No son buenos tiempos para los soñadores, asentía Audrey Tautou en Amélie. No lo son, tampoco, para los nostálgicos, para los melancólicos, de un balompié del que nos despedimos hace ya demasiado tiempo. Hastiados, ya sin fuerzas para sorprendernos cada vez que un equipo atenta contra su historia, contra su pasado; lo constatamos de nuevo hace apenas unos días, cuando el nuevo Almería de Turki Al Sheikh propuso, a través de las redes, desprenderse de las líneas verticales rojiblancas que lo identifican y cambiar su escudo, presidido por el indalo, uno de los símbolos de la provincia, por uno de circular en el que un león y un balón se funden bajo la inscripción UD Almería FC; tan desacertada como ilustrativa de la realidad que la semana pasada alumbraba Carlos Martín Río en un genial artículo sobre el Bury, expulsado del fútbol profesional británico después de 125 años de presencia ininterrumpida, en el que debatía sobre la “constante y fatigante pugna entre tradición y modernidad, entre comunidades que se han vertebrado durante décadas alrededor de un club y propietarios que ofrecen una alternativa, una oportunidad de ganarse un sitio a la sombra de los  más poderosos; la fórmula mágica que te permite gastar aquello que nunca has tenido. Pero la magia no existe en estos asuntos”.

“La consolidación del fútbol como negocio global pone en riesgo la supervivencia de los clubes modestos. Y no solo porque exista en muchos de ellos esa urgencia por cosechar simpatías alrededor del mundo, con la erosión que eso supone para su identidad, para todo aquello que los hace distintos. La consecuencia más grave es que parece no ser suficiente con tener una buena estructura local para aspirar a algo más que a una supervivencia decente. Si bien es un negocio, el fútbol no es un negocio cualquiera. Y aceptar que esto es un negocio no significa aplaudir que sea el patio de recreo de un capitalismo opaco, sin escrúpulos. Se hace necesario establecer mecanismos de control. Porque la muerte de un equipo no solo significa apagar la luz y mandar al paro a sus trabajadores. Es tirar por la borda el esfuerzo de varias generaciones, décadas de historias. Es quemar un patrimonio cultural sin el que no se entiende un pueblo, una ciudad o un territorio. Perder, en cierto modo, aquello que nos define”, asegura Carlos Martín Río en un texto tan certero que resulta imprescindible, y que también sirve a la perfección para ilustrar el caso del Reus, la última víctima de un balompié cada vez más pervertido por la mercadotecnia, por el capitalismo, cada vez menos puro, menos humano, que sigue alejándose de su esencia y de la gente; tristemente embarcado en una carrera sin retorno. Un balompié, desarraigado, cada día menos conectado con su entorno, irreal, como el FIFA, repleto de billetes, pero vacío de sentimientos, en el que, como ha quedado demostrado esta misma semana en Mestalla, lo que sucede en el césped solo es un elemento más en la ecuación, ya indescifrable para todos los amantes del fútbol; en el que los balances económicos ya importan más que el propio balón. El fútbol, según dicen, cada año es un producto mejor; pero es que quizás lo jodimos todo el día que empezamos a considerarlo así, como un producto. El fútbol no debería ser un producto. El fútbol debería ser tan solo fútbol. Fútbol como el que siguen disfrutando los jóvenes futbolistas de la cantera del Reus, ajenos al viacrucis, al drama, que ha condenado a los infiernos al club del Baix Camp; que esta semana ha culminado su descenso a las catacumbas del balompié al ser expulsado de Tercera División por la Federació Catalana de Futbol por el impago de la deuda que mantiene con la federación española y por no presentarse en los dos primeros partidos de la presente temporada ante la imposibilidad de tramitar licencia por la incapacidad de garantizar su solvencia.

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Fundido a negro. Fin. Lejos, lejísimos, quedan ya los días felices; como el 29 de mayo del 2016, el día en el que el Reus, que se había acostumbrado a vivir en el páramo que se extiende entre Tercera y la Segunda División B, conquistó la luna al hacer realidad el viejo sueño de ascender a la categoría de plata del fútbol español. Lejos, demasiado lejos, quedan ya aquellas dos campañas magníficas (16-17 y 17-18) en las que, siempre con uno de los presupuestos más humildes de Segunda, el conjunto ‘roig i negre‘ selló la salvación sin sufrir demasiado, sin ni siquiera pisar los puestos de descenso en ninguna jornada. Incluso se llegó a grabar un vídeo en el que se fantaseaba con ascender algún día a la élite del balompié nacional. Eran tiempos felices. Eran tiempos buenos para los soñadores. “Estamos haciendo historia. Seguimos haciendo historia. Creo que con el tiempo se valorará más todo lo que hemos conseguido. Con el tiempo se verá la magnitud real de  lo que hemos hecho, que es mucho”, me decía un optimista Edgar Badia en junio del 2017, antes de que el presente del Reus comenzara a teñirse de negro.

El presente del Reus, herido de muerte desde el inicio de una 18-19 que ni siquiera pudo terminar, ahogado por las deudas que han acabado condenando a un club que en un año ha pasado del cielo al infierno, de comenzar su tercera aventura consecutiva en Segunda División a bordear la desaparición, pareció mejorar en enero pero al final nadie ha podido despertarle del coma ni salvarlo del purgatorio. El grupo empresarial estadounidense que compró la entidad prometió sacar al Reus del abismo al que ya empezaba a asomarse e incluso anunció que pretendía edificar un estadio con capacidad para 18.000 aficionados, pero las pulsaciones siguieron bajando hasta materializarse su muerte, hasta confirmarse su expulsión de Tercera División, la que puede ser la estocada definitiva a un club al que, ahora, ya solo le queda secarse las lágrimas e intentar renacer, resurgir, de sus cenizas a través de su fútbol base para recuperar lo único que el dinero jamás podrá comprar: la identidad, lo único que le da sentido a toda esta locura que es hoy el balompié moderno.