El 30 de junio de 1990, el Muro de Berlín es solo una ruina reciente, agujereada como un queso. Erich Honecker, hasta hace unos meses líder de la RDA, se encuentra ahora bajo arresto domiciliario. La RFA vibra con su selección, en pleno trayecto italiano hacia el tercer Mundial, que se celebrará con igual euforia en Alemania Oriental. El futuro se abre como un abanico de colores. Los alemanes están a punto de volver a ser una sola nación. Sólo Uwe Reinders se siente como un perdedor. “Dime la verdad… ¿Este es el primer equipo?”, brama a su segundo entrenador. Sólo han pasado 24 horas desde que firmara su contrato con el Hansa Rostock y sus jugadores, recién llegados de las vacaciones, están sufriendo una paliza (0-6) ante un modesto equipo sueco en la primera ronda de la Intertoto. El técnico lo sabe: claro que ese es el primer equipo, el mismo que deberá entrenar con el objetivo de alcanzar el paraíso del fútbol hiperprofesionalizado.

La campaña 1990-91 es la última de la Oberliga. Mientras en Berlín se ultima la reunificación política, comienza para los futbolistas orientales una temporada entre dos sistemas: las primeras jornadas se disputan todavía en la RDA y las últimas en una Alemania unificada. Como gladiadores, 14 clubes se ven arrojados a la arena para luchar por su supervivencia. Solo los seis primeros conseguirán un hueco en las dos categorías del balompié profesional de la nueva Alemania, incluidos el campeón y el subcampeón, que podrán catar las mieles de la Bundesliga. El resto será escupido a la tierra de nadie del fútbol amateur.

La temporada anterior, el Hansa acabó en sexta posición. Ese es el objetivo, un puesto que permitiría al club marinero participar en la 2. Bundesliga. Fundado en 1965, nunca ganó nada, salvo el dudoso honor de descender tres veces de la Oberliga entre 1975 y 1980. Pero ahora las cosas están cambiando. La caída del Muro ha permitido que los equipos de la Bundesliga desmantelen los Dynamo de Dresde y Berlin y el Lokomotiv de Leipzig. Sin embargo, ninguna oferta llega al puerto más importante de la vieja RDA. El presidente de la entidad, Robert Pischke, es un funcionario comunista con experiencia en los negocios de exportación. Se maneja bien con las divisas. Y, lo más importante, ha entendido rápidamente cuál es el nuevo espíritu de los tiempos. “Chicos, han llegado los cambios. Tenéis que firmar un contrato de un año”. Sagaz, juega con un truco psicológico: los salarios se abonarán en marcos occidentales. Además, logra acuerdos para que cada futbolista reciba un Honda o un Opel. Así, ningún jugador abandona Rostock en el agitado verano de 1990.

 

“Dime la verdad… ¿Este es el primer equipo?”, brama el técnico Uwe Reinders al segundo entrenador 24 horas despúes de firmar su contrato con el Hansa

 

Unos meses atrás, el equipo perdió su sostén financiero tradicional, la empresa naviera -de ‘propiedad popular’, por supuesto- de la RDA. Un bonito nombre que, como todo el país, naufragaría en las páginas de la historia. Pischke no perdió un segundo y trabó amistad con los dirigentes del Werder Bremen. En cuanto cayó el Muro, Pischke comenzó a visitar el Weser Stadion para recibir un curso acelerado de capitalismo. En marzo de 1990, en el descanso de un Werder-Lieja de Copa de la UEFA, alguien le preguntó en el palco qué necesitaría el Hansa para clasificarse para la Bundesliga. “Un entrenador de la RFA”, respondió. Esa misma noche le presentaron a Uwe Reinders.

Modesto exjugador del Werder y mundialista en España’82, Reinders acababa de cerrar su primera aventura como entrenador, en el Eintracht de Braunschweig. “¿Te puedes imaginar como el primer preparador occidental de la RDA?”, le preguntan aquella noche. Para sorpresa de todos, asintió. Y Pischke le fichó en ese momento, a pesar de que hasta entonces todas las decisiones debían contar con la aprobación del comité local del SED, el partido único del régimen comunista. A Reinders se le ofreció un sueldo de nivel Bundesliga, gracias a una maleta con 300.000 marcos que el Hansa había recibido del Hertha, en compensación por la huída de Axel Kruse, quien en agosto de 1989 había aprovechado un partido en suelo danés para abandonar la RDA. Al final de las negociaciones, Reinders se interesó por las primas, en caso de conseguir algún título. “Entonces pensé que no solo habíamos contratado a un entrenador competente; también a uno divertido”, recuerda Pischke, que accedió a prometerle 200.000 marcos por título, absolutamente convencido de la improbabilidad de esa cláusula.

Y algo parecido piensa el propio Reinders cuando se topa con la goleada veraniega en la Intertoto. No tardará ni un segundo en comenzar el desmontaje de los tics futbolísticos del viejo régimen. Empezando por el momento de la presentación. Reunida la plantilla en el vestuario, el delegado deja botando en el aire la fórmula clásica de “Nos saludamos como miembros de un deporte…”, para que los futbolistas rematen con un sonoro: “¡libre!”. Reinders, sorprendido, les recuerda que no están en un cuartel. Poco a poco, los jugadores terminarán por entenderlo. Ya no estaban obligados a llegar a las ocho de la mañana al estadio; basta con que aparezcan a las diez. También varía la rutina casi castrense de realizar hasta cuatro pequeños entrenamientos al día. En un momento, Reinders comienza a darle a los chicos su número de teléfono. “Llamadme siempre que tengáis cualquier problema”, ofrece. Solo el capitán, Juri Schlünz, reúne el valor suficiente para explicarle: “Entrenador, ninguno de nosotros tiene teléfono”.

¡Vamos a por esos cobardes!

Entrenamientos más cortos e intensos. A las viejas y tediosas marchas le sustituyen ahora ejercicios de pase y control, diagonales, paredes. Reinders importa los usos y maneras del fútbol germano-occidental, el más eficaz del planeta en este momento. El tabaco y la cerveza están permitidos; la mala alimentación, no. El entrenador instruye a las esposas de los jugadores, que notan como los cocidos y los refrescos van siendo reemplazados por las ensaladas y el agua mineral en los menús.

La temporada final de la Oberliga arranca para el Hansa con un empate frente al Eisenhüttenstadt. Pero en el segundo encuentro ya se ve a un grupo dispuesto a romper las apuestas. Tradicionalmente los hanseáticos jamás habían sacado buenos resultados en Jena. “Me importa una mierda”, brama en el vestuario Uwe Reinders. “Os quieren robar el trabajo, el dinero, quieren ver como vuestra familia pasa hambre”. Schlünz, el siempre mesurado capitán, se deja llevar por la charla motivadora: “¡Vamos a por esos cobardes!”. ¿Consecuencia? Carl Zeiss Jena-Hansa, 0-3. Aquella victoria a domicilio marcará el devenir del curso.

 

El presidente, Robert Pischke, le promete a Reinders 200.000 marcos por título, absolutamente convencido de la improbabilidad de que se cumpla dicha cláusula

 

La pausa invernal se topa con un Hansa líder imbatido. En aquel vestuario que masca ya la posibilidad de colarse en la Bundesliga, con la RDA oficialmente disuelta en la nueva Alemania, se cambian dos hombres que simbolizan la fusión de mundos opuestos. Por un lado, la nota exótica que aporta Paul Caligiuri, internacional estadounidense en el reciente Mundial de Italia’90 y quien rápidamente descubrirá decepcionado que en las playas del Mar del Norte, a diferencia de las de California, no se puede montar a caballo. Por otro lado, el refuerzo invernal que supone Mike Werner, un tipo que llega rebotado con el mundo.Tras formar parte de uno de los equipos del ejército de la RDA, el Vorwärts, un oficial descubrió en su taquilla una pegatina con el lema ‘Abajo con el Muro’. Sufrió una degradación inmediata y se quedó sin equipo. Como gesto de rebelión, se entregó a la llamada dieta Vodka-Bockwurst: varios tragos de alcohol soviético y embutido barato constituían su régimen diario cuando el Hansa lo repesca a él y a sus 15 kilos de sobrepeso. Pero sobre todo dejó de raparse la cabeza -condición obligada en los cuarteles- y se convirtió en el rey del Vokuhila, el peinado de moda en las dos Alemanias de la reunificación: Vorne Kurz, Hinten Lang. Es decir, pelo corto por arriba y melena por detrás. Rápidamente, todos sus nuevos compañeros le imitan y el Hansa Rostock termina pareciendo una banda de heavy metal. “Esa fue mi pequeña contribución a la revolución”, admitirá Werner dos décadas más tarde.

La campaña prosigue entre signos inequívocos que apuntan a un nuevo tiempo. Cuando el Rostock derrota por segunda vez en la temporada al FC Berlin, nueva marca del viejo Dynamo que había amasado diez ligas consecutivas a la sombra de su madrina, la Stasi -la policía política del régimen-, los directivos del Hansa rompen a llorar en la tribuna. Entienden que por fin han terminado las intimidaciones, los arbitrajes parciales, la adulteración de la competición. Y en ese escenario de recuperada libertad quizá el Hansa sí pueda proclamarse último campeón de un país que ya no existe. Así es: a falta de tres jornadas para el final de la temporada, el Hansa logra matasellar su pasaporte con rumbo a la Bundesliga, donde su paso será efímero.

 


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Fotografía de Imago.


Este texto está extraído del #Panenka36, un número que todavía puedes conseguir aquí.