Ni su sonrisa cortada. Ni sus brazos y piernas de alambre. Ni el precio. Ni el fallo en los toques. Lo que más tendría que haber llamado la atención de los primeros días de Ousmane Dembélé en Barcelona debería haber sido el instante en el que en la televisión del club le preguntaron por qué sus amigos le llamaban “mosquito”, y el muchacho esquivó la respuesta levantando los hombros, como diciendo “y a mi qué me cuentas”. El futbolista prefirió despachar el tema con un simple gesto, no fuera a ser verdad la sospecha de que lo estaban confundiendo con otro.

Cuando una estrella llega a un equipo con la misión de sustituir a la anterior, se expone a que en los primeros compases de su aventura le roben la identidad. Dembélé habrá escuchado poco su nombre durante estas semanas en España; poco comparado con las veces en las que habrá tropezado con apelativos como ‘El nuevo Neymar’, ‘La apuesta’ o, incluso, ‘El Mosquito’. No debería extrañarse. Son tapaderas que utiliza el aficionado corriente después de una venta traumática. Es más fácil aceptar el cambio que el adiós. Así en la cama como en el fútbol.

 

Dembélé será Dembélé, y por tanto, recobrará la vida, la tarde en la que por fin encadene una jugada radiante detrás de otra

 

En la boca de un culé, el apellido Dembélé sigue estando verde. Cuesta escupirlo. Lógico. Por más que el chico participe en los partidos y aparezca en los periódicos, son pocos los que por el momento se atreven a asegurar que efectivamente existe. Tiene un dorsal, sí, como un sueldo, un seudónimo o una cuenta de Instagram, pero la duda sobrevuela en lo alto: hay que corroborar que corre, que dribla, que marca, que centra. Que vive.

Durante mis años en el instituto, tuve un colega que custodiaba muchas denominaciones distintas, como si fueran calcetines. En realidad se llamaba Pol, pero en los pasadizos del colegio también se le conocía como Mauro o Iván. Y de muchas otras maneras. Cuando ibas a salir de marcha con él, te obligaba a que te aprendieras de memoria todos sus posibles bautizos. Si se pasaba de rosca con las copas y acababa doblegado en un rincón del garito, quería que pidieras un taxi “para Manuel”. Si te cruzabas con su novia en el guardarropa, agradecía que le comunicaras que habías venido “con Juanma”. Si se manchaba la camisa, “mejor Daniel”. Solo las noches en las que se trabajaba al camarero y le sacaba una ronda gratis para la tropa podías llamarle por su nombre.

Dembélé será Dembélé, y por tanto, recobrará la vida, la tarde en la que por fin encadene una jugada radiante detrás de otra. Con 90 minutos de música y pirotecnia bastará. Lo que venga después de eso ya no será tan preocupante; la grada tendrá un recuerdo con el que calentar su fe en esas veladas frías en las que el talento del chico vuelva a encogerse, y en ningún caso le tratará de nuevo como a un desconocido.

El problema es que para alcanzar el escenario deseado habrá que esperar bastante. Mínimo tres meses y medio. El francés ha pinchado rueda antes de tomar la primera curva. Su bíceps femoral se venció en Getafe y condenó al extremo a una pesada espera que solo finalizará el día que reaparezca, explote y dé argumentos a la afición para que lo identifique como a uno más de la familia.

Mientras tanto, su existencia seguirá envuelta en un halo de misterio. Nadie se atreverá a jurar que ese adolescente de ojos abombados, ahora sentado en una silla de ruedas, es la figura por la que el Barça ha pagado más de 100 millones de euros al Dortmund. En el fondo, tiene sentido que Umtiti lo comparara con un mosquito. Esos insectos juegan de cine al escondite. Hace poco estuve en Cuba y pude comprobarlo. Todo el mundo en la isla te avisa que los hay a montones, que remolcan enfermedades tropicales de la peor clase, que debes tomar precauciones para combatirlos. Pero tú no los ves por ninguna parte. Sales cada mañana a la calle untado con repelente, en los brazos, en los tobillos, en las orejas, incluso en la frente, oliendo a vinagre, haciendo el ridículo, pero tú no los ves por ninguna parte. Qué cabronada es esa.