Durante los últimos días del año 2019, una de las principales milicias pro-iraníes abrió fuego de manera repentina contra las tropas estadounidenses en Irán y en dicha acometida, feneció un civil americano y resultaron heridos diversos miembros del servicio militar de Estados Unidos, según informó el tabloide New York Times.

Tras la sucesión de aquel percance, Estados Unidos anunció una serie de represalias que no tardaron en llevarse a cabo, ya que, dos días más tarde, el país bombardeó cinco disposiciones de la tal milicia iraní, nombrada Kataeb Hezbollá. El ataque tuvo como resultado 25 milicianos fallecidos, por lo que grupos pro-iraníes tomaron la embajada americana de Bagdad como venganza –aunque por suerte, sin cobrarse la vida de ninguna persona-.

Como consecuencia de estos continuos choques, las tensiones entre los países de Estados Unidos e Irán aumentaron progresivamente en los últimos meses, llegando a un punto límite, casi de no retorno, tras el asesinato del militar de más alto rango que existía en Irán, el comandante Qassim Suleimani, a quién le arrebató la vida un ataque dirigido por drones autorizado por el mismísimo presidente Donald Trump en la mañana del 3 de enero. “El general Suleimani fue el arquitecto de casi todas las operaciones importantes de la inteligencia y las fuerzas militares iraníes en las últimas dos décadas. Su muerte fue un golpe inaudito para Irán en un momento de conflicto geopolítico intenso”, destacaba el rotativo americano tras hacer pública la noticia de la muerte del segundo hombre más poderoso del estado perteneciente a Oriente Medio.

No debemos olvidar que las tensiones entre ambas naciones comenzaron a finales de los años 70, cuando la Revolución Islámica derrumbó al régimen que iba desinteresadamente a favor de los americanos del shah Mohamed Reza Pahlevi, que se encontraba de visita en Nueva York. Semanas más tarde, cerca de 500 hombres iraníes tomaron la embajada americana de Teherán como rehén y reclamaron la deportación del monarca iraní para que regresara a lugar seguro. Aquellos rebeldes hicieron fama tras mantener durante más de 400 días –lo equivalente a un año y cuarto- a 52 diplomáticos como rehenes, suceso que pasaría a formar parte de los libros de historia como ‘la crisis de los rehenes’ y que acabó por ser el hecho que definitivamente, de una vez por todas, rompiera las relaciones diplomáticas existentes entre los países de Estados Unidos e Irán.

Esporádicamente, en el mundo ocurren acontecimientos que son impredecibles y que ningún ser sería capaz de imaginar. En el mundo del fútbol ocurre lo mismo, y más si cabe, en el torneo más importante por antonomasia dentro del territorio balompédico. Si, no os equivocáis en absoluto, hablamos de la Copa Mundial de Fútbol. De hecho, existen miles de momentos que pueden ser recordados, pero solo unos pocos tienen la suficiente consideración como para entrar en los libros de historia. El famoso Maracanazo en el Mundial de 1950. El duelo entre un país dividido a través de un muro (Alemania del Este contra Alemania del Oeste) en la fase de grupos del Mundial de 1974. O, para rematar, Estados Unidos contra Irán en el Mundial de Francia de 1998.

 

El partido con más tensión de la historia

Probablemente fuera cosa del azar, quién sabe, pero después de casi 30 años de conflicto, el destino quiso que estos dos países coincidieran junto con Alemania y Yugoslavia en el Grupo F de aquella competición disputada en suelo galo. El mundo entero estaba pendiente del Stade Gerland la noche del 21 de junio, en la vigilia de un duelo que llegó a calificarse como “el partido con más carga política de la historia de la Copa del Mundo”, según la revista inglesa FourFourTwo.

Pese a que ambas escuadras quisieron mantenerse alejadas de toda la polémica y tensión política que rodeaba el encuentro, terminó salpicándoles todo el runrún mediático.“Aunque la gente lo desmienta, la política si tiene relación con el deporte. No obstante, estamos aquí para demostrar que no tenemos ningún tipo de problema con nadie”, comentaba en rueda de prensa Jalal Talebi, seleccionador del combinado iraní.

 

“Hicimos más en 90 minutos que los políticos en 20 años”, aseguró años más tarde el defensa norteamericano Jef Agoos

 

Rosas blancas

Según una información que llegó a la prensa encargada de cubrir el encuentro, los jugadores iraníes debían evitar cualquier gesto afable con el combinado americano. Estas directrices fueron supuestamente encargadas por el ayatolá Ali Khamenei –líder supremo de Irán-. No obstante, en el marco establecido tras las declaraciones del seleccionador iraní, tal petición fue rechazada.

El combinado iraní saltó al césped con ramos de rosas blancas (que simbolizan pureza e inocencia) y las entregaron a sus rivales, que aceptaron el detalle de buen grado. Después de aquel gesto, ambos equipos se unieron y mezclaron delante de los cámaras para deleitar a los espectadores con una fotografía singular como muestra de solidaridad entre los dos estados. Tras aquel detalle, el día 21 de junio fue designado por parte de la FIFA como el día del Fair Play.

La selección de Irán, que participaba por segunda vez en su historia en un Mundial, logró su primera victoria en una Copa del Mundo tras el 2-1 con el que acabó aquel partido, gracias a los tantos de Estili y Mahdavikia. “Hicimos más en 90 minutos que los políticos en 20 años”, aseguró años más tarde el defensa norteamericano Jef Agoos, tras dar una lección de unidad al mundo. El deporte rey tiene la energía necesaria para superar cualquier desencuentro. Y así es. Y será. No hay nada más fuerte que el poder del balón.

 


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Fotografía de Getty Images.