Fuimos, creo, muchos los que en los primeros días del 2012 nos enamoramos del Mirandés; del equipo de una Miranda de Ebro que casi ni siquiera sabíamos ubicar en el mapa. Vistiéndose de matagigantes; el cuadro rojinegro se sublevó contra la lógica, contra el sentido común, contra la historia, e incluso contra las jerarquías de un balompié cada vez más aristocrático, para alcanzar las semifinales de la Copa; erigiéndose en el segundo equipo de Segunda B en lograrlo después del Figueres de Pere Gratacós (01-02). E inscribiendo su nombre en la historia del fútbol español.

«Cuando estás ahí no te das cuenta de la magnitud de lo que estás consiguiendo. No eres consciente de lo que estás consiguiendo. Pero a medida que van pasando los años, sobre todo cuando dejas el fútbol, un día piensas: ‘Jo, que jugamos unas semifinales de la Copa; que no es nada fácil'», arranca, orgulloso, feliz de recordar aquella gesta, Pablo Infante (Burgos, 1980); el ’14’ de aquel desatado, mágico, inolvidable, Mirandés que en la 2011-12, superando el trauma de haberse quedado a tan solo un centímetro de subir, por primera vez, a la categoría de plata en el curso anterior, protagonizó la proeza más memorable de toda la historia de la entidad.

 

«A medida que van pasando los años, sobre todo cuando dejas el fútbol, un día piensas: ‘Jo, que jugamos unas semifinales de la Copa del Rey'»

 

Después de superar al Amorebieta vizcaíno (0-1; Iván Agustín), a la Balompédica Linense gaditana (3-1; Ander Lambarri, Asier Barahona y Pablo Infante) y al Logroñés riojano (3-1; Alexander Albístegui en propia puerta, Alain Arroyo e Iván Agustín), también de Segunda B, en las tres primeras eliminatorias del torneo del KO; el cuadro de Carlos Pouso («Para muchos la Copa es una competición menor, pero, para nosotros, es la más grande»), desatado y enloquecido, convenciéndose de lo imposible, llevando el ¿por qué no? hasta el extremo, se deshizo, ya en los dieciseisavos y en los octavos de final, de un Villarreal que empezó el curso escuchando el himno de la Copa de Europa para acabar descendiendo a Segunda (1-1, Alain Arroyo; 0-2, Pablo Infante por partida doble) y de un Racing de Santander (2-0, Pablo Infante y Mikel Martins; 1-1, Pablo Infante) que, igual que los de El Madrigal, también acabaría aquella campaña despidiéndose de la máxima categoría.

Reivindicando el fútbol humilde, modesto, humano, «real»; «representando a muchos clubes de la Regional Preferente, de Tercera, de Segunda B, que viven la cara B del fútbol, la oculta, la que está alejada de esos focos, siempre a la sombra»; evidenciando que «no todo es Barça o Madrid; que son dos transatlánticos, pero tan solo son la punta del iceberg de este mundo»; reescribiendo la bella historia de David contra Goliat; proclamando ¡Eh! Que aquí estamos, que no se os olvide. U os ponéis las pilas u os vais fuera; y, sobre todo, «volviendo al fútbol de los inicios, de los orígenes, al que jugábamos en el barrio, en las calles, en las plazas. Y en el que todo era posible»; Miranda de Ebro se plantó en los cuartos de final con el reto de seguir haciendo historia.

Los tantos de Alain Arroyo, en el primera parte del encuentro de ida, y de un Pablo Infante que se erigiría en el máximo artillero de la Copa, ya en la segunda, dinamitaron el Estadio de Cornellà-El Prat y parecieron allanar el camino del equipo hacia las semifinales. Pero el Espanyol de Mauricio Pochettino resucitó en los últimos compases del duelo, remontando un 0-2 adverso con los goles del esloveno Vladimír Weiss, el portugués Rui Fonte y Joan Verdú.

Pero aquella derrota del 17 de enero, apenas la segunda de la temporada para un Mirandés que no había hincado la rodilla hasta que había caído ante el Alavés en la decimoctava jornada de la liga de Segunda B, no hizo que el cuadro castellano renunciara a sus opciones de hacer historia. De tocar el cielo.

De tocar el cielo como lo hizo en aquel eterno 24 de enero.

El gol en propia puerta de Aritz Mújika en los primeros instantes pudo sentenciar la eliminatoria. Pero el Mirandés, resiliente, soñador, restableció el equilibrio inicial solo ocho minutos después; de la mano de un omnipresente Pablo Infante.

Y en el 88′ César Caneda hizo estallar Anduva.

«Fue un momento de locura. De locura. Subimos a las nubes. Fue un momento de locura. Lo que sentimos fue algo superior a la felicidad. Era algo más que felicidad. Era un grado más. Era éxtasis. Éxtasis. No sé cómo definirlo. Fue una locura. De película», afirma el ’14’.

 

«Parecía que levitara. Que estuviera dos o tres metros por encima del suelo. ‘Lo que hemos hecho. Lo que hemos hecho. Madre mía’, me decía mientras regresaba a casa, solo, con mi Opel Insignia»

 

«Llegué a casa a las 2 de la mañana. Sé que llegué a casa, pero casi ni recuerdo ese viaje. Tengo muchas lagunas de aquel día. Parecía que levitara. Que estuviera dos o tres metros por encima del suelo. ‘Lo que hemos hecho. Lo que hemos hecho. Madre mía’, me decía», añade, feliz, Infante; entregándose a la misma emoción que en aquella fría, pero calurosa, noche de enero sintió mientras deshacía solo, con su Opel Insignia, los 45 minutos, los 50 kilómetros, que separaban el Estadio de Anduva del pueblo de Quincoces de Yuso; donde trabajaba en una oficina de la antigua Caja Círculo; la competencia del que entonces era el principal patrocinador de aquel extraordinario Mirandés, la Caja de Burgos.

Casi temblando aún, habiendo dormido apenas unas horas, fue a trabajar el día siguiente. «Fue de locos. La gente sabía que yo jugaba al fútbol. Porque, además, era un pueblo pequeño, de ni siquiera 200 personas. La gente era maravillosa. Estaban felices por ver lo que había conseguido uno de sus vecinos», rememora Infante; humilde, modesto, sencillo.

Los 40.000 kilómetros anuales, los 100 kilómetros diarios, para compaginar el trabajo con la que siempre fue su gran pasión forman ya parte del pasado. Ahora trabaja en su Burgos natal. Y va andando a su puesto de trabajo; donde, desde encima de un armario de su despacho, la foto que condensa toda la felicidad, la alegría, que aquella noche inundó Miranda le recuerda aquella proeza.

«Fue una sensación increíble; imposible de definir. El fútbol tiene algo mágico que te hace sentir cosas que no puedes sentir con otras cosas de la vida. Cuando alguien mete un gol, cuando alguien logra una gesta como la que conseguimos, sientes cosas que otras cosas, por lo menos a mí, no me las pueden dar», apunta Infante mientras su mente vuelve a aquella fotografía, preciosa, en la que, a hombros de una afición hechizada, alza los brazos al cielo; feliz, radiante.

 

«Fue una sensación increíble. El balompié tiene algo mágico que te hace sentir cosas que no puedes sentir con otras cosas de la vida»

 

«Para llegar a las semifinales jugamos nueve partidos. Era muchísimo más difícil. Se jugaba a doble partido desde los dieciseisavos. Ahora el Mirandés es un club de Segunda, además. Nosotros veníamos de un planeta todavía aún lejano. No veníamos de Júpiter. Veníamos de Neptuno», remarca el ’14’ de aquel Mirandés que acabó pereciendo a un paso de la orilla al caer ante el Athletic Club de Marcelo Bielsa en las semifinales (1-2, Ander Lambarri; 6-2, Aitor Blanco, por partida doble). «Cuando un equipo está en semifinales, y más cuando llega hasta ahí merecidamente, lo que ve, lo que quiere, lo que ansía, es la final. Ya estás ahí. Ya tienes la final a mano. Ya sueñas en grande. Ya no piensas en que jugarás contra la Real Sociedad. Contra Oyarzabal. Contra Ødegaard. Piensas en cómo ganar a la Real Sociedad. A Oyarzabal. A Ødegaard», acentúa Infante, que en aquella eliminatoria contra el conjunto de San Mamés fue perseguido durante los 180 minutos, por todo el campo, por Andoni Iraola, el actual entrenador del Mirandés. 

Perdieron. Sí. Pero ganaron. «Perdieron. No pudieron hacer la revolución. Pero ganarán cada vez que algún joven sienta ganas de querer cambiar el mundo», que decía el argentino Envar El Kadri.

Perdieron. Sí. Pero hicieron feliz a Miranda de Ebro; con el trabajo, con la ilusión, por bandera. «La vida es esto. No hay más secreto que esto», sentencia Infante, un mirandés de adopción. «Siempre lo he dicho. No fui del Mirandés desde la cuna. Pero ahora lo soy. El vínculo que tengo con el club, el sentimiento que tengo hacia el club, de gratitud, de agradecimiento, es enorme», añade; cautivado por el aura romántica que rodea la ciudad, a la que, al final de aquella inolvidable temporada 2011-12, le regalaron, además, su primer ascenso a la categoría de plata.

«Esa foto no es tan famosa. Pero también existe. Ese día también fue una locura. Al volver de Mallorca, tras ganar al Atlético Baleares, hicimos una rúa por las calles de Miranda con un camión descapotable. Fue un espectáculo. Logramos un doble hito para la historia del Mirandés», recalca, orgulloso, Infante. Y, enamorado de la ciudad en la que vivió sus mejores días como futbolista, los más felices, acaba: «El mejor recuerdo que guardo del fútbol es ver cómo disfrutaba la afición de Anduva con todo lo que conseguíamos. Esto es lo más bonito de ser futbolista. Ver a la gente feliz. Verlos saltar. Poder hacerles felices. Poder hacerles saltar. Este es el mayor regalo que te da el fútbol. Este es el mayor premio que te da. Esto es lo más grande; al menos para mí. ‘Cómo nos hacéis disfrutar’, nos decían. Y luego en el campo veías que era verdad, que era así. Porque, además, en Miranda existe un vínculo, un orgullo, un sentimiento de pertenencia, brutal hacia el Mirandés. Aquí, en Burgos, los chavales son del Madrid o del Barça. En Miranda son todos del Mirandés. Lo primero es el Mirandés. Para todos. Es un sentimiento de pertenencia que pasa de generación en generación. Y esto es precioso. Es que es increíble jugar en Anduva. Ahí te sientes futbolista. Ahí es donde mejor me he sentido. Cuando saltaba al césped de Anduva me sentía bien; feliz. Ahora la entidad maneja unas cifras totalmente diferentes a las de mi época, y la realidad del club ha cambiado, ha mejorado, mucho con el paso de tiempo, pero el Mirandés mantiene la esencia. La esencia del fútbol humilde. Del fútbol de antes. Del puro. Del que conocimos de niños. Del de los campos de tierra; embarrados por la lluvia. Del que jugábamos en el colegio. Del fútbol de calle. De barrio».

 


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