En septiembre del 2016, el mundo se preguntó por primera vez quién era. Las lesiones de Augusto Fernández y Lucas Biglia habían dejado al ‘Patón’ Bauza desamparado y sin mediocentro para enfrentar a Perú y Paraguay en las fechas 9 y 10 de la eliminatoria de CONMEBOL. Fue entonces cuando, entre algunas otras opciones, se decantó por la que muchos consideraban como la más desconocida.

Surgido en las fuerzas básicas de Lanús, el mediocentro perfecto jugaba en México para el club más exitoso de los últimos años, bajo la dirección técnica del entrenador con más años en activo del continente y al lado de jugadores de la talla de André Pierre Gignac, Eduardo Vargas y Nahuel Guzmán. Quizá no acaparaba los reflectores como sus compañeros, pero cuál volante central, mantenía el balance del equipo. Era el Busquets de los Tigres de la Universidad Autónoma de Nuevo León: un futbolista con buen recorrido defensivo, gran recuperación y una mejor visión de campo en los traslados. Esas fueron las cualidades que convirtieron a Guido Pizarro en el mejor ‘5’ de la Liga MX.

En Argentina, ‘El Conde’ se formó como sólo el Granate lo sabe hacer, como lo hizo con Héctor Augusto Enrique, mediocentro campeón del mundo a lado de Diego Armando Maradona y Jorge Valdano en México 86. Sí, el mismo que le dio el pase al ‘Pelusa’ para segundos después firmar el Gol del Siglo frente a Inglaterra en el Estadio Azteca. Cuando Barros Schelotto lo dirigía, Pizarro emigró a Tigres entre cuestionamientos, pero con fútbol se volvió a poner en el mapa.

Bauza lo terminó llevando a la albiceleste. Al poco tiempo se acostumbró y se aferró a defender su patria. Tan así ha sido que apunta a ser inamovible en las convocatorias de Sampaoli en busca de la clasificación a Rusia 2018.

Cuatro títulos, 150 partidos jugados, seis goles y cinco asistencias en cuatro años vistiendo los colores de Tigres lo convirtieron en uno de las figuras más queridas dentro y fuera de la cancha. Dentro, enamora con su dinamismo y adaptabilidad en el medio campo; fuera, guarda la humildad y el profesionalismo como pocos. Tanto es así que el seguir su sueño europeo significó derramar lágrimas y no necesariamente de felicidad, pues cuando decidió fichar por el Sevilla, también accedió a dejar Monterrey y a miles de aficionados que, hasta la fecha, le siguen expresando su gratitud. Y a eso hay que añadirle lo que significó rechazar al Boca de Schelotto, el sueño de miles de futbolistas argentinos.

Llegó a México como un interior que terminaba las jugadas pisando el área, se ha ido por 6 millones de euros como el volante central que balanceaba el mediocampo del actual supercampeón mexicano y, junto con Banega (su nuevo compañero en Sevilla), el de la selección argentina.