Chelsea y Arsenal se enfrentaron la temporada pasada en la final de la Europa League, solo unos días antes de que Liverpool y Tottenham disputaran en el Metropolitano la final de la Liga de Campeones. Después un lustro de dominio del Real Madrid, únicamente alterado por el triunfo, en 2015, de otro club de la liga española, el Barcelona, los equipos de la Premier League mandan, al fin, en Europa. 

Al fin, porque tras años de consolidación de un modelo que convierte a la competición inglesa en la liga con el motor económico más engrasado del continente, los resultados deportivos han apartado las dudas hasta situarse en esa misma sintonía ganadora. El círculo se cierra, pero gira a una velocidad cada vez mayor. En 2019, el año virtuoso del modelo Premier, la competición se ha visto reforzada incluso en términos de competitividad interna, pues no hay que olvidar que el campeón, el Manchester City, no figura entre esos cuatro finalistas europeos. Emoción, incertidumbre, igualdad… Conceptos que se traducen en espectacularización de la competición, en cifras de audiencia, en impactos en las redes sociales. En beneficios. En la imposición definitiva de un relato que cada vez más analistas y aficionados hacen suyo: ese que asume que el método inglés le lleva un par de años de ventaja al español, al alemán y, sin duda, al italiano y al francés. 

Pero no es oro todo lo que reluce.

El vigor del fútbol inglés afloja a medida que se desciende de la cúspide de su pirámide -donde, efectivamente, sí que es oro todo lo que reluce-. Debajo del Top Six y, más aún, en el infierno imprevisible de la Championship, y en las catacumbas de la League One y de la League Two, se notan los síntomas de la constante y fatigante pugna entre tradición y modernidad, entre comunidades que se han vertebrado durante décadas alrededor de un club y propietarios con escasos conocimientos balompédicos que, con la apariencia y la actitud de los grandes dirigentes de la Premier League -solo la apariencia y la actitud; a veces ni eso- juegan con el balón como lo harían con la ruleta: apostando más dinero del debido a un solo número, esperando hacer saltar la banca lo antes posible y enriquecerse con las migas que han desechado los de arriba. 

La decisión de la English Football League (EFL) de expulsar al Bury de sus competiciones, después de 125 años de presencia ininterrumpida en el sistema profesional inglés, es un síntoma preocupante. Y no solo para el fútbol del país y su estructura, por otro lado, singular y exigente -con cuatro categorías profesionales, más de 90 clubes pertenecientes a la EFL que viven por debajo de la deslumbrante Premier League-. También sirve como alerta para el resto de modestos del continente, puesto que lo sucedido es en cierta medida consecuencia de una tendencia global que los amenaza directamente, sobre todo a aquellos que viven apartados de los principales centros económicos. La gestión de un equipo de fútbol como una empresa más, sin tener en cuenta las particularidades de un negocio que, además, se enfoca a un mercado cada vez más global -en el sentido más salvaje-, lo pone en una situación de debilidad. 

 

El vigor del fútbol inglés afloja a medida que se desciende de la cúspide de su pirámide. Debajo del Top Six y, más aún, en el infierno imprevisible de la Championship, y en las catacumbas de la League One y de la League Two, se notan los síntomas de la pugna entre tradición y modernidad

 

En tiempos en los que la prensa cada día nos hace ser testigos de una inflación desbocada en la compraventa de futbolistas, de un aumento considerable en el tamaño del pastel que un puñado de clubes privilegiados -cada vez menos- se reparten en base a derechos televisivos; en una era global en la que el aficionado más apasionado puede residir a miles de kilómetros de distancia del estadio de su equipo y aprenderse sus canciones fonéticamente sin entender una palabra; en una época así, lo que se mueve en la penumbra, apartado del brillo de ligas como la Premier, vive en un estado de incertidumbre constante en el que se acumulan preguntas que, generalmente, como ha sido el caso del Bury, se responden tarde y mal. 

El Bury acababa de conseguir un ascenso a la League One y su afición seguía movilizada, fiel, como se demostró cuando el club, sin recursos, pidió ayuda para limpiar su estadio, Gigg Lane, y 400 seguidores acudieron a la llamada. No es su caso el de un equipo que ha visto cómo los ‘monstruos’ que se expanden a su alrededor -Manchester City y Manchester United- lo han dejado sin hinchada. Por lo que bajará la persiana en medio del éxito deportivo y del amor de su gente, dos premisas que tradicionalmente parecían suficientes para que un conjunto marchara viento en popa. Pero vivimos tiempos complejos.

¿Qué ha podido salir mal? 

Incapaz de encontrar un comprador, el Bury ha caído, principalmente, debido a las malas decisiones de sus sucesivos propietarios. Durante años, han ido hundiendo en el barro a una entidad que, hipotecada, en diciembre se vendió a cambio de solo una libra. Ese último ascenso, conseguido con una plantilla que tenía un precio muy por encima de sus posibilidades, es una alegría envenenada; el penúltimo clavo del ataúd. 

Sería, por lo tanto, un error señalar solamente a las crecientes y cada vez más evidentes diferencias entre los clubes más ricos, los no tan ricos y los pobres como la única causa del descalabro del Bury. Antes, hay personas con nombres y apellidos que deberán responder sobre su implicación en el desastre. La policía de Mánchester, de hecho, así lo investiga, según informaba esta semana la prensa británica. Sin embargo, no se puede pasar por alto que muchas de las heridas por las que sangran, no solo el Bury, sino muchos otros modestos europeos que hace tiempo que pasean por el alambre, se deben a esas desigualdades crecientes. Una brecha enorme por la que se cuelan más y más actores nefastos para el fútbol. Esa dinámica, sumada a un cambio de las necesidades de los clubes, que hoy tienen que responder a la tendencia a la expansión que se ha instalado en el fútbol profesional, completan una paradoja peligrosa: cada vez hay menos dinero para equipos que, aparentemente, precisan de más y más capital. 

En esta situación, aflora el propietario con poco respeto por la historia de la entidad y por el propio deporte. Una figura que ofrece una alternativa, una oportunidad de ganarse un sitio a la sombra de los clubes más poderosos; la fórmula mágica que te permite gastar lo que nunca has tenido.

Pero la magia no existe en estos asuntos.

 

La muerte de un equipo no solo significa apagar la luz y mandar al paro a sus trabajadores. Es tirar por la borda el esfuerzo de varias generaciones, décadas de historia. Es quemar un patrimonio cultural

 

La consolidación del fútbol como negocio global pone en riesgo la supervivencia futura de los clubes profesionales modestos. Y no solo porque exista en muchos de ellos esa urgencia, a veces incomprensible, por cosechar simpatías -hinchas, clientes- alrededor del mundo, con la erosión que eso supone para su identidad y su personalidad, para todo aquello que los hace distintos. La consecuencia más grave de esta tendencia es que hoy parece no ser suficiente con tener una buena estructura local -de hinchas, patrocinadores, pequeños y medianos empresarios dispuestos a arriesgar parte de su dinero…- para aspirar a algo más que a una supervivencia decadente. 

Las dudas y los miedos hacen que los equipos sean más vulnerables ante la llegada de inversores, muchas veces extranjeros, que poco tienen que ver con su historia y su cultura, y que principalmente persiguen aprovecharse de sus debilidades para sacar un rédito inmediato. De nuevo el Bury como ejemplo: Stewart Day, su propietario desde 2013, había engordado al club a base de préstamos en forma de acciones, un dinero que, al fin y al cabo, la entidad no tenía -lo que se demostró cuando el negocio inmobiliario de Day quebró y esas acciones perdieron su valor-. ¿La solución? Hipotecar el estadio a través de un fondo maltés integrado por compañías registradas en paraísos fiscales. Por supuesto, dicha inversión buscaba explotar la desesperación de una organización ya herida de muerte. 

No, la fórmula mágica no existe, ni siquiera en un negocio tan abonado a la épica como el futbolístico, en el que todo puede depender de un gol en el tiempo añadido del último partido de la temporada. Precisamente, esa apuesta a todo o nada no suele tener en cuenta que este deporte está lleno de elementos difíciles de cuantificar, como la fidelidad, los sentimientos o el arraigo. Si bien es un negocio, no es un negocio cualquiera.

Sería poco realista, sin embargo, reclamar a estas alturas que se arrancara del fútbol profesional la posibilidad de enriquecerse, si casi desde sus inicios esa fue una de sus razones de ser, y es, en gran medida, una de las causas que explican el crecimiento exponencial de su popularidad durante el siglo pasado. El fútbol-negocio no es necesariamente el enemigo del aficionado de un club tradicional y de la comunidad que se estructura a su alrededor. Al contrario; a menudo, la buena mano de dirigentes con experiencia en gestión y administración capaces de delegar en lo deportivo, ayuda a que proyectos sensatos, rentables y estables, den los resultados previstos, para felicidad de todos. 

Pero aceptar que esto es un negocio no significa aplaudir que sea el patio de recreo de un capitalismo opaco y sin escrúpulos. Se hace necesario establecer mecanismos de control sobre quién puede y quién no puede poseer y dirigir un club, no solo en base a su solvencia económica, sino también a sus capacidades y a su responsabilidad social. Porque la muerte de un equipo no solo significa apagar la luz y mandar al paro a sus trabajadores. Es tirar por la borda el esfuerzo de varias generaciones, décadas de historia. Es quemar un patrimonio cultural sin el que, en muchos casos, no se entiende un pueblo, una ciudad o un territorio. Perder, en cierto modo, aquello que nos define. Porque si se llevan el fútbol, ¿qué nos hace pensar que luego no vendrán a por todo lo demás?