Uno de los mayores enigmas que el ser humano ha tenido y tiene ante sí es el tiempo. Un elemento que ha vertebrado numerosas teorías y creencias acerca de su funcionamiento, su posible distorsión y su existencia. Las civilizaciones más antiguas ya teorizaban sobre el tiempo y Aristóteles fue uno de los pensadores que más elucubró sobre la existencia del mismo. El filósofo de la Antigua Grecia, en su obra Física, dividía el tiempo en dos partes, futuro y pasado, dando por hecho que el presente no puede existir. Pero Aristóteles llega a la conclusión de que pasado y futuro ya no existen. Más tarde desarrollaría su idea del ‘ahora’ y otros términos. Es enormemente complicado llegar a ese estado de cognición cuando apelas a la memoria. La teoría aristotélica del tiempo queda echada por tierra con ese elemento que también esgrimió otro filósofo de la Edad Antigua como San Agustín de Hipona. Sin ir más lejos, Wayne Rooney es un elemento destructor de las principales teorías sobre el tiempo de los grandes pensadores de la humanidad.

La ruptura de patrón está realizada: Rooney, un bad boy del fútbol inglés, contra pensadores como San Agustín de Hipona o Aristóteles. Hace unos días, el genial futbolista de Liverpool anunció su retirada del fútbol dejando atrás una carrera plagada de momentos para la historia. Es imposible tratar de creer que el pasado no existe cuando el crecimiento de muchos de mi generación ha estado marcado en su adolescencia por las actuaciones de Rooney con el Manchester United. Por el modo en que sus estadísticas como jugador destrozaban cualquier partida de PES 6 de la época. Rooney era el broche perfecto para una generación inglesa de un nivel y unas cualidades técnicas excelentes, pero que quedó férreamente ocultada en el ostracismo de la mala suerte y marcada por actuaciones pobrísimas como la no clasificación para la Eurocopa de 2008 en Austria y Suiza. Rooney apuntalaba en la segunda punta un combinado inglés con nombres como Terry, Gerrard, Lampard, Owen, Joe Cole, Ferdinand, Beckham o Crouch. Tres tandas de penalti perdidas imposibilitaron ver a esa magnífica generación de futbolistas ingleses en las semifinales de un gran campeonato como una Eurocopa o un Mundial.

Su carrera en la selección de los three lions no tiene un reflejo similar a nivel de clubes. Fue uno de los últimos ‘Fergie Boys‘ y llegó al equipo más dominador de la Premier League para acabar levantando 5 entorchados ingleses bajo el amparo de un padre futbolístico como Sir Alex Ferguson. A los mandos del manager escocés, el Manchester United compareció en tres finales de Liga de Campeones en cuatro años. La primera la consiguieron levantar, siendo el único título de Champions que ha levantado Wayne Rooney. Pero el Barcelona de Pep Guardiola en su máximo apogeo se cruzó en las otras dos y derrotó a los ‘Red Devils‘. Hace tan solo unos meses, el propio Wayne Rooney, que consiguió marcar el único gol de esas dos finales ante el Barça, reconoció que el planteamiento de Ferguson fue algo temerario teniendo en cuenta el rival contra el que competían. Así pues, aún varios años después, el bueno de Rooney volvía a dejar claro que su relación con el prestigioso técnico estuvo plagada de tiras y aflojas, lo que no le arrebata méritos al míster por ser el gran valedor de un jugador al que se le considera delantero y fue muchísimo más que eso.

 

Sus cualidades técnicas, más propias de un enganche o un centrocampista ofensivo, fueron marcando su evolución como futbolista; viró hacia un alejamiento progresivo del gol y un acercamiento al motor de la jugada

 

Si nos detenemos a ver partidos del Rooney más joven, el recién llegado al Manchester United y en sus primeras internacionalidades con Inglaterra, observaremos un jugador que quiere entrar en juego lo máximo posible. Y el propio juego del equipo agradece que Rooney toque el balón. Bajaba a recibir constantemente a zona de medios, caía a las bandas, sacaba el balón desde atrás con una facilidad y técnica llamativas a sus apenas 20 años. No le pesaban los galones en sus anchas espaldas. Esas cualidades técnicas más propias de un enganche o un centrocampista ofensivo fueron marcando su evolución como futbolista; fue virando hacia un alejamiento progresivo del gol y un acercamiento al motor de la jugada. Rooney no era un goleador, pese a ser (por poco tiempo) el máximo anotador de toda la historia de la selección inglesa. Mucho tiene que ver ahí el que sea también el segundo jugador con más internacionalidades con los ‘Pross‘, solo por detrás de Peter Shilton.

Sin duda, ahora que la leyenda ha anunciado definitivamente su retirada, la imagen más recordada en una parte de Mánchester será la de aquella chilena que decidió un derbi ante el City. Un gol solo al alcance de los más capacitados. Y Rooney lo era. Su carrera transcurrió paralela al crecimiento y la madurez de muchos y su adiós del fútbol coincide con esas personas en la etapa en la que te das cuenta que quedan pocas cosas a las que aferrarse de aquella época tan inestable y relacionada con los vaivenes de la adolescencia. Reflexionas con nostalgia y la memoria no falla, justo lo que no debe faltar para que en nuestras mundanas teorías filosóficas sobre el tiempo no deje de existir nunca lo que un día nos hizo felices. Por muy bad boy que fuera, Wayne Rooney siempre nos dibujará una sonrisa al recordarlo con el ‘8’ a la espalda sobre el terreno de juego de un campo inglés.

 


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Fotografía de Getty Images.