Si en la historia del fútbol hubo una selección necesitada de símbolos para reforzar su maltrecha unidad o intentarlo, esa fue la Holanda de los 90. En la Eurocopa de 1996, una pincelada alegórica decoraba su camiseta para quien supiera observarla. La ‘Oranje‘ estaba compuesta por un grupo tan talentoso como agrietado, salpicado por problemas internos de convivencia entre jugadores negros y blancos. La leyenda narra que ni siquiera compartían mesa en la concentración. Una foto en la que Guus Hiddink braceaba como quien ahuyenta a un paparazzi desencadenó la rumorología. Más allá del tema racial, una serie de factores deportivos, técnicos, caracteriales y hasta gastronómicos se empeñaba en dividir a los neerlandeses. Youri Mulder, que compartía habitación con el ‘9’ titular Patrick Kluivert, explicó que la desafortunada imagen tenía que ver con la comida de Surinam preparada y servida en un bucólico jardín inglés para levantar el espíritu de los Seedorf, Reiziger, Bogarde y compañía. Había más ingredientes en la receta de la desunión. Bergkamp jugaba como los ángeles, pero no ‘como Litmanen’ en la engrasada orquesta del Ajax. El temperamental Davids no digirió bien su suplencia ante Suiza e insinuó un deje de racismo en las decisiones técnicas, sometidas al pulgar de los veteranos Blind o Frank de Boer. ¿Podría una sutil marca de agua apagar aquel incendio multiétnico?

En su tercer y último gran torneo vistiendo a los Países Bajos, Lotto diseñó una dupla de equipaciones sobrias que no rompían radicalmente con el pasado. El difuminado de la visitante ha envejecido de maravilla, quizá porque el magnetismo visual de las selecciones que lucen camiseta y pantalón de colores diferentes (¿es mucho pedir?) aumenta la melancolía. Por su parte, la elástica local esconde un recurso pictórico poco explorado y acaso incomprendido en su tiempo. Afinando la mirada, se aprecia a los futbolistas festejando. Sin Google o Getty en la palma de la mano, muchos no identificaron la piña posterior al gol de Jonk contra Irlanda en USA’94. Por tanto, la propuesta conservadora de Lotto tiene más de genialidad que de pereza creativa. Imaginemos la reacción en clave moderna: ¿jugadores ataviados con la última equipación y abrazados dentro de ella? Un tuitero neerlandés no tendría dudas: Nah, van gek (Nah, de locos).

Camiseta de Países Bajos para Euro’96 y la foto de la discordia (Classic Football Shirts / The Guardian)

La peculiaridad de la prenda es su guiño al ‘Efecto Droste‘, presente en imágenes recursivas que engloban una versión de menor tamaño de sí mismas y la proyectan idealmente hasta el infinito. Casualidad o no, el término procede de un anuncio de una marca de cacao en polvo… holandesa. Si nos ponemos fantasiosos —para eso nos acercamos al fútbol, espero—, Lotto enviaba un mensaje de cohesión mediante una sugestiva mise en abyme que, como el recurso narrativo, entremezclaba el tema general de una obra con sus personajes. Los de Hiddink no solo vestían la camiseta, habitaban en ella. El abismo alude a una profundidad que a menudo echamos de menos en los lanzamientos de equipaciones. En cualquier caso y pese al esfuerzo metaliterario de la firma italiana, el prosaico y antojadizo balón dijo ‘no’ a una Holanda zarandeada por la Inglaterra de Gascoigne y Shearer y eliminada en penaltis por la prometedora Francia de Zidane y Djorkaeff.

En los 90, las marcas de agua reforzaban la imagen del fabricante (casi siempre) o ensalzaban detalles identitarios del club como el escudo o el estadio (en pocas y brillantes ocasiones). Los ejemplos de Umbro con el Manchester United o Puma con el Atlético, entre otros, ilustran una moda naciente que hoy tiene resonancia a través de complejos patterns que alojan mapas, motivos heráldicos o alusiones más o menos pertinentes a la esencia del equipo. La sutileza geométrica con la que Adidas había comenzado la década no tardó en convertirse en un evidente ejercicio de branding. La empresa alemana se las ingenió para introducir las plantillas, dominar el mercado y complacer a la crítica. Las características franjas a lo largo de la manga o en vertical sobre los pantalones fueron reemplazadas por tres bloques que se integraban en la indumentaria. De este modo, clubes y selecciones tan emblemáticos como Liverpool, Bayern o Marsella y Francia, Suecia o Bulgaria saltaban al campo con trozos de tela ‘cortados por el mismo patrón’ sin que ardieran las redes. ¿Por qué celebramos los templates de ayer y rechazamos los de hoy? Porque la nostalgia lo aguanta todo.

Plantillas de Adidas en 1996 y reedición de la visitante del Betis en 2020 (Classic Football Shirts / Real Betis)

A medida que el fútbol se acercaba al siglo XXI, los gráficos empezaron a invadir la ropa olvidando el tacto o el buen gusto con los que había comenzado la tendencia. El hincha moderno no perdonaría el logotipo XXL de Reebok en la casaca de Chile para Francia’98. La enorme K de Kappa sobre la aclamada visitante del Betis del 95 al 97 pasó de puntillas para el aficionado, que por el contrario denunció la extraña presencia en la reedición de 2020 además de recordar que el patrocinador ‘mancha la camiseta’. Es innegable que las marcas abusan del comodín de la melancolía, pero no es menos cierto que el contradictorio hincha protesta por sistema; anhela una uniformidad en los diseños que hoy no consentiría y se rebela tanto ante modelos demasiado parecidos al original (qué falta de imaginación) como demasiado alejados (qué desconocimiento identitario). Probablemente se lo tienen merecido, pero el listón narrativo y visual está por las nubes para los fabricantes.

La ‘revolución tranquila’ de Lotto consistió en reinterpretar la marca de agua holandesa y retocar levemente los detalles de las mangas y el cuello. Trilogía completada: el logo de la empresa en el 92, el atractivo escudo de la KNVB en el 94 y los jugadores fundidos en un abrazo en el 96. Definitivamente, eran otros tiempos. En plena transición hacia la vanguardia, cautivar al cliente desde la sutileza y no solo desde el ruido era aún una posibilidad. Se presuponía, quizá, mayor inteligencia en el consumidor. Poco después, el acelerón mercadotécnico impondría la exageración. Sería preciso ganarse la atención del distraído fan con estímulos constantes y de grandes dimensiones. La celebración invisible de los neerlandeses fue el canto del cisne de una época de esplendor textil. La ‘Oranje‘ de los 90 es hoy sinónimo de talento inacabado, pero la unidad del grupo estaba plasmada en la camiseta para quien supiera observarla.

 


SUSCRÍBETE A LA REVISTA PANENKA


Fotografía de portada: Imago.