En el colegio tenías dos tipos de compañeros. Los que masticaban chicle o los que se sabían las preposiciones. Los que fumaban en el baño o los que querían ser delegados de clase. Los que te gastaban las gomas nuevas o los que te dejaban bolígrafos. Los repetidores o los que sacaban notazas. Crecías en esa dualidad, el maniqueísmo de los buenos y los malos, el mundo en blanco y negro que reforzaba Disney. O eras un canalla o eras un empollón. A ti te hubiera gustado tener lo mejor de los dos, sacar buenas notas y ser descarado, pero parecía imposible. Hasta que ha llegado Gavi.

En el centrocampista del Barcelona se juntan los dos ingredientes de la fórmula secreta: talento y esfuerzo. El fútbol de Gavi se aprende en la calle y se modula en la academia. Juega con la experiencia de llevar cien partidos y con la ilusión de no haber debutado. Todo en Gavi parece discurrir entre la escuela y el instinto, entre lo aprendido y lo que lleva de serie. Es un talento latente y en evolución. La mezcla de la razón y la pasión, el equilibrio perfecto entre la furia y el tiki-taka.

Gavi no puede votar. Gavi no puede conducir. A Gavi le pedirán el DNI si quiere comprar alcohol en el supermercado. Pero ya se ha echado el equipo a la espalda desde el ímpetu de la adolescencia. Hay en Gavi la virginidad de las primeras veces. Va, además, sobrado de carisma, como al que le quedan bien las gorras. Las botas desatadas no las lleva quien quiere, sino quien puede. Y luego está el gesto en el que sale en todas las fotos: la lengua en la mejilla, como un trilero de Las Ramblas que cada vez que alguien lo intenta parar le dice aquello de dónde está la bolita.

 

Los jóvenes juegan como si cada minuto fuera el primero y el último, están comprometidos, se besan el escudo y no hay rastro de postureo o vagancia

 

Xavi ha entregado el equipo a una colla de adolescentes. No han pedido paso, no han dicho por favor, no pronunciarán lo siento. Mientras se espera a Pedri y a Ansu Fati, han dado un paso al frente Gavi y Nico y han aparecido Abde y Jutglà, que el año pasado ni estaban en el club. Son la quinta del biberón, que no quieren vivir la decadencia de otros. Están borrando las huellas presentes para que se queden en el pasado. Es el descaro de no respetar a tus mayores.

Últimamente se habla mucho de los jóvenes. Que si no leen. Que si no se enteran de las noticias. Que si están todo el día en Twitch. Que si son unos irresponsables con el coronavirus. Y ahí está, la quinta del biberón, cogiendo la responsabilidad por los cuernos. Han acudido al rescate en el momento más delicado del club en los últimos años y en la primera temporada post Messi. Juegan como si cada minuto fuera el primero y el último, están comprometidos, se besan el escudo y no hay rastro de postureo o vagancia. Qué más da que sean jóvenes, que el más mayor tenga 22 años. Ya lo dice el dicho: no importa el tamaño del hombre en la pantalla, lo que de verdad importa es el tamaño de la batalla en el hombre.

 


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Fotografía de Imago.