Siempre que vuelvo a casa de mis padres dedico unos instantes a contemplar los pósters que, más que decorar, dan alma a mi colorida habitación. Me gusta imaginar que, entre visita y visita, los magos del balón que habitan esas cuatro paredes siguen con sus vidas —como yo con la mía— y se retan en partidillos recreando una suerte de Toy Story futbolístico. Mi presencia les obliga a permanecer inmóviles, conscientes de que el más leve movimiento les delataría y pondría fin a su lujosa existencia. Nunca alargo mis estancias para que la postura forzada que con tanto esmero repiten cada vez que regreso no derive en unas molestias musculares que les impidan disputar algún partido en mi ausencia.

Uno de los ídolos en pantalón corto —excesivamente, en su caso— ocupa un lugar privilegiado de mi cuarto. Se trata de Joe Cole, que en la foto en cuestión acaba de zafarse del tackle de un rival que nunca logro reconocer y conduce con la cabeza levantada y sin tocar el suelo con los pies lo que podría definirse un eterno contraataque de la selección de Inglaterra. Cuanto más observo este cartel que robé en un bar de Sheffield, más convencido estoy de que la imagen captura a la perfección su carrera en esencia: velocidad, estilo, extra small shorts, muslos visibles y proyección meteórica hacia un futuro prometedor. Miro la foto y no puedo evitar pensar que, como sus pantalones, Joe se quedó corto.

Su irrupción en el fútbol inglés se anunció a bombo y platillo por megafonía. Quiero decir, literalmente. Su primer contrato profesional supuso el regalo de cumpleaños con el que sueña todo adolescente. Quiero decir, también literalmente. Era el 8 de noviembre de 1998 cuando los altavoces de Upton Park colocaron el listón de Joe por las nubes, de donde ya nunca quiso ni supo bajar. Durante el descanso de un West Ham-Chelsea se hizo oficial que el niño prodigio de Paddington, que aquel día cumplía 17 años, firmaba por los ‘Hammers‘: you can tell your grandchildren you were here when Joe Cole signed, proclamó entonces la pomposa voz del destino delante de todo el estadio.

Debutó dos meses después en Old Trafford ante un Manchester United que le había tentado sin éxito durante la adolescencia enviándole camisetas con su nombre. Cole quería quedarse en el West Ham y jugar con sus amigos, por lo que su padre tuvo que llamar a Sir Alex para declinar la oferta. Precisamente su trayectoria y su aura de freestyler sobre el césped se explican desde la peculiar infancia de un jugador atípico en las islas británicas. Sus padres adoptivos siempre le instaron a divertirse con el balón sin ejercer incómodas presiones. Joe no jugó en un equipo hasta los once años y se define como un futbolista callejero: “Éramos yo y el balón, era mi forma de expresarme”.

Como tantos niños ingleses, se asomó al fútbol en Italia’90 y quedó prendado de la magia discontinua de Gazza: “fue vibrante, decidí que quería jugar para Inglaterra”. Y es que todos nos enamoramos de un futbolista o de una jugada en esa edad en la que todavía compramos pósters y convocamos a nuestros ídolos de habitación a partidos imaginarios. El impacto del fútbol en los más pequeños —lo que podríamos llamar consumo— sigue evolucionando. Si yo emulaba la cola de vaca de Romário a Alkorta en el recreo, Joe Cole intentó durante horas la volea de David Platt en el jardín: “No había YouTube. Echo de menos que los niños usen su imaginación en las escuelas de fútbol”.

 

Sus padres adoptivos siempre le instaron a divertirse con el balón sin ejercer incómodas presiones. Joe no jugó en un equipo hasta los once años y se define como un futbolista callejero

 

Imaginación y libertad fueron factores cruciales en su fulgurante inicio. En el West Ham entendieron que su estilo era inimitable; añadieron retoques a su juego sin alterar la esencia de jugador de calle y asumieron que su desarrollo fuese diferente al del resto. Cuando empezó a entrenar con el primer equipo ‘hammer‘ no se hablaba de otra cosa en Inglaterra; el imberbe Joe tuvo la suerte de encontrarse en el lugar adecuado y en el momento oportuno, además de contar con un entorno saludable: “No me importaba lo que dijesen de mí. Con 17 años no sabes qué significa mentalizarse, pero conseguí hacerlo”.

Sin perder un gramo de imprevisibilidad ni asentarse como titular, su época dorada la vivió en el Chelsea de Abramovich. De blue y con pantalones cada vez más cortos —o eran cada vez más largos los de sus compañeros—, Cole se proclamó campeón de la Premier en tres ocasiones y disputó la final de la Champions en 2008 con el ’10’ a la espalda. En su periplo en Stamford Bridge, su anarquía en el campo coexistió armónicamente con la rigidez táctica que se presupone a Mourinho, figura que recuerda con cariño y gratitud sincera: “Siempre sabe lo que requiere el partido y cómo obtener lo mejor de cada jugador”.

En 2010 su carrera empezó a diluirse: Liverpool, Lille, Aston Villa, Coventry y Tampa Bay Rowdies fueron los destinos de un Joe Cole incapaz de encontrar un equipo que apostara por él con decisión. En un artículo en The Guardian, Daniel Taylor invita a un examen de conciencia colectivo sugiriendo que “quizá todos tengamos parte de culpa por haber esperado demasiado”. Su precocidad no nos ayudó: con 15 años entrenaba con el primer equipo del West Ham, con 17 firmaba con los mayores y con 21 ya había disputado ocho encuentros con Inglaterra y estaba a punto de convertirse en capitán de los ‘Hammers‘.

Pero hay quien opina que “más bien el fútbol inglés defraudó a Joe, era lo que necesitábamos”. Lo apunta el brillante pundit Jermaine Jenas. Con 56 internacionalidades y 10 goles con los ‘Pross‘, Cole formó parte de una magnífica generación junto a los Beckham, Scholes, Gerrard, Lampard o Ferdinand. Como metáfora de su trayectoria, se quedó a las puertas de la gloria con los Three Lions: “Técnicamente ninguna selección nos superaba. Hubiera sido interesante jugar 4-3-3 como en nuestros clubes y hacerlo más adelantados”, señala Joe con nostalgia y alma de entrenador. ¿Será su próximo reto?

Siempre que detengo la mirada en su póster robado retumba en mi cabeza la desproporción de las expectativas; como si el altavoz de Upton Park me gritase que no le dé más vueltas, que el suyo fue uno de tantos unfulfilled talents. Que cada uno elija su acepción del término: talento incompleto, insatisfecho, frustrado. No realizado. Cuando se le pregunta sobre ello, el bueno de Joe se distancia con inteligencia y perspectiva: “¿Y qué hubiera sido suficiente? Las expectativas superaban a la realidad y no puedo cambiar lo que piensa la gente. Creo que tuve una gran carrera”. Y la tuviste, pero…

Los tiempos han cambiado y ahora el Joe Cole futbolista aparece en segundo lugar en los resultados de búsqueda en Google —haced la prueba— por detrás del Joe Cole actor de Peaky Blinders. No lo mencionaré la próxima vez que me siente en el borde de la cama a contemplar esa foto de 2006 en la que Cole parece levitar. Por suerte su icónica volea contra Suecia en aquel Mundial está incluida en las sugerencias de YouTube y los niños de hoy, entre un regate de Sancho y una asistencia de Maddison, quizá terminen admirando por casualidad el talento inacabado de Joe. Eso sí se lo contaré al póster.

 


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Fotografía de portada de Getty Images.