A Antoine Griezmann le encantaría que el fútbol y los futbolistas fuesen tratados como se tratan a los jugadores de la NBA en Estados Unidos. Esto es algo que quedó bien claro en el documental publicitario sobre su no fichaje por el FC Barcelona en 2018. Un documental similar a The Decision de Lebron James donde, en realidad, Griezmann no decidía nada pero que consiguió su objetivo: acaparar la atención mediática que tanto anhela encontrar. Sus cambios de look, sus meditadas celebraciones, su uso de las redes sociales, el cariz de sus entrevistas… Griezmann, más que una estrella, se siente un rocknrolla. Y como buen rocknrolla, quiere que todos sepamos que lo es.

Por eso resulta irónico que luego, como futbolista, sea todo lo contrario. Antoine no sólo es el crack ofensivo que más corre para atrás del mundo, sino que además también es el único crack ofensivo que no tiene una sola jugada individual en su repertorio. “Yo no sé regatear”, decía recientemente. Por eso su fútbol hay que entenderlo siempre en clave colectiva. Porque Griezmann jugando es realmente bueno, pero haciendo jugar es todavía mejor.

Quizás por esta diferencia se pueda entender como toda esa atención mediática que despertó su posible fichaje no haya tenido continuidad una vez este se produjo. Es cierto que todavía no hemos visto al mejor Antoine Griezmann, pero partido a partido se está acercando a esta versión y de momento se le trata como a uno más.

 

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El francés seguramente sea el jugador que más ha notado el cambio de entrenador. Con Ernesto Valverde su fútbol no fluía. Pinchado a una banda y alejado del juego, Griezmann estaba desconectado del FC Barcelona y, lo que es peor, de Leo Messi. Con Quique Setién esto ha cambiado de forma significativa independientemente de cuál sea la posición que ocupe en el campo e, incluso, independientemente de que su conexión con Leo Messi todavía no parezca tan natural como debería.

Y esto está siendo así porque el valor de Griezmann para un equipo que busca desarrollar un fútbol de posición más o menos ortodoxo es mayúsculo. Sobre todo en estas primeras etapas donde el equipo necesita atajos. El francés es un genio interpretando espacios, moviéndose alrededor de la pelota sin pisar el terreno del compañero y activando (o compensando) zonas vacías del ataque. A cambio de recibir muy poquito del equipo, porque ni siquiera tiene la libertad posicional que le gustaría, entrega muchas cosas al mismo para que este pueda funcionar.

Especialmente significativo está siendo el tema del tercer hombre. Al Barcelona todavía le cuesta una barbaridad encontrar al alejado para que este a su vez ponga de cara al intermedio y así el equipo pueda progresar de forma conjunta. Apenas sólo lo consigue cuando Griezmann se mueve, se ofrece y descarga a un toque para que el interior de turno pueda subir un escalón. A su manera, con distinta forma, esto es lo que hizo campeona del mundo a una Francia donde “el mediocentro era él”.

 

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Pero el valor de Antoine Griezmann no queda ahí, obviamente. Lo que hace que sea uno de los mejores jugadores del mundo es su capacidad para marcar la primera y, quizás, única ocasión que tenga en el partido. Algo que sigue sucediendo, solo que con menos asiduidad de lo esperado. Griezmann lleva 14 goles (y 4 asistencias) en lo que va de temporada. Una cifra que para ser él no es ni mucho menos alta, más bien al contrario, pero si analizamos el valor de sus goles la cosa cambia. Y mucho.

Estos 14 goles están distribuidos en 12 partidos. Y de estos 12 partidos en 10 de ellos, como mostraba Iker Mallo en Twitter, el tanto de Antoine Griezmann significó el primer gol del Barcelona en el encuentro (1-0, 0-1 o 1-1). Es decir, significó el gol más complicado de anotar, el que cambia más cosas.

Es muy posible que si en las múltiples goleadas del Barça en casa hubiese podido engordar sus cifras la valoración de su temporada sería diferente. Se habría llevado más portadas, sus registros hablarían por si solos, acapararía más debates… Pero lo cierto es que, en la práctica, estando todavía lejos de su mejor versión en todos los sentidos, el valor de Griezmann para el equipo es el mismo. Y es diferencial.

 

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Ahora que llega la hora de la verdad para el Barça es muy posible que esto se ponga todavía más de manifiesto. Hoy, por ejemplo, se va a enfrentar a un Real Madrid que no es que no tenga a Leo Messi, sino que tampoco tiene un solo jugador ahora mismo (porque Gareth Bale lo era, pero ya no lo es) con el don de Griezmann.

De hecho es que el propio Real Madrid necesitaba más al francés de lo que lo necesitaba el FC Barcelona. Era el jugador capaz dar continuidad a la idea colectiva, aportarle un plus de determinación al equipo y adaptarse a la presencia de Karim Benzema y Eden Hazard con total naturalidad. No sonó, no lo fichó y ahora, también en su particular semana de la verdad, el fútbol se lo puede terminar recordando.

Porque quizás sea difícil valorar en qué mesa debería sentarse Antoine Griezmann como futbolista, pero visto lo que hizo con Real Sociedad, Atlético o Francia y visto lo que está comenzando a hacer con el FC Barcelona hay una cosa evidente: gracias a él sus equipos tienen muchas más opciones de sentarse a cenar donde ellos quieren.