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El 31 de mayo de 1989, la afición del Atlético Nacional se encontraba al borde del infarto. Leonel Álvarez recorría la distancia eterna entre la mitad de la cancha y el punto de penalti. Era el noveno lanzador y sería el último. Después de que el paraguayo Sanabria enviara el balón a la tribuna, el equipo de Medellín se encontraba a las puertas de la gloria: la Copa Libertadores estaba al alcance de un acierto más. Con frialdad, Álvarez acomodó la pelota sobre la mano derecha del portero y consagró así al Atlético Nacional como el primer campeón de América colombiano. Los jugadores corrieron a abrazarle, los hinchas se metieron dentro del terreno de juego y las cámaras empezaron a registrar el festejo. Fue Álvarez quien puso el último clavo sobre el ataúd del Olimpia de Paraguay; pero no fue el héroe. Después de atajar cuatro penaltis y anotar otro, fue el portero René Higuita el genio real de un título que en 2014 cumplió un cuarto de siglo.

El origen

René Higuita nació en Medellín el 28 de agosto de 1966 y fue criado por una madre soltera en el humilde barrio de Castillas. A la corta edad de 14 años entró a trabajar como secretario en las oficinas del Atlético Nacional y de ahí pasó a jugar en las inferiores. Ya con esa melena crespa que se convirtió en su firma eterna, Higuita fue parte de la selección sub-16 del departamento de Antioquia. Tiempo después, a sus 19 años, fue convocado para disputar el Sudamericano de 1985 en Paraguay con la selección juvenil. El portero paisa, que creció mirando la osadía con que Amadeo Carrizo salía a gambetear desde su arco e inspirado en el peculiar Hugo Gatti, comenzaba a formar ese estilo propio y arriesgado que le haría merecer el apodo de ‘El Loco’. Tras finalizar el Sudamericano, el Nacional lo cedió a Millonarios de Bogotá, donde el meta debutó en la liga profesional. Sin embargo, la muerte de un alto directivo de Millonarios truncó la transferencia definitiva de Higuita al conjunto albiazul, así que tuvo que regresar a ‘casa’ en 1986. Lo esperaba la gloria.

Un año después, Francisco Maturana, quien dirigía a su vez a la selección nacional, fue contratado como director técnico del conjunto verde de Medellín. Higuita rápidamente pasó a ser el hombre de confianza del estratega oriundo del Chocó. Maturana lo llevó a los preolímpicos sub-23, donde el arquero paisa le atajó un penalti a Bebeto, y le dio la titularidad en la Copa América de 1987, donde Colombia acabó tercera en tierras argentinas.

En 1989 ya se registraban más de 60 atentados terroristas al año en Colombia. Pablo Escobar había asesinado al director del diario El Espectador, Guillermo Cano Isaza; al procurador general de la Nación, Carlos Mauro Hoyos y al magistrado del Tribunal Superior de Bogotá Carlos Ernesto Valencia García. Mientras el país entero temía salir de sus casas, el Atlético Nacional arrasaba en la Copa Libertadores. Bajo el lema ‘puro criollo’, Maturana había logrado formar una plantilla exclusivamente colombiana que llegó a la final con drama mediático, pero excelente fútbol. Primero derrotó en octavos de final a Racing de Avellaneda (3-2 en el global). En la siguiente ronda ganó por 2-1 a Millonarios. Finalmente, el conjunto verde derrotó 6-0 en semifinales al Danubio de Montevideo. Tiempo después circularían declaraciones supuestamente hechas por el árbitro que pitó el partido de vuelta, el argentino Juan Bava, donde aseguraba que le ofrecieron dinero para influir en el resultado y lo amenazaron con asesinarlo en caso de que Nacional no consiguiera la victoria. El abundante resultado exonera a la terna arbitral de cualquier responsabilidad. Sin embargo, los rumores siguen estando ahí.

El 30 de mayo, un día antes de jugarse la tan esperada final, Escobar y los Extraditables [una organización creada por los capos de la droga en Colombia a principios de los años 80] intentaron asesinar sin éxito al jefe del Departamento administrativo de Seguridad, el general Miguel Maza Márquez, con una bomba que generó siete muertos. A pocas horas del encuentro, se tachó de impostergable el compromiso y se disputó en una Bogotá sumida en una crisis de seguridad. Días antes, la CONMEBOL había anunciado que la cancha de Nacional, el estadio Atanasio Girardot, no cumplía los requisitos para albergar el duelo. El partido debía disputarse en El Campín, obligando a la hinchada verdolaga a desplazarse. La tensión latía en el país entero. Las víctimas buscaban refugio en el fútbol y, a pesar de que el cuadro de Medellín había perdido 2-0 en Asunción, toda Colombia trataba de cerrar los ojos a la violencia para soñar con traer al país la primera Libertadores.

La ciudad tembló dos veces en los 90 minutos. Esta vez no fueron bombas. El país se paralizó con el autogol de Miño y se derrumbó cuando ‘El Palomo’ la envió al fondo de la red. Final empatada. Penaltis a cara o cruz. Lanzó primero Olimpia y lo hizo a través de su portero, Almeida, quien ostenta el récord de haber sido el primer arquero en la historia de la Libertadores en marcar un tanto. Lo que no podía imaginar es que, en esta ocasión, Higuita atajaría el disparo. En el cuarto penalti y tras todos anotados, el capitán de Nacional, Alexis García, pecó de inseguridad y Almeida lo castigó deteniendo el remate. El goleador Amarilla venció a Higuita en el quinto penal de Olimpia y ponía la presión sobre Nacional: si fallaban se iban a las duchas con las manos vacías. Higuita, con un disparo fuerte y al centro, envió el partido a la muerte súbita.

 

“No se resignó a que el guardameta fuera un ‘hombre muro’ pegado a su valla”, le definió en una ocasión el escritor Eduardo Galeano

 

La histórica efeméride comienza en los pies de Gabriel González. Higuita atajó el disparo y le sirvió en bandeja la copa a su compañero Felipe Pérez. El delantero estrelló su remate contra el travesaño y la angustia creció. Nuevamente Higuita, completamente impasible, siguió el remate de Jorge Guasch e interrumpió su trayectoria. Una nueva oportunidad para quedar campeones se le presentó a Gildardo Gómez, quien la desperdició enviando el balón lejos de la portería. Era el turno de Fermín Balbuena. ‘El Loco’, con su olfato característico, hizo de nuevo lo suyo y atajó su cuarto penal en la ronda. Nadie podía creerlo. Parecía como si, por más que sus compañeros fueran a seguir errando penales, Higuita iba a seguir parando balones toda la noche. Perea lo intentó pero esta vez fue Almeida quien se lo impidió. Pedirle al partido otra atajada era un descaro; sin embargo, y ante un Higuita que parecía un gigante bajo esos tres palos, el paraguayo Vidal Sanabria se achicó, pateó y la pelota voló por encima del larguero. Finalmente fue Leonel Álvarez quien acabó con la incertidumbre, marcó su penal y escribió el nombre de Atlético Nacional en el trofeo. René ya había escrito el suyo en el libro de la Historia del fútbol.

Sin riesgo no hay premio

Los cuatros penaltis que atajó -y el que anotó- fueron el comienzo de una carrera brillante, aunque llena de altibajos. Un año después de ganar la Libertadores, Higuita fue pieza fundamental en el grupo que le devolvió a los colombianos, 28 años después, la emoción de ver a su selección en un Mundial. En la fase de grupos, y a pesar de la derrota contra Yugoslavia, le atajó una pena máxima al experto Faruk Hadzibegic. Contra Alemania, en el único partido que no ganaron los teutones en Italia’90, hizo que el mundo entero se agarrara la cabeza cada vez que salía a pelear balones divididos contra Klinsmann y Völler. Los ganó todos, y al ser derribado por los alemanes frustrados, se dibujaba en su cara una sonrisa de pícaro. Una vez el escritor Eduardo Galeano afirmó que Higuita “no se resignó a que el guardameta fuera un ‘hombre muro’ pegado a su valla” y lo catalogó de “hombre lanza”. Sin embargo, su manera arriesgada de salir jugando acabó con el sueño mundialista cuando en la prórroga de los octavos de final, lejos de su arco, perdió la pelota contra el implacable Roger Milla. El camerunés transformó el error en gol y los africanos se pusieron dos tantos arriba. ‘El Loco’ era un ídolo y la gente olvidaba que también cometía errores.

En 1991 vivió su primer punto de inflexión. Pablo Escobar se había entregado a las autoridades y residía cómodamente en la cárcel de La Catedral. Higuita fue a visitarlo. Se rumorea que fue a pedirle permiso para ser transferido al Valladolid, equipo cuya dirección técnica acababa de ser asumida por Maturana. Ante los interrogatorios de los medios, Higuita dijo públicamente que consideraba a Pablo Escobar un amigo. Inmediatamente, cayó sobre el portero el estigma del narcotráfico.

El nivel futbolístico de ‘El Loco’ siguió intacto, pero sus locuras fuera de la cancha eran a veces hasta más comentadas que sus maniobras en el césped. Una época oscura eclipsó su tan característica sonrisa cuando tuvo que perderse el Mundial de Estados Unidos. En 1993, Pablo Escobar secuestró a la hija del banquero Luis Carlos Molina Yepes. Higuita intervino en la negociación del rescate, saltándose una ley que establecía una pena de cárcel a todo aquel que mediara en secuestros. Por culpa de esto, el ídolo colombiano tuvo que pasar más de seis meses en prisión.

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Al poco tiempo de volver a las canchas, en 1995, el portero paisa demostró de nuevo su talento. En una semifinal histórica de la Copa Libertadores contra el River Plate de Ramón Díaz, ‘El Loco’ clasificó a Nacional haciéndole un gol de tiro libre al ‘Mono’ Burgos en Medellín y luego atajando en Buenos Aires todos los disparos del ‘Muñeco’ Gallardo y del ‘Burrito’ Ortega, filtrando solo uno de Amato para luego permitirse el lujo de atajar el lanzamiento decisivo en la ronda de penaltis. En la final, ante Gremio, no pudo repetir la gesta de 1989. Aquel ’95, sin embargo, dejaría una de las jugadas más icónicas de la historia de este deporte. Fue en Wembley, en un amistoso ante Inglaterra, donde puso en práctica una jugada que inventó para una conocida marca de refrescos, Frutiño. Su acrobática parada, con los talones, al disparo de Redknapp fue rápidamente bautizada como el ‘escorpión’. Un gesto irracional que a la postre ha acabado definiendo a Higuita. Un portero de alma lúdica al que nunca le asustó el riesgo y que siempre jugó al fútbol sin otro temor que no fuera el de no pasárselo bien.