PUBLICIDAD

Fabio Cannavaro a bordo del Bebop

La carrera del central italiano está marcada por los éxitos, pero también por el peso del pasado y por una herida que nunca llegó a cerrarse

La carrera de Fabio Cannavaro es una reivindicación de que tan importantes son los principios como los finales. Una demostración de por qué las últimas canciones de un álbum son tan relevantes como las primeras. Una evidencia de que, por mucho que la frase inicial de un libro sea potente, de poco sirve si el último párrafo no da sentido a toda la existencia de la obra. El central fue una oda al arte de defender, cada vez más menospreciado, ya que tuvo una trayectoria que cualquier futbolista o aficionado desearía haber vivido. Pero entre éxitos con la selección italiana y a nivel de clubes, en medio de los triunfos se esconde una verdad difícil de aceptar. Ya podemos tener éxito y estabilidad laboral, que sin amor la existencia pesa más. Porque a medida que pasa el tiempo es más difícil encontrar ese cariño puro y esférico que marca toda una vida. Ese del que alguna vez te puedes separar, pero nunca se aleja de tu corazón, que genera no sólo el deseo, sino la necesidad de volver alguna vez. Es decir, lo que le sucede a ‘Il Bello’ con el Napoli.

Escribía el periodista Toni Padilla en Unico Grande Amore que en Nápoles “los héroes deben surgir de los barrios bajos para poder escarmentar a los ricos”. Sólo así se puede explicar el impacto que tuvo Diego Armando Maradona, tanto en la ciudad como en toda Italia. Cannavaro, que vivió la época de Maradona como recogepelotas, era uno di noi para el Napoli. El reflejo de que en las faldas del Monte Vesubio la población es napolitana antes que italiana. “Como todos los niños de aquella época, estaba acostumbrado a jugar en la calle. Después pasé a una pequeña escuela de fútbol. Un ojeador del Nápoles me estuvo siguiendo durante algunos partidos y me reclutaron. Allí tuve la oportunidad de pasar por todas las categorías inferiores, ser campeón de Italia juvenil y dar el salto al primer equipo”, declaró ‘Il Bello’ en una entrevista que nos concedió para la #Panenka129.

 

El central fue una oda al arte de defender, cada vez más menospreciado, ya que tuvo una trayectoria que cualquier futbolista o aficionado desearía haber vivido. Pero entre éxitos con la selección italiana y a nivel de clubes se esconde una verdad difícil de aceptar

 

Tal como describe el propio Padilla, Italia es un país donde el pasado todavía tiene importancia. Donde aquello que parece lejano está muy presente dentro de un estado joven. Y Nápoles no es una excepción dentro de esta tendencia. Mucho menos cuando un tipo argentino tuvo la osadía de igualarse a Dios en el mundo real. “Lo recuerdo muy bien, con muchísimo cariño. Piensa que yo era un niño napolitano que formaba parte de la cantera y cada domingo iba con la ilusión de estar en San Paolo para ver a mis ídolos a apenas unos metros. Un auténtico lujo. Así viví los siete años de Maradona”, nos explicaba Cannavaro sobre su afortunada etapa como recogepelotas en los años gloriosos del Napoli. Por ello, el tercer Scudetto de los partenopeos no sólo es una alegría, también un respiro del peso de etapas anteriores. Una excepción en la que mirar muchos años atrás es un gesto hecho para divertirse y no para lamentarse de un retorno que no sucederá.

Si en el siglo XXI todo lo que rodeaba el Napoli del Diego ha estado muy presente, en los años posteriores a su salida esa presión sólo era cada vez más grande. “Fue una época muy complicada. El club no tenía dinero, pagaba cada cuatro o cinco meses. Recuerdo que en el vestuario, con Marcello Lippi, se hablaba prácticamente a diario de los salarios, y fue difícil. Sin embargo, después de una temporada tan complicada, logramos la clasificación para la Copa de la UEFA, y eso marcó la diferencia”, narraba Cannavaro sobre su debut en un club que todavía hacía frente al síndrome post-Maradona. El central cumplió su sueño en un momento delicado, todo un ejemplo de que tan importante es el trabajo individual como la suerte de estar en el lugar y el momento adecuado.

Para Cannavaro el momento no fue el idóneo, por lo que se vio obligado a subir al Bebop. A la nave aeroespacial que pondría rumbo lejos de su natal Nápoles. “Me vendieron porque el club no estaba bien económicamente. Mi salida al Parma fue para ayudar a la entidad, marcharme con 21 años no fue sencillo. La forma de vida era muy distinta. Por suerte llegué a un equipo con grandes futbolistas”, desarrolló ‘Il Bello’ sobre su salida. Éxito no fue una palabra ajena al central ni en Parma, ni en Turín, ni en Madrid. Tampoco en la selección italiana. Mucho menos a nivel individual, al hacerse con el Balón de Oro de 2006 tras proclamarse campeón mundial. De todas maneras, durante todo ese tiempo, Cannavaro cargó con el peso de Spike en Cowboy Bebop, que como narra el crítico José Altozano, conocido popularmente como ‘DayoScript’, quiso abandonar su pasado pero siempre estuvo atado a él.

 

“Sí, el sueño era volver a casa y poder acabar la carrera en Nápoles. Pero en aquella época el dueño prefería a jugadores jóvenes y nunca me llamó. Nunca me dio la oportunidad de hablar”

 

Mientras Cannavaro triunfaba, el Napoli se reconstruía. Siempre miraba de reojo al club de los amores. La espina de poder volver y disfrutar de aquel amor que tuvo que dejar para que pudiera sobrevivir. ‘Il Bello’ se marchó del Real Madrid para disputar su última temporada como jugador profesional en la ‘Vecchia Signora’, pero no fue el destino realmente deseado: “Sí, el sueño era volver a casa y poder acabar la carrera aquí. Pero en aquella época el dueño prefería a jugadores jóvenes y nunca me llamó. Nunca me dio la oportunidad de hablar. Yo quería jugar y la Juventus fue el primer club que me hizo una propuesta para ficharme”. El central, como Spike, se quedó mirando al infinito porque el pasado volvió. Sin embargo, a diferencia del protagonista de Cowboy Bebop, no pudo abrazarlo de nuevo.

La carrera de Fabio Cannavaro envía el mismo mensaje que la obra de Shinichiro Watanabe, porque tal como desarrolla Altozano, “Cowboy Bebop no glorifica el pasado, no es algo que deba de volver: es obtuso, vago. Es una cicatriz”. Entre Scudettos, Mundiales y Balones de Oro, ‘Il Bello’ detectó en el tramo final de su carrera por qué las épocas lejanas pueden llegar a ser una carga. El central tenía muy claro que para su felicidad solo tenía que dar un paso: volver a pisar el Estadio Diego Armando Maradona, por entonces aún San Paolo. Pero ante la respuesta de la nueva directiva, Cannavaro se dio cuenta de que “el pasado no es una identidad obtusa, sino gente”. Condenado a no bajarse del Bebop, emprendió aventuras hacia China y Arabia Saudita como entrenador como si de un cazarrecompensas se tratara, siempre con la mirada pendiente de Nápoles. Pero sobre todo, con una espina clavada que con tiempo todavía dolería más: “El Napoli ha sido el club de mi vida, el equipo en el que yo quería jugar desde niño. Fue una pena, pero así es el fútbol, hay que respetar las ideas de los dueños, no hay más”. Con la misma impotencia con la que, desde el fondo de su corazón, Spike encendía cigarros. Con la rabia del escritor que no ha podido cerrar el libro como realmente le habría gustado.

 


SUSCRÍBETE A LA REVISTA PANENKA


Fotografía de Getty Images