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Evidentemente, Morata

El madrileño vive un inicio de campaña al nivel goleador de los mejores delanteros del mundo, después de años atrapado en una maraña de dudas y críticas

Morata

“Vaya preguntita”, salió al paso Rodri Hernández en la sala de prensa de las Rozas. Algo extraño debe estar ocurriendo para que la pregunta que más titulares conquiste de la sesión sea: “¿Quién está más en forma, Haaland o Morata?”. Nunca sabremos si este tipo de cuestiones nacen del artificial ingenio de Chat GPT o más bien son fruto de periodistas tocapelotas, irónicos, acertados en su dicción para demostrar que la carencia de contenido útil basta para graficar portadas a todo color y multiplicar la tirada.Spain is different, promulgó otrora un tipo de cuyo nombre -ni figura- quiero acordarme. Y aunque la dicotomía planteada tenga escaso sentido, el debate recrea una analogía perfecta para escenificar el momento caramelizado que vive el madrileño.

“Evidentemente, Morata”, contestó Rodri, entrando en el juego de la pregunta. La jocosa comparación entre un cyborg cazagoles como Haaland y un tipo sencillo, jamás visto como un delantero de primera condición mundial y acostumbrado a una carrera sorteando las críticas de quienes ahora bromean, solo puede traerle buenas nuevas a Álvaro Morata, y por ende, al Atlético de Madrid.

Y es que mares tranquilos nunca hicieron buenos marineros. Morata se ha pasado temporadas sacando agua de las trincheras. No solo en el Bernabéu o en el Metropolitano. En Londres, en Turín, y sobre todo en las Rozas, las ofensivas del frente comunicativo han aprovechado cada error del delantero para avanzar sus tropas. Pero, en un ejercicio de resistencia, factor esencial en cualquier desarrollo bélico, el soldado de infantería cargaba el fusil, afinaba la bayoneta y aniquilaba maledicencias allá dónde iba en forma de goles. Nunca le faltó de comer.

Incluso para sus propios equipos siempre fue visto como el oro de las migajas. El mejor entre los malos. El killer de Hacendado. El producto que todo el mundo compra en tiempos de crisis, pero nadie quisiera encontrar en una cesta de Navidad. Como hacer la carbonara con nata o la sopa con caldo de brick: no es la opción óptima, pero está buena igual. Me habéis entendido. Nunca lo miraron como a Raúl en Chamartín, a Drogba en el Chelsea, a Higuaín en la Juve, a Torres en la Selección, o a Falcao en el Atleti. Pero Morata seguía sumando. Confieso que siempre me ha costado entender por qué el dibujo de un pequeño caballo en el pecho sube tanto el precio de una simple y monocromática camiseta.

 

Incluso para sus propios equipos siempre fue visto como el mejor entre los malos. El killer de Hacendado. El producto que todo el mundo compra en tiempos de crisis, pero nadie quisiera encontrar en una cesta de Navidad. Ahora algo ha cambiado

 

Sin embargo, este deporte siempre ama a los jugadores acorralados, casi agonizando. No hay nada como un buen giro dramático de los acontecimientos, sobrecogedor, que te haga escupir el trago de birra. El fútbol adquiere belleza cuando da calambre. Y, como se ve que ahora los 30 son los nuevos 20 -de hecho, los aparenta-, Morata ha decidido que es el momento de exhibir su prime. Por vez primera en su trayectoria, en estadios, bares y tertulias empieza a ser vox populi el reconocimiento a la figura del delantero madrileño. A sus dotes técnicas, más efectivas que vistosas, ha sido el multiplicador doble que ha añadido a su media goleadora lo que ha transformado la opinión pública.

El capitán de la selección española y actual máximo artillero de la Champions League es ya una gran amenaza a tener en cuenta en los análisis previos a los encuentros. Hasta ahora, quizás por su cara de niño, su voz aterciopelada, su peinado de primera comunión o una combinación de todas ellas, nunca había sido considerado cabeza de ratón. O tal vez fuese su estatura. Los altos nunca han estado bien vistos por los puristas de este nuestro deporte, donde lo mismo vale la geometría que la geología. A los altos, no solo les ve excesivamente el árbitro, sino que sus errores son más luminosos que sus virtudes. En el básquet, con sus 190 centímetros, hubiera sido un base estilista; en el fútbol estaba condenado a ser un panzer, torpe, portero o central.

Pero todo esto es peccata minuta para este renovado Morata. Hábil en los espacios, exuberante en el juego de espaldas, virtuoso en el remate de cabeza, y, esta temporada más que nunca, goleador insaciable. Junto a Griezmann, “un delantero complejo construido sobre gestos simples”, como bien describe Marcel Beltran, conforman la punta del iceberg de un nuevo cholismo, que parecía recalcitrante en su idea y, ahora, además de ganar, divierte.

 

Puede perder siete balones, errar tres goles y habitar en constante apego con el fuera de juego, sin embargo, esos disgustos cicatrizan ipso facto. Para Morata solo hay una jugada importante: la siguiente

 

El secreto de Morata no se apoya en mantener un ritmo sofocante, sino en cambiarlo violentamente para ganar la posición. Carga los nervios de electricidad, clava la zarpa de apoyo, gana el metro decisivo en un solo golpe de riñón, y la pincha y la envenena con un solo movimiento. Tal como el zorro mata al conejo. Pero lo llamativo es que durante el transcurso de un partido puede perder siete balones, errar tres goles y habitar en constante apego con el fuera de juego, sin embargo, esos disgustos cicatrizan ipso facto. Para el madrileño, en cualquier encuentro, solo hay una jugada importante: la siguiente.

Se ha tardado, pero los organismos de la red trófica que hoy nos atañe han aprendido a convivir. El productor, Diego Pablo Simeone, ya asimila que no necesita jugar a la ruleta de nombres en la delantera para transformar los dibujos inorgánicos de su pizarra en materia orgánica, resultados. El consumidor, Morata, más unido que nunca a su entrenador y nutrido de su doctrina, ha reconocido haberse liberado de las feroces críticas de los carroñeros, periodistas, que se alimentan de animales muertos. Por ello, están advertidos que con Morata, a partir de ahora, las críticas, gratas o ingratas, en pequeñas dosis, como se administran las vitaminas y las vacunas.

 


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Fotografía de Getty Images.