Holanda. Año 1988. El Real Madrid se enfrenta al PSV Eindoven en la vuelta de las semifinales de la todavía por entonces Copa de Europa. El Madrid de la Quinta del Buitre y de Hugo Sánchez necesita ganar en el Philips Stadion tras empatar a un gol en el Bernabéu. El partido llega a los últimos minutos con empate a cero en el marcador. En un momento de la segunda parte, Hugo Sánchez intenta una chilena, pero aparece Hans van Breukelen, el portero que ese mismo año saldría campeón de Europa por partida doble, con su club, el PSV, y con su selección, Holanda, en la Eurocopa de naciones. Esa parada se convirtió en mi primer –y muy triste- recuerdo futbolístico. Ni un regate de Maradona, ni un gol de Van Basten, la parada de un centroeuropeo de nombre impronunciable.

Montevideo. Año 2016. Noche de sábado. Toca tomar un taxi para llegar a un boliche al que solo debe irse a determinadas horas, en circunstancias muy concretas. Somos cuatro personas, así que alguien debe subir en el asiento del copiloto. Me ofrezco.

 

– ¿Está de paseo por acá? – pregunta el chófer siguiendo el protocolo básico de la conversación entre el taxista oriental y el turista foráneo.
– No, laburando – respondo haciéndome el vivo.
– ¿Vino a trabajar a Uruguay? Usted está loco – interpela el taxista ciñéndose al protocolo.

 

Tecleo “Yubert Lemos”. Ahí está él, y ahí están su Copa Libertadores y sobre todo su Copa Intercontinental del año 1988, jugando de titular y anotando uno de los penaltis

 

Yo, en ese momento, y como hubiera hecho cualquier otro extranjero residente en la República Oriental, intento señalar las virtudes del país: su hospitalidad, su amabilidad, su gente. Pero no es fácil convencer a un taxista veterano, que pondrá siempre varios ejemplos de lo mal que está todo. Desanimado, cambio la conversación a un tema más universal: el fútbol.

– ¿Usted es de Nacional o de Peñarol?
– Bolso, Nacional nomá.
– ¡Yo también! – respondo con una efusividad un tanto exagerada, ante la mirada suspicaz del chofer–. Soy socio – argumento para darme credibilidad mientras le enseño torpemente el carné que así lo prueba. No quiero que piense que soy otro gashego cualquiera.
– Yo jugué en Nacional – explica el taxista sin darse importancia.

Parecía imposible conectar con ese hombre, pero no pierdo la fe.

– ¿En las inferiores? – le pregunto dándolo por sentado.
– No.

Quizá por las horas no entiendo bien.

– Entonces, ¿jugó en primera?
– Sí, jugué.
– Pah, cuando se lo cuente a mis amigos bolsos no se lo van a creer – le digo olvidando que algunos de ellos están en la parte trasera del vehículo.
– Salí campeón del mundo, contra Koeman y Romario– me cuenta como quien dice que le gusta el mate.
– ¡Campeón del mundo! Y contra van Breukelen…– acierto a musitar–. Pero, ¿cómo se llama usted? – le pregunto en un momento de lucidez.
– Yubert Lemos – me dice. Y me enseña su identificación de taxista para no dejar dudas.

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Domingo al medio día. Nada más despertarme consulto en internet, esa herramienta que ha hecho casi imposible sorprender a nadie en una conversación: da igual de qué les hables, siempre podrán consultarlo en la Wikipedia y decir “ah, sí, ya sé”. Tecleo “Yubert Lemos”. Ahí está él, y ahí están su Copa Libertadores y sobre todo su Copa Intercontinental del año 1988, jugando de titular y anotando uno de los penaltis. Una copa conquistada un 11 de diciembre, hace ya 27 años. Los aficionados de Nacional se acordarán de los dos goles de Ostolaza, de la actuación estelar del portero Seré o del último penalti ejecutado por Tony Gómez. Pero yo conocí a Yubert Lemos, el hombre que marcó el primero de los penales de Nacional, el más difícil. Cuando lo vi en Youtube, sacando la lengua antes de iniciar la carrera, golpeando su pie derecho contra el suelo en repetidas ocasiones y, por último, lanzándose decidido en busca de la pelota, engañando y enviando el balón a la esquina inferior derecha de la portería de van Breukelen, todo ello narrado por el uruguayo Carlos Muñoz (nombre de reminiscencias oviedistas), me emocioné. No lo supe el sábado que lo conocí, pero ahora lo sé. Tuve que emigrar a Uruguay para descubrirlo. Gracias Yubert Lemos, usted fue el hombre que vengó mi infancia.