El nuevo milenio no arrancó con buen pie en Argentina. Maradona sufrió una sobredosis en Punta del Este que casi acabó con su vida en enero del 2000. Charly García fue pionero del balconing, con un salto desde un noveno piso a la piscina de un hotel; y Los Redondos publicaron su último disco, Momo Sampler. El fin de una época.

Mientras tanto, las severas medidas de ajuste aplicadas por el gobierno de Fernando de la Rúa no funcionaron. La economía se contrajo y el desempleo alcanzó el 18%. Por entonces, Bersuit Vergarabat triunfaba con letras como: “se viene el estallido, de mi guitarra, de tu gobierno, también”, canción que resultó premonitoria. El país estalló con el Corralito en diciembre del 2001 y el presidente huyó en helicóptero desde la Casa Rosada.

El fútbol, en cambio, cotizaba al alza. Boca Juniors le pegó un baile histórico al Real Madrid en Tokio al ritmo que marcó Riquelme y, en el torneo local, deslumbró River Plate con la pareja Saviola-Aimar. En ese contexto de incipientes jugadores del gran semillero que es el fútbol argentino, en San Lorenzo irrumpió con fuerza un espigado centrocampista, zurdo y elegante, que presagiaba un futuro lleno de éxitos.

 

Era un volante muy habilidoso para su metro noventa de estatura, un ‘Redondo’ que en el Nuevo Gasómetro pintaba para crack

 

Se llamaba Mirko Saric porque sus padres eran croatas, pero era un porteño más. Tras un fugaz debut en el Apertura’96, en el que el técnico del Ciclón, Carlos Aimar, lo hizo saltar a la cancha con 18 años para reemplazar al Pipo Gorosito; fue en 1999 cuando, con Oscar Ruggeri en el banquillo, se convirtió en uno de los jugadores más importantes del equipo. En enero de aquel año le marcó un golazo a Roberto Bonano en un amistoso de verano celebrado en Mar del Plata, y poco antes del comienzo del Clausura, una encuesta del diario La Nación lo eligió como uno de los jugadores más a tener en cuenta del campeonato, llegando a ser tasado en 9 millones de dólares.

Era un volante muy habilidoso para su metro noventa de estatura, un ‘Redondo’ que en el Nuevo Gasómetro pintaba para crack. Con goles a Platense, dos a Racing y uno más a Colo-Colo, por la Copa Mercosur, Saric se hizo un sitio en una alineación que contaba con jugadores experimentados de la talla de Passet, Ameli, Coudet, Biaggio o Galetto. Sin embargo, cuando se apagaban los focos del Gasómetro, el joven volvía a ser Mirko, un chico de barrio extremadamente introvertido, humilde y sensible, que se declaraba abrumado por la presión que acarrea el fútbol profesional.

A mediados de 1999 tuvo un bajón futbolístico, fruto principalmente de un cambio en su
demarcación, que llevó a Ruggeri a situarle como volante por la izquierda, fuera de su posición habitual en el eje del centro del campo. Poco después, jugando un partido del equipo reserva, Saric sufrió una grave lesión de ligamentos. A la par, el joven había pasado por un desengaño amoroso y había descubierto que el hijo recién nacido de su expareja, que creía que era suyo, no era tal.

“Un día me golpea la puerta y me dice: ‘¿puedo hablar con vos?'”, contó el Cabezón Ruggeri en 2011. “Yo estaba esperando que me contara que por la izquierda no le gustaba jugar, no sé… pero me dijo que no le encontraba sentido a la vida. Después, llamé a su padre y se lo conté. Me avisó: ‘quédate tranquilo, que está tratándose con un psiquiatra'”, afirmó el por entonces técnico de San Lorenzo. Mirko tranquilizó a su familia, afirmando que la terapia le estaba ayudando y estaba remontando el ánimo.

 

“Yo estaba esperando que me contara que por la izquierda no le gustaba jugar, no sé… pero me dijo que no le encontraba sentido a la vida”

 

El 4 de abril del 2000, la madre de Mirko halló a su hijo colgado de una sábana en su habitación de la casa familiar cuando lo fue a despertar para el desayuno. Saric tenía 21 años. No dejó ninguna carta. Sólo se fue.

En su efímera carrera vistiendo siempre los colores de San Lorenzo, jugó 40 partidos y marcó seis goles. Su muerte causó una gran conmoción en el mundo del fútbol y en la por entonces golpeada sociedad argentina.

Los dos nombres más repetidos de los niños que vinieron al mundo a finales de aquel año 2000 y comienzos del siguiente en Argentina fueron Mirko y Rodrigo, este último por el carismático cantante Rodrigo Bueno, El Potro, que falleció dos meses después del futbolista. El nuevo milenio no había comenzado nada bien.