Vivaldi o La puerta del Infierno de Rodin. Benzema ha alcanzado la excelencia. Y lo ha hecho llevando en volandas al equipo blanco hasta la final de París. Porque dicho así queda aún mejor. París, la capital del arte, de la moda, de la belleza, contará con su máximo exponente en el fútbol actual. Aunque el franco-algeriano nació en Lyon, a bastantes kilómetros de la capital gala, París siempre es especial para los franceses. Y para todas las personas del mundo. Ernest Hemingway escribía en París era una fiesta: “Si has tenido la suerte suficiente de haber vivido en París cuando eres joven, luego París te acompañará vayas donde vayas, todo el resto de tu vida”. Y qué añadir si además te vas de la ciudad con una Champions bajo el brazo. 

Porque Benzema nos ha malacostumbrado. Malacostumbrado a que ya no haya partidos, solo buenos partidos. Partidos emocionantes y vibrantes. Partidos en los que no puedes cerrar la televisión hasta el último minuto. Partidos en los que no puedes pestañear ni en un instante. Partidos para el recuerdo. Porque esto también es lo que hace el arte, dejarte grabado en la retina momentos, instantes, elementos. Desde una pincelada hasta una nota. El arte es lo más puro que tenemos. ¿Y a quién no le gusta el arte? Por tanto, ¿a quién puede no gustarle Karim Benzema?

A sus 34 años el delantero está teniendo la mejor temporada de su carrera. Aún quedan en la mente sus primeros pasos en el Lyon, que maravillaron a toda Europa. Benzema, poco a poco, sin hacer ruido en exceso, se ha transformado en un jugador para el recuerdo. Convertido ya en el segundo máximo goleador de la historia del Real Madrid, el francés no solo anota goles, sino que asiste, combina con sus compañeros, se desmarca, presiona… En definitiva, lo hace todo. Y sin pestañear. Además lee los momentos a la perfección, entiende cuando el juego se tiene que acelerar y ralentizar, cuando hace falta percutir hacia la portería contraria y cuando hace falta guardar el balón con la posesión. Y esto es innato.

 

Porque Benzema nos ha malacostumbrado. Malacostumbrado a que ya no haya partidos, solo buenos partidos. Partidos emocionantes y vibrantes. Partidos en los que no puedes pestañear ni en un instante

 

Porque ver jugar a Benzema es como disfrutar de una obra de arte sin saber qué es lo que va a pasar en cada instante. Su juego es tan predecible como indescifrable. Sabes qu te va a maravillar pero nunca de qué manera lo va a hacer. Si con un hat-trick en pocos minutos, con un delicioso detalle de calidad o con un arrebato de carácter y liderazgo. Sabes cómo empieza pero no cómo acaba. Y ahí también reside la esencia del fútbol, en la sorpresa. En actuar como un mago sacando un conejo de la chistera con su truco final. Y no hay nadie mejor que Benzema, ni el Madrid, en este aspecto. Cuando parece que todo está terminado, llega el golpe de efecto del francés y todo vuelve a su habitual transcurso. Sin esperarlo, ni tan siquiera imaginarlo. Siempre en el momento y en el lugar adecuados.

En París se bailará el último tango de la temporada y el más importante para el delantero francés. Pero sea cuál sea el resultado, sea cuál sea el final de esta bonita temporada, Karim Benzema siempre podrá entonar el Non, je ne regrette rien de Édith Piaf, porque lo que ha hecho en esta edición de la Champions es para no arrepentirse de haberse perdido planes con la pareja para ver fútbol.

 


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Fotografía de Imago.