Recuerdo aquella soleada tarde de un mayo que ya saludaba a junio en el Camp d’Esports. Aquel gol de ariete puro con la cabeza. Aquella pregunta a un amigo. Aquella respuesta: Jaime Mata, el nostre ‘killer’. De eso ya han pasado más de cinco años y diversas cosas han cambiado. Para empezar, el derrotado de aquel play-off de ascenso a Segunda División, el Leganés, hizo historia hace tres veranos promocionando por primera vez en su vida a la máxima categoría de nuestro fútbol; mientras, el Lleida, que topó con el Jaén en la siguiente ronda, anhela conseguir lo que ya hicieron los ‘pepineros’. A eso, uno de los mayores culpables de que el Leganés retrasara un año su asalto a la categoría de plata, Jaime Mata, estuvo todo un lustro -y lo que venía de antes- recorriendo la península por un sueño que se encontró cerca de donde todo comenzó.

Nacido en la localidad madrileña de Tres Cantos, a Jaime Mata poco le han regalado para instalarse en la élite del fútbol profesional. “Llegué a jugar en categorías juveniles, he jugado en autonómicas. El salto amateur lo di en Primera Regional, de ahí subí a Preferente, Tercera… He pasado por todas las categorías”, reconoció en una entrevista para los medios del Getafe, en sus primeros días en el plantel ‘azulón’. Y es que el actual líder de los anotadores nacionales de La Liga conoció las muchas caras que esconde el fútbol antes de arrasar en su debut en Primera. La ilusión le llegó con la llamada del filial del Rayo Vallecano, aunque las expectativas no le nublaron la vista y fue con pies de plomo, compaginando los libros de Administración y Finanzas con los goles en el Socuéllamos y el Móstoles, clubes a los que acudió a préstamo por problemas con su inscripción en el Rayo. En 2012, después de una campaña completa en el filial franjirrojo, se cruzó en su camino el Lleida, donde el sueño continuó cogiendo tintes de realidad. Coqueteó con subir a Segunda, firmó 31 tantos en dos años en la Terra Ferma y el interés por sus goles vino desde Girona. Dos años en Montilivi y dos ascensos frustrados a Primera; el fútbol le presentaba la amarga cara de la moneda, la de la derrota. “Donde más he sufrido es en Girona, con dos años cerca de subir a Primera, estando tan cerca. Te das cuenta de la otra parte del fútbol. Al final, uno gana y el otro pierde. Te fijas en quien gana pero nunca en quien pierde. Por desgracia me tocó dos años vivir la parte negativa”, explicaba en la misma entrevista.

Tras las decepciones gerundenses, el fútbol no ha parado de regalarle nuevas sonrisas. Cambió Girona por Valladolid y, después de un curso de adaptación, volvió a ver la cara agradable de la moneda. Gol tras gol, remate tras remate, hasta sumar 33 dianas en un curso, en Pucela encontró un idilio con la portería rival que sirvió a los blanquivioletas para regresar a la máxima categoría del fútbol español después de cuatro cursos en los infiernos de Segunda. Se ganó a la grada del José Zorrilla mientras en el horizonte ya veía anunciado su asalto a la Primera División con el Getafe. “Cómo se dejó la piel hasta el último momento porque el Real Valladolid subiera a Primera División, por sus compañeros, por el cuerpo técnico, aun sabiendo que este año jugaría en otro equipo, es digno de alabar y de admirar”, elogiaba Sergio González sobre su exdelantero en una entrevista para Panenka.

 

No le importa situarse como referencia, por detrás del ‘9’ o en un costado. Siempre trabaja, siempre cumple y, últimamente, sobre todo, siempre las mete

 

Regresó al extrarradio de la capital. De los primeros pasos al norte de Madrid, en el Pegaso Tres Cantos, al sur madrileño para alcanzar el objetivo que se fijó mucho tiempo atrás, aunque consciente de dónde venía y con la calma y la prudencia por bandera. “Los nuevos llegamos de atrás, somos los últimos, y tenemos que apretar. Lo primero será entrar en las convocatorias”, apuntó al aterrizar en el Coliseum Alfonso Pérez. Paso a paso. Comenzó alternando césped y banquillo con Jorge Molina y Ángel Rodríguez. Le costó cinco partidos gritar su primer gol en Primera, un gol que le sirvió al Getafe para llevarse un punto de Balaídos. Y volvió a la suplencia por un tiempo. Pero fue soplar las 30 velas a finales de noviembre y empezar a arrasar con todo. Gol al Athletic y al Espanyol para despedir un 2018 inolvidable. Comenzó un nuevo año y más de lo mismo. Gol al Barça, doblete ante el Alavés y los últimos cuatro encuentros -Celta, Eibar, Rayo y Betis- viendo puerta de manera consecutiva, récord en la historia del cuadro ‘azulón’. Ya nada le para.

Junto a Borja Iglesias, es ahora el máximo artillero nacional con once tantos y solo Leo Messi le supera las cifras anotadoras desde la entrada de 2019 (ocho goles ha marcado el madrileño y diez el argentino). Sus goles le han dado valiosísimos puntos al Getafe para aposentarse en los puestos de honor de la tabla, esos cuatro que apuntan al himno de la Champions cuando inicie el próximo curso. En apenas medio año se ha aprendido el libro de estilo de Pepe Bordalás de pe a pa, lo que le ha valido ser un fijo en el once junto a Jorge Molina. Recibe, juega, sabe cuándo acosar y cuándo esperar y no le importa situarse como referencia, por detrás del ‘9’ o en un costado. Siempre trabaja, siempre cumple y, últimamente, sobre todo, siempre las mete. “Me ha llegado a los 30 años la oportunidad de jugar en Primera y lo que más estoy haciendo es disfrutar”, comentaba en El Transistor. Disfruta como lo hacía en Tercera, en Segunda B y en Segunda, pero ahora con la satisfacción de haber cumplido con el objetivo de hacerlo en la élite.