Alberto Matías recuerda el mejor regalo de Reyes de su infancia: el cinco de enero de 1998, la Unión Deportiva Salamanca le obsequió con una goleada (4-3) a un Barça que acabaría ganando la Liga. Alberto vivó aquella noche en El Helmántico: una bombonera feliz, ruidosa y colorida.

Han pasado 17 años y Alberto sigue en El Helmántico, pero ya no se oyen los gritos de gol, ni los bombos, ni la megafonía. Convertido en un esqueleto de cemento y césped ralo, este recinto cumple desde hace dos años la condena de otros. Tras su inauguración en 1970 fue uno de los escasísimos estadios españoles propiedad del club que lo utilizaba; hoy es patrimonio del Estado. 17.000 asientos y dos porterías que la Agencia Tributaria ‘heredó’ el pasado junio después de que una subasta pública por valor de 11 millones de euros quedase desierta. Sobre el terreno de juego que en 2010 le dio la bienvenida a la estrella mundialista de ‘la Roja’ ahora solo pastan la desidia y el olvido.

“Soy fumador, pero la primera vez que pisé el césped estaba tan emocionado que no me atreví a encenderme un pitillo… por respeto”, evoca Alberto. Junto a su socio al frente de Hermaflor -una pequeña empresa de jardinería- este treintañero dedica cinco horas a la semana a paliar el abandono del coliseo salmantino. Ambos, antiguos abonados de la Unión Deportiva, lo hacen de forma desinteresada. Tras el último partido del equipo, en mayo de 2013, la pelota no ha vuelto a rodar sobre esta cancha. Un mes después, la cuenta de Twitter del club oficializaba lo inevitable: ‘Hoy es el día más triste de mis 90 años de historia. Estoy en cada una de vuestras lágrimas. Viviré siempre en vuestros corazones’. Décadas de mala gestión y deudas, engordadas durante la propiedad del empresario turístico Juan José Hidalgo, acababan con la existencia de un histórico.

“Siempre piensas que es algo que solo le ocurre a los demás, nunca a ti. Hasta que un día te despiertas y descubres que se ha acabado. Es como perder a un ser querido”, afirma apesadumbrado Javier Tejedor. Como Alberto, él es uno de los miles de huérfanos sentimentales que deja la Unión Deportiva. Tejedor trata de superar el duelo desde la presidencia del Unionistas, un club de accionariado popular fundado en 2013. “Usar el mismo nombre y escudo del antiguo equipo nos parecía una falta de respeto, además de un auto-engaño. Mantenemos el recuerdo hacia la UD Salamanca; precisamente por eso no tratamos de suplantarla”, desliza. Detrás de sus palabras se ocultan las discrepancias de una herencia polémica. Hidalgo busca desembarcar de nuevo en los estadios con un engendro de nuevo cuño llamado Salamanca Athletic, paralizado en los tribunales. Sí saltan cada domingo a los campos del fútbol modesto el Salmantinos y el Unionistas. “El Salmantinos compró la plaza del viejo filial y en su escudo luce el año 1943, a pesar de que se fundó en 2013”, critica Tejedor. Los aficionados parecen compartir su visión: a los partidos del Salmantinos en Tercera rara vez asisten más de 150 personas, mientras Unionistas, que ha comenzado su andadura en Primera Provincial -la categoría más baja-, tiene ya 2.500 socios. Un millar de ellos acude cada dos semanas al Rosa Colorado, un terreno de juego municipal a merced del invierno castellano.

Pero a Alberto lo que le preocupa ahora es el verano, porque no puede regar El Helmántico. Las divergencias futboleras alcanzan tal grado en Salamanca que las administraciones estatal, provincial y local no se aclaran sobre cuál de ellas ha de arreglar una tubería averiada. “A veces estoy en el centro del campo y solo oigo el sonido de la máquina cortacésped. Pienso en aquel 4-3 al Barça, en todo lo que he vivido aquí…”, acierta a concluir con un hilo de voz. Carraspea por la emoción. Hay veces que el silencio es un ruido insoportable.

*Puedes leer el dossier íntegro sobre el fútbol desahuciado en el Panenka #40