¿Qué es jugar bien? Ser el dueño el partido, crear ocasiones y dominar al enemigo, dirán esos a los que sentirse protagonistas sobre el césped es su primera regla. ¿Qué es jugar bien? Ofrecer espectáculo al aficionado, que disfrute del equipo viéndolo jugar y se le caiga la baba cada vez que pone la tele o va al estadio para ver jugar a los suyos, pensarán aquellos que entienden el fútbol como arte sobre el tapete. ¿Qué es jugar bien? Saber utilizar tus armas, incomodar al rival, no dejarle practicar su juego y buscar sus puntos flacos hasta encontrarlos y devorarlos, sentenciarán otros. Y así hasta agotar la infinidad de explicaciones que pueden darse a esta pregunta tan abierta como difícil de responder.

No tenemos ni idea de lo que significa jugar bien. Quizá porque no hay una verdad absoluta para agarrarse a una afirmación tan rotunda o quizá porque cada uno interpreta el buen juego a su manera. No es lo mismo que se lo pregunte alguien que ha mamado la escuela de toque o que se le venga a la cabeza a otro a quien le han enseñado a jugar al contragolpe, por ejemplo. Tampoco es lo mismo si la respuesta llega de la boca de un aficionado de un club grande o de alguien que sigue a un club humilde.

El cómo y el por qué, en el fútbol que no destila quilates, son preguntas que suelen pasar a un plano secundario. El fin como medio y no a la inversa. ¿Algún aficionado del Getafe se quejará del juego de su equipo si consigue secar la exquisitez futbolística del Barcelona, el Real Madrid o el Atlético y llevarse un buen resultado de vuelta a casa? No. Celebrarán el gol de Jorge Molina o de Ángel y la victoria de su Getafe sin reparar en cuestiones como la posesión, si el equipo ha sido superior durante el encuentro o si ha generado más que el rival para ganar. ¿Qué más da? Aunque eso no quita que también les gustaría ver cada 15 días en el Coliseum a Fayçal, Shibasaki o Arambarri domando a sus rivales como el Brasil de México’70 o aquel Milan de los tulipanes comandado por Arrigo Sacchi desde el banquillo. Uno del otro no son conceptos adversos, pero sí viven en mundos paralelos.

 

El Getafe es fiel a su propio estilo desde que el alicantino se sienta en el Coliseum Alfonso Pérez. Intensos repliegues, balones en largo, rápidos contragolpes y verticalidad son sus señas de identidad

 

Aunque el ideario futbolístico de Pepe Bordalás y de César Luis Menotti estén en las antípodas, una reflexión de Menotti nos aproxima a las virtudes de Bordalás como entrenador. El técnico argentino hablaba de las tres premisas que debe tener un entrenador, tres conceptos que el entrenador del Getafe ha sabido hacer suyos desde que diera sus primeros pasos por banquillos de la Segunda División B. La primera, “generar una idea de juego”. Atraerá más o menos al ‘menottismo’ y al resto de humanos, pero es innegable que el Getafe es fiel a su propio estilo desde que el alicantino se sienta en el Coliseum Alfonso Pérez. Intensos repliegues, balones en largo, rápidos contragolpes y verticalidad son sus señas de identidad.

“Convencer a sus futbolistas de que esa idea es la que se va a utilizar para alcanzar la eficacia” es el siguiente paso a tener en cuenta según decía el entrenador argentino. Sin ir más lejos, ver a un ‘pelotero’ como Gaku Sibashaki con un hueco en los esquemas azulones ya da a entender que la capacidad de convicción de Pepe Bordalás hacia su plantilla es un hecho.

En su tercera y última premisa, el ‘Flaco’ apelaba a ser consecuente con el ideario propio, a morir con el traje puesto sin importar escenario, rival ni batalla. Hablaba de “encontrar jugadores comprometidos con esa idea, para no traicionarla si viene la adversidad”. La adversidad se llama Leo Messi rondando por el balcón de tu área durante 90 minutos en el Camp Nou, también puede recibir el nombre de Cristiano Ronaldo con el hacha preparada para cazar cualquier despiste cerca de tu portería o puede conocerse como un ‘Principito’ buscando penetrar la fortificación que has construido en el césped del Metropolitano. Y el Getafe, por muy feo que pinte el asunto, siempre sigue a lo suyo, como a quien le están diciendo de todo a la oreja pero pasa olímpicamente sabiendo que conseguirá su cometido y que pronto volverá a escuchar el silencio.

Por ello, seguramente a Pepe Bordalás le trae sin cuidado lo que diga el resto. Él lo controla todo y lo controla a su manera. Si Quique Setién aseguraba en su estancia en el Lugo que esperaba que el Alcorcón “no ascienda, porque da pena verlos”, a Bordalás ni le interesa. Si alguien le dice sois el equipo que más faltas hace de la Liga”, él replica que no ven tantas amonestaciones. Él es así; así es su estilo. Casará con muchos, con pocos o con nadie, pero al final lo que importa es el resultado.

Buscar balones largos si tienes un delantero que te las pueda bajar y dejar de cara, qué tiene de malo. Si tus centrocampistas leen como nadie dónde va a caer el balón en las segundas jugadas para llevárselo y causar peligro, qué tiene de malo buscar las cosquillas del rival por ahí. Si al Djené de turno le flipa dárselas de héroe y vivir con el miedo entre las patas por jugar a poco más de 15 metros de su portería, qué tiene de malo esperar atrás al rival. Qué tiene de malo tener a un futbolista tan rápido y vertical como Ángel, atento siempre al error del adversario para aprovechar la mínima empanada y meter gol. Son recursos. Es jugar al póquer sabiendo que tus cartas no son ‘ases’; aunque juntas, bien jugadas, meditadas y trabajadas, pueden convertir una mano a priori floja en una mano vencedora.

Ganar, emocionar, controlar o dominar, sigo sin saber qué es jugar bien. Lo que sé, lo que sabemos, es que el Getafe de Pepe Bordalás sí que sabe a lo que juega, aunque a algunos les joda reconocerlo.