Curso 1999/2000. Como en toda ciudad que no está acostumbrada a convivir con la lluvia, la tormenta había sumido a Valencia en un monumental caos urbano, la típica y nada grata señal que sólo puede anticipar que el desastre, de salvarse, será a contracorriente. Una carrera de obstáculos en forma de tráfico intenso, aparcamiento imposible y un engorroso problema burocrático para acreditar en Mestalla que trabajaba como becario de un medio impreso. A esas alturas no albergaba más íntima aspiración que no fuera que la jornada acabase pronto, de repente, ya. Así que cuando, empapado, abrí la puerta, la rueda de prensa de sir Alex Ferguson ya llevaba en marcha unos cinco minutos. El traductor daba cuenta de una respuesta y nadie reparó en mi presencia salvo el mismo entrenador del “famous ManUnited”. Me aguantó la mirada hasta que tomé asiento. Lo hizo con un indisimulado desprecio que pareció ir en aumento cuando con un par y cierta torpeza de gestos hice un amago de saludo, a modo de disculpa. En la pausa posterior a cada respuesta giraba su asalmonada cara escocesa al redactor que tomaba notas ilegibles en su libreta mojada. “Ni se te ocurra preguntar, muchacho”, parecía sugerirme.

No lo hice, por supuesto. En el silencio inducido por esa intimidatoria vigilancia visual me di cuenta de qué carajo iba, en realidad, toda esta historia. Sólo quién haya sufrido ese marcaje entiende cómo se las gastaba el enlace sindical de los astilleros del puerto de Glasgow que, con mucho esfuerzo, llegó a futbolista y se batió en duelo con defensas, católicos y desdentados, en los derbis de la ciudad. Hablamos, conviene aclararlo, de cuando el Old Firm no era la exótica pasión global que fue hasta el año pasado sino, sencillamente, la batalla vecinal más cruel jamás contada. Sólo un pirado como el que tenía enfrente fue capaz de ganarse el sobrenombre de “Furious Fergie” por multar a un pupilo del Aberdeen por adelantarle en el coche o -todavía estaba por suceder- repartir carnaza sensacionalista al partir la ceja de David Beckham de un zapatazo. Únicamente alguien tan fiero pudo domar el ego de Eric Cantona y más tarde el de Cristiano Ronaldo, así como crear una leyenda de tintes bíblicos, el “Fergie time”, consistente en acortar y alargar los tiempos de descuento de los partidos en función de los intereses de su United, como si jugase con un maldito acordeón. Un monstruo inmortal, con decisiones tácticas de viejo lobo de mar, capaz de durar trece años más en su cargo, de aumentar la mitología poética del Liverpool a base de negarle prosa y títulos y de reducir los impulsos victoriosos de Arsenal, Chelsea y City a la categoría de fiebres pasajeras, paréntesis que la posteridad pasará por alto.

Ése es Fergie y ésta mi historia, desclasificada con su retirada. Mi nombre no importa.