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Entrenadores, esas pobres criaturas

Si hablas de alturas y diagonales, te llamarán “genio” o “vendeburras”. Si pides balones arriba y centros al área, alabarán tu honradez o te matarán por simple y anticuado. El resultado dicta si tus atributos son virtudes o defectos

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Observo trabajar a los entrenadores de la misma manera que observo trabajar al fontanero que viene al piso a arreglarnos la cisterna: sin saber explicarme nunca cómo hostias hacen lo que hacen. Hay oficios que son una mansión tapiada llena de secretos. Dirigir a un equipo de fútbol es uno de ellos. Un entrenador es alguien que vive instalado en las cabezas de los demás, tocando cables y procurando cortar siempre el correcto. Es dificilísimo sacar lo mejor de uno mismo. Imagina tener que sacárselo a otro. Lo que impresiona no son sus logros o sus decisiones; lo que impresiona es que nadie, probablemente ni ellos, sabe cuál es la fórmula exacta que los lleva al éxito o al fracaso. Hay mil motivos que pueden conducir a un técnico al estrellato. Seguramente son los mismos mil motivos que pueden hundirlo en la miseria. Demasiada crueldad. Los niños no sueñan con ser entrenadores. Hay que tomarse más en serio los sueños de los niños. Si analizas el juego con lupa y hablas de alturas y diagonales, te llamarán “genio” o “vendeburras”. Si no haces aspavientos y no le comes la oreja a tu lateral cuando va a sacar de banda, dirán que eres un líder moderno o que te falta mano dura. Si pides balones arriba y centros al área, alabarán tu honradez o te matarán por simple y anticuado. El resultado es quien dicta si tus atributos son virtudes o defectos. La noche del martes, antes de la tanda de penaltis que iba a determinar si su equipo se clasificaba para la final de Copa, las cámaras grabaron a Javier Aguirre cagándose de la risa en lugar de motivando a sus jugadores con el clásico discurso trascendente. La cosa funcionó, el Mallorca dio la campanada y ahora no sabemos si la mejor forma de gestionar un vestuario es insistir en los desmarques de ruptura o recomendar un whisky y a la cama. Al mexicano le preguntaron luego por la clave del triunfo y señaló varias, que suele ser lo mismo que no señalar ninguna. Me acordé de esa línea que Ricardo Piglia apuntó en su diario cuando faltaba poco para que saliera su nueva novela y la editorial le pidió un texto para la biografía: “Anoche me quedé para escribir la contratapa de mi propio libro pero fue imposible. ¿Qué decir sobre mí, de quién sé menos que sobre cualquier otro?”.

 


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Fotografía de Getty Images.