La palabra ‘ganar’ tiene diez acepciones en el diccionario de la RAE, casi tantas como Copas de Europa acumula el Real Madrid en sus vitrinas. Si es que por ganar, el Madrid gana hasta al verbo que más y mejor lo define. Ganar. Qué bien suena. Sonaba bien cuando las gotas de sudor empapaban el culo del pupitre después de conquistar una final de la Copa del Mundo en versión patio del colegio. Retumbaban preciosas sus letras en nuestros oídos tras ver cómo, jugándonos un rectángulo de plástico con la cara de un futbolista impresa en él, nuestra colección de cromos aumentaba mientras la del compañero, pobre, disminuía. Era un conjunto de sonidos celestial cuando, partido tras partido, el otro mando de la Play iba rulando de mano en mano a la vez que tus palmas no se despegaban del control remoto en aquellos reyes de la pista donde había un único monarca, y ese eras tú.

Es que qué bien suena ganar. Eso sí, suena tan rematadamente bien que a veces puede provocar el efecto contrario; tocar el cielo para, justo después, caer en los infiernos. Como cuando una broma es tan mala, pero tan, tan mala, que se convierte en el preludio de una sonora carcajada. Pero al revés. Ganar acaba produciendo asco, rencor y repudia. Tal cual. Aunque siempre desde los ojos de quien mira la victoria al otro lado de la barrera. Ganar era insoportable cuando el del pupitre de al lado sonreía la victoria del recreo y tu sudor pasaba a ser la viva imagen de la impotencia. Ganar escocía al comprobar el vacío de un álbum de cromos falto de caras que pegar. Ganar daba una tremenda rabia cuando tocaba pasar el mando a un amigo, incapaz tú de batir al rey de reyes frente a la videoconsola, cogiendo tíquet para el siguiente turno.

Y ganar, en el fútbol, guste más, guste menos o importe entre poco y nada, conduce a pensar en el blanco de la camiseta del Real Madrid. Porque nadie acumula más Champions ni más ligas que los de la Castellana. Porque lo llevan en su ADN, en su piel o donde quieran que esté impregnada esa aura victoriosa. Porque da igual quién esté al mando del barco, quiénes sean sus almirantes y a quién se enfrenten. La historia ha acabado en innumerables ocasiones de la misma manera. Ganando. Cómo lo han conseguido, mejor no preguntarlo. El porqué, tampoco. No habrá respuestas, solo silencios, porque sus caminos son inescrutables, imposibles de descifrar, indetectables para el resto. La cuestión es que los de blanco, casi por antonomasia, por decreto, ganan.

Cómo suena. Ganar. A los que aman el blanco, el merengue, les chiflará. A los que escogerían cualquier otro color de la paleta, en ocasiones les hará torcer el gesto.

 


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