“Fracasar es pensar que existe el fracaso. No hay fracaso fuera del concepto de fracaso. El fracaso inventa el fracaso”.

La frase es de Noruega, el libro de Rafa Lahuerta. Va directa al estómago. Primero te da un puñetazo y después te deja vacío, como si llevaras días sin comer. Le das vueltas y, aunque no quieras, la entiendes. El fracaso no existe. Es un invento. Para que todo sea más exagerado, más feliz cuando ganas, también cuando pierdes. Porque antes de esa palabra perdías, claro. Pero eran derrotas mundanas. Hasta que descubriste que las derrotas podían ser bonitas. Que, si se le ponía literatura, si de repente le llamabas fracaso, podías regodearte en tu miseria. Eras una persona de culto y podías construir tu éxito en base al prestigio de tu fracaso. Crear tragedias te empezó a resultar facilísimo. Tú fracasabas, claro. Pero ese jugador también. Y aquel otro entrenador. Porque el circo del fútbol existe para ponerle a otros la máscara de tus fracasos.

La Champions League es la mejor aliada del fracaso. Es como El sexto sentido: hay mucha gente por ahí pero solo uno está vivo. Cada año tiene una pistola con 31 balas. Solo uno se libra. Un pulgar hacia arriba y muchos hacia abajo. Llega Navidad y empieza a oler a muerto. Febrero, marzo y abril dejan más cadáveres a su paso. Todos los candidatos en septiembre son lápidas en junio. Ya es mayo, el mes del fracaso. Hay que atribuirlo o negarlo. Insultar o alabar. Repartir etiquetas o ironizar sobre ellas.

 

Ganar, empatar y fracasar. El lenguaje deportivo había marcado tu forma de vivir. Lo habías afrontado todo en esos términos. Sería tan sencillo como eliminar la palabra del diccionario

 

Fracaso es una de esas palabras con eco. La dices y parece que has tirado un vaso de cristal al suelo. Que has arañado una pizarra. Que has mordido con las muelas un polo de limón. Que has espantado cincuenta palomas. En las tres sílabas hay planteamiento, nudo y desenlace. Tres actos de un disparo. Cargas la escopeta. Disparas. La bala penetra en el oponente.

Fra-ca-so.

Por eso te rompe la frase de Lahuerta. Porque sin fracaso no hay nada. Vuelves a las derrotas pequeñitas, esas que ni parece que lo sean. Todo es menos definitivo, menos dramático, menos intenso. Ganar, empatar y fracasar. El lenguaje deportivo había marcado tu forma de vivir. Lo habías afrontado todo en esos términos. Sería tan sencillo como eliminar la palabra del diccionario. No titular con ella. Dejar de usarla. No llamárselo a ningún entrenador. El fracaso no existe sin fracaso.

 


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Fotografía de Imago.