En las ligas europeas hay varios ejemplos de duopolios que reducen la competición doméstica a una previsible pugna por ver quién es campeón y quién termina segundo. Sin embargo, en el viejo continente hay pocas tiranías tan dominantes como la del Estrella Roja y el Partizán de Belgrado.

Hace tres décadas, a causa del nacionalismo, el odio racial y las guerras civiles, Yugoslavia dejó de ser un país, y esa desintegración también llegó al fútbol. Así, en 1992 la Prva Liga pasó de ser el campeonato federal que aglutinaba todo el talento futbolístico de la región a esparcirse en varias ligas independientes, casi tantas como repúblicas formaban el Estado balcánico, con la única excepción de la ‘pequeña Yugoslavia’ compuesta ya tan solo por Serbia y Montenegro. Desde entonces, los equipos más poderosos de Belgrado se han repartido 29 de las últimas 30 ediciones, con una inverosímil excepción en 1998: el título que ganó el FK Obilić, un recién ascendido a la élite que incluso llegó a debutar en Europa.

Un equipo discreto

Fundado en 1924, el Obilić era un club modesto que no salía de los escalones regionales del fútbol del Reino. Con la Segunda Guerra Mundial, el sistema se trastocó y durante un tiempo tuvo la oportunidad de jugar una especie de liguilla local con el resto de equipos de la capital, pero su bajo nivel lo condenó a las últimas posiciones de la clasificación. Cuando triunfaron los partisanos de Tito, el orden competitivo se restableció y el club regresó a las divisiones inferiores. Además, el nuevo régimen creía que el nombre Obilić podía despertar unos sentimientos nacionalistas considerados peligrosos por la nomenklatura comunista, así que lo obligó a sustituirlo por el de FK Čuburac en honor al distrito donde se construyó su estadio.

Recién entrados los 50 la suerte del conjunto volvió a cambiar, y tras fusionarse con el FK Šumadija el gobierno le permitió recuperar su apelativo original. A lo largo de las tres décadas siguientes el Obilić estuvo subiendo peldaños de forma regular hasta asentarse en el fútbol profesional y competir contra escuadras de toda Yugoslavia, pero todavía muy lejos del banquete de los colosos de la Prva Liga como el Hajduk Split y el Dinamo de Zagreb croatas, el Željezničar y el Velež Mostar bosnios, o sus vecinos belgradenses, el Estrella Roja y el Partizan.

El héroe y el mártir

Uno de los nombres elementales en la construcción del acervo cultural y la identidad nacional de los serbios es el de Miloš Obilić, un caballero medieval que en 1389 sacrificó su vida para intentar salvar a su pueblo en la épica batalla de Kosovo Polje contra los otomanos. Aunque hay varias versiones, la leyenda cuenta que en aquella contienda Obilić logró atravesar las filas enemigas y matar a cuchillo a su líder, el sultán Murad. El guerrero fue inmediatamente decapitado y el ejército serbio escandalosamente derrotado, pero él pasó a ser un mártir en el imaginario de sus compatriotas.

También asociado a la sangre, el castigo y la muerte, pero sin ningún componente de mito hagiográfico, existe otro nombre clave en la historia reciente de los Balcanes: Željko Ražnatović, más conocido como Arkan, uno de los genocidas más atroces de las guerras yugoslavas. Criminal empedernido, desde muy joven Ražnatović delinquía a la vez que era un entregado, y todavía anónimo, ultra del Estrella Roja de Belgrado, un fervoroso delije (héroe) totalmente sumergido en un ambiente de violencia y ultranacionalismo.

Precisamente a ese mar de delincuencia acudieron a pescar los servicios de inteligencia, y Ražnatović fue una pieza muy valiosa por su efectividad haciendo trabajos sucios para las cloacas del Estado, principalmente contra la disidencia en el extranjero. Ya a finales de la década de los 80, con Tito muerto y el comunismo a punto de colapsar, el gobierno de Slobodan Milošević volvió a mirar en el fanatismo de las gradas de los estadios para encontrar una masa social que lo respaldara, y de nuevo se encontró con el mejor reclutador. Así, sobre la semilla de la frustración y el abono de la propaganda, nacieron Arkan y sus temibles Tigres de la Guardia Voluntaria Serbia, una fuerza de choque brutal en las guerras de odio que iban a comenzar.

Dinero, corrupción y juego sucio

Como ya sucedió durante la ocupación nazi, a mitad de los 90 el fuego de las armas le apartó al Obilić algunos obstáculos hasta la élite, pero los neones de la primera división llevaban tiempo fundidos y en el escenario solo quedaban equipos serbios y montenegrinos. Para entonces Arkan ya había cometido en Croacia y Bosnia las salvajadas por las que poco después lo buscó la justicia internacional. Cuando ya no hubo nada más que arrasar en el campo de batalla, los Tigres volvieron al de fútbol, y Arkan se quitó el traje de señor de la guerra para ponerse el de empresario de éxito en actividades legales. Como explica el escritor Diego Mariottini: “Al terminar la guerra, a Arkan se lo considera un héroe nacional que lo ha dado todo por la causa serbia; pero además es un hombre inmensamente rico y poderoso”.

En su día la curva del Marakana le dio un ejército y en ella se forjó un nombre, por eso Arkan quiso invertir parte del inmenso botín rapiñado en cuatro años de barbarie en comprar el Estrella Roja, una manera rápida y lucrativa de cubrir con fuegos artificiales su pasado criminal. No obstante, en la Serbia de mediados de los 90 el libre mercado donde todo puede conseguirse con dinero, aunque esté sucio, era incipiente y el club pertenecía al Estado. Para intentar desquitarse, finalmente se apropia del FK Obilić en junio de 1996, una tosca estrategia de propaganda mediante la que Ražnatović pretende que la gente lo identifique con el héroe medieval.

Un año antes de la llegada de Arkan, el modesto equipo ya había conocido la épica llegando a la final de la copa yugoslava y cayendo 4-0 precisamente ante el todopoderoso Estrella Roja. Tan solo unos meses después, al mérito lo sustituyeron el dinero y las prácticas mafiosas, y desde el inicio de la temporada 95-96 el Obilić alcanzó rápidamente una relevancia a la medida de la de su presidente. El gran hito llegó dos cursos después, en la 97-98, cuando se llevó el campeonato rompiendo la hegemonía que desde la década de los 60 habían mantenido sus vecinos de la capital. Ese año el Obilić también jugó la final de Copa y también la perdió, pero esta vez contra el Partizan.

Sin embargo, no es oro todo lo que reluce y detrás del éxito meteórico se acumulaban las sospechas de amaños, coacciones, violencia y sobornos. Con el paso del tiempo algunos miembros del equipo relataron cómo Arkan solía entrar en el vestuario y apuntar a los jugadores con una pistola, o sentarse en el banquillo para intimidar. Se cuenta que el jugador del FK Vojvodina, Nikola Lazetić, fue encerrado en el maletero de un coche para obligarlo a firmar el contrato que le ofreció el Obilić, y eran muy habituales las llamadas amenazantes a los árbitros y jugadores rivales. Zoran Arsić, uno de los árbitros del torneo, confesó que en una ocasión los secuaces de Arkan entraron en su despacho y le pusieron una pistola en la cabeza.

El triunfo liguero del Obilić en 1998 le dio billete a las rondas previas de Champions, y la victoria contra el débil Íþróttabandalag Vestmannaeyja (ÍBV) islandés hizo soñar a los aficionados. Sin embargo a Arkan, acostumbrado a la impunidad, empezaron a surgirle problemas serios. El Tribunal de La Haya había acusado al ‘tigre’ de crímenes de guerra y contra la humanidad, y la UEFA quería prohibir que el Obilić se pasease por la Europa de la concordia y la paz bajo la tutela de un genocida. Como dijo por entonces el periodista italiano Alberto Nerrazini: “Que se preparen los estadios de Europa para recibir a un criminal […] Un hombre que ha participado en la limpieza étnica y que, mucho antes, se ha recorrido el viejo continente atracando decenas de bancos y realizando trabajos sucios para los servicios de inteligencia yugoslavos”. Su predicción no acabó de cumplirse, ya que Arkan renuncio a su cargo en favor de su esposa, la cantante Svetlana Veličković, y el Obilić pudo seguir compitiendo. Años después se supo que Ražnatović había ordenado matar al entonces presidente del máximo organismo futbolístico europeo, Lennart Johansson, pero se libró porque los sicarios no encontraron una ocasión clara de atacarlo. El paseo ante el ÍBV solo fue un espejismo. En el siguiente round esperaba el Bayern de Múnich, que los despachó con un 4-0 en Alemania e hizo que el empate a uno en Belgrado no sirviera de nada. Relegados a intentar ganarse un puesto en la fase de grupos de la Copa de la UEFA, el Atlético de Madrid acabó de bajarlos de las nubes con un 3-0 en el global.

Descenso al olvido

La burbuja duró dos años más. En la temporada 98-99 el Obilić se tuvo que conformar con el segundo puesto en liga, y en la 99-00 acabó tercero, nada mal para un equipo que diez años antes era prácticamente desconocido. Pero todo cambió el 15 de enero de 2000, cuando Arkan fue asesinado en el vestíbulo del hotel Intercontinental de Belgrado. Su esposa siguió al frente del club, y sin los métodos de intimidación que aseguraban las victorias los malos resultados se convirtieron en la norma. Para 2006 el equipo ya había caído a la Segunda Liga, y al año siguiente volvió al fútbol amateur para seguir descolgándose hasta la octava división. Por su parte, en 2011 Veličković fue condenada a 18 meses de arresto domiciliario y una multa de un millón y medio de euros por tenencia de armas y malversación en la venta de varios jugadores del Obilić durante los tres años posteriores a la muerte de su marido.

El Obilić jugó su último partido en el sistema de ligas de Serbia en el año 2015. Desde entonces continúa vivo administrativamente gracias a su equipo femenino. El vestigio más importante de aquel equipo de barrio con nombre de caballero de leyenda es su estadio, reformado con el dinero sucio de Arkan. Su ostentoso palco acristalado desentona en medio de una estructura carcomida por la desidia, y en el exterior un grotesco mural sigue homenajea al verdugo.

 


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Fotografía de Getty Images.