Solo una frase. Decir en una frase todos y cada uno de los instantes de Messi en el Barça, una frase que no termine nunca, a la que siempre podamos volver, regresar, perdernos en ella, regodearnos en ella, desde el primer hasta el último día, desde el chiquillo, el renacuajo, aterrizado en la Plaza España desde la ciudad de Rosario hasta el hombre más popular del mundo que sale de El Prat con su avión privado, una frase que se olvide de todo lo demás y se quede solo con el juego, con el fútbol, con el balón, con la pelota, porque nada más que eso ha sido Messi en el Barça, el juego de todos nosotros, las jugadas, tantas jugadas, que soñamos sabiendo que nunca nadie las podría realizar, ni siquiera en los dibujos animados, ni siquiera en el más loco de nuestros delirios, y sin embargo ahí estaba él desde el primer día, volviendo cotidiano lo imposible, descarado, tímido, leve, un control orientado, un hueco entre cinco defensores, un abrazo de Ronaldinho, una primera lesión con lágrimas de adolescente, y aquel crío que pensamos se nos apagaría pronto, muy pronto como muchos otros, volvía y volvía una y otra vez, siempre igual, siempre diferente; nos tocó aprender entonces que los milagros podían llegar a producirse en serie, sin descanso, y tuvimos que empezar a buscar palabras nuevas para explicarle a los colegas aquello que habíamos visto, porque Leo siempre nos ha obligado a encontrar palabras para nombrarlo, para decirlo, desde el primer hasta el último día, nos ha obligado, como saben bien los que saben de esto, a reescribir cada crónica, cada noticia, cada gol, a levantarnos igual que el defensa que comprende que lo va a regatear y sin embargo no puede hacer nada, la misma jugada, esa misma jugada al lado de Henry, de Alves, de Villa, pero también de Jeffren, Hleb o Montoya; un control con el empeine, empezar a abandonar el cobijo de la banda, seguir hasta el centro, una vía de escape que tan solo él ha visto, recortar con la izquierda, una pequeña carrera, pisar el pico del área, otro recorte, uno más, y el balón que se cuela al lado derecho del portero con esa rosquita que lo envuelve; así una y otra vez, persistente, misterioso, loco, cada partido era un regalo, un descubrimiento, un desafío, un espejo de Messi pero también de nosotros mismos, crecíamos y él seguía ahí, fracasábamos y él seguía ahí, nos cansábamos del fútbol y él seguía ahí, era tal vez nuestra medida del tiempo, el orden natural de las cosas, nos acostumbramos como idiotas al Barça de Messi y Guardiola pensando que aquello podía durar para siempre, y claro que no iba a durar para siempre pero él seguía ahí, obcecado, tenaz, aprendiendo cada día a ser otro, Leo cambiaba de corte de pelo, se dejaba barba, se teñía, cambiaba su forma de juego, se refinaba, dejaba la Play y empezaba a tener hijos; con él fuimos adolescentes, niños malcriados, parados de larga duración, adultos a nuestro pesar, crecimos con él en cada gambeta, en cada caño, en cada sombrero, crecimos con Puyol, con Xavi, con Busi, con Iniesta, con cada uno de ellos pero sobre todo con Leo, y no lo sabíamos entonces, no lo podíamos decir, quizá no sepamos decirlo todavía, pero cada partido de aquel equipo era el mejor verano de nuestras vidas; y hoy cuando todo duele, cuando tanto duele, volvemos a aquel tiempo con el pecado imperdonable de la nostalgia a cuestas, y así, quién sabe cómo, volvemos a ver a Leo en cada rincón del campo como lo veremos este año en cada brizna de hierba del Camp Nou, como un fantasma que todavía juega con el aire, como una elegía que nos ahoga; y recordamos el primer día en que nos pareció ridículo decir algo como golazo después de un gol de Messi, y recordamos entonces ese día en que solo logramos decir, musitar, ¡qué hijo de puta!, porque no había mejor forma de calibrar su momento de juego que recurriendo a una sarta de insultos rendidos al asombro, era eso o abandonarnos al silencio, callar, mirar, agachar la cabeza; y entonces un ¡hijo de puta! en la primera parte era señal de que algo grande iba a pasar, y más tarde un ¡pero qué hijo de puta! significaba que Messi se lo estaba pasando bien, muy bien, y al fin, desencadenado, un ¡pero qué grandísimo hijo de puta! ya era uno de aquellos días, uno de esos instantes donde el fútbol de Leo se trascendía a sí mismo, porque quizá la frase que buscamos sea justamente esa, ¡qué hijo de puta!, aquellas noches en que un insulto pronunciado casi de forma mecánica, una letanía, un rosario, un mantra, equivalía a toda la mística presente en el estadio; fuimos felices y lo sabíamos, el problema era entonces como ahora que no sabíamos cómo expresarlo, la felicidad se nos jode si la nombramos, cómo decir a Messi, cómo atraparlo, detenerlo, y cómo no dejarlo perder del todo ahora en esta herida, en esta cicatriz que aunque no lo queramos también rasgará lo que nos resta del pasado, porque seguiremos sin encontrar las palabras para decirlo, para verlo con otra camiseta, con otro equipo, con otra ciudad, sea donde sea pero, maldita sea, tenía que ser precisamente París, verlo sonreír en París, y ni siquiera poder refugiarnos tan solo en la memoria, porque la memoria no basta, porque la memoria, si lo pensamos bien, es una recopilación barata de highlights

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con música de feria, porque la memoria nos traiciona, porque borra el fracaso, el tedio, la impotencia, porque algún día borrará incluso a la panda de saqueadores, porque borra también la sorpresa de lo sublime, porque para regresar a Messi necesitaríamos la memoria absoluta de quien contempla el universo en una cáscara de nuez; y entonces, quizá, nos veríamos a nosotros mismos, nuestros gestos frente a él, nuestras horas frente a él, tantas y tantas horas viendo los mismos gestos de ese crío de Newell’s, un diez bajo diez con el diez al cuadrado, tratando de entenderlo, tratando de descifrarlo, y todo para algún día intentar volver a decirlo en esa frase que no existe, en esa maldita frase capaz de devolvernos todo el tiempo perdido, cada una de las sensaciones, cada una de las veces que nos puso la piel de gallina, también cada vez que nos desesperó, que nos sacó de quicio, cada noche de partido, cuántas noches de partido, antes y después mirando por él todo el partido; soñar con una frase imposible capaz de atrapar aunque sea una pequeña parte de ese tiempo perdido de Messi en el Barça, ese tiempo que ahora es ya pura memoria, puro juego, pura palabra, ¡qué hijo de puta!, no saber decir nada más, hoy como entonces, y seguir soñando con la frase que nos permita decir el tiempo recobrado, la primera pelota, el primer gol, el último toque, el vacío de un final de mierda y, tal vez, este silencio.         


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Fotografía de Imago.