En lo que llevamos de siglo ha habido muchos Sevillas distintos, y una parte de cada uno de ellos resiste en las frases transparentes y descacharrantes de José Lobo, el autor de Yonkis y gitanos (Libros del K.O., 2014), un librito afilado que abre al hincha por el pecho para mostrarte lo que hay dentro, la magnitud de la tragedia.

De los Sevillas que ha descrito Lobo, hay uno, el de Joaquín Caparrós, que es fácil archivar entre los favoritos, tal vez porque fue el primero del nuevo milenio o porque no ha habido otro con el que se haya sentido más identificado el autor. Aquel Sevilla dirigido por el técnico andaluz que en 2001 regresó a Primera “era un equipo tan tosco, desagradable, pobre, desconfiado, acre, falto de la más elemental imaginación, como yo lo era a mis 20 años. Pero llegara donde llegase, encaraba al rival con mirada torva, con la cabeza gacha, serio, sin perder nunca el contacto visual, y le decía apretando los dientes ‘tú no me vas a ganar’”.

Eso era aquel conjunto. Y eso sigue siendo, a día de hoy, Caparrós. Un entrenador que lleva toda su carrera transmitiendo la sensación de que le ha tocado vivir en la época equivocada, como si fueran a descatalogarle en cualquier momento, y que sin embargo ha logrado resistir en el fútbol de élite aferrado a sus valores de siempre.

Caparrós no engaña: es lo que ves. Su manera de comportarse en el banquillo, esa pureza casi infantil, tiene algo de raíz que emerge del suelo y queda a la vista. Imposible obviarla. Más que cualquier otra virtud, de su figura sobresale el carácter; una personalidad compleja en la que se cruzan fe y pragmatismo, instinto y tozudez, bronca y entusiasmo.

Por eso uno se atreve a concluir que Caparrós es, básicamente, energía. Energía cruda y desbordada para apostar por un chaval de Los Palacios con el cuerpo de un duende al que todavía no conoce nadie, para motivar a un vestuario de profesionales con cuatro gritos y otras tantas palmadas o para explicar delante de una cámara de televisión que está enfermo “porque ya sabéis que me hierve la sangre roja, pero ha habido un pique entre la sangre blanca y la roja y me han dicho que tengo una leucemia crónica”.

Lo mismo da, la intensidad no varía.

Escribe Lobo sobre aquel Sevilla de hace 20 años que en realidad no jugaba a nada, solo a meter más goles que el rival. Y para corroborarlo rescata una respuesta de Caparrós a un periodista que habría que grabar en la pared de los institutos de Utrera.

“¿Dice usted que nos han llegado más de diez veces, nosotros una y hemos ganado 0-1? Entonces eso es lo que hemos hecho mejor que ellos”.

Difícil perder, partiendo de esa manera de ver las cosas, tanto en el campo como en la vida.