Acabó la liga y el Getafe asumió el desastre. 12 años en Primera pasaban fugazmente por cada memoria azulona que se encomendó aquella fatídica tarde. Desde la manera en que se dribló el descenso el primer año en la élite, aquella final de copa, la eliminatoria contra el Bayern… En Sevilla se ponía punto y final a la etapa del ‘Geta’ peleando entre los grandes. Pero aquella tarde del domingo 15 de mayo no fue tan triste en el sur de Madrid. Los aficionados del Leganés miraron de reojo el descenso azulón sin saber muy bien qué sentir. Por un lado, a muchos aún les cuesta recordar el último derbi que presenciaron. Por el otro, qué caprichoso es el destino, el Leganés está a punto de subir a Primera.

En 2014, el CIS, organismo encargado de realizar informes sobre las necesidades y preocupaciones de los españoles, publicó una encuesta en la que plasmaba las preferencias futbolísticas de todo el país. Las respuestas recogidas en la Comunidad de Madrid dieron pie a una lectura, como mínimo, curiosa. En el centro de la Península, según el CIS, un 62% de aficionados al fútbol declaró ser seguidor de Real Madrid, otro 22% se identificó con el Atlético y otro 8% se decantó por el Barça. La conclusión más llamativa de estas cifras es que solo un 8% restante había respondido a favor de alguno de todos los otros equipos de la Comunidad (Rayo, Getafe, Leganés, Alcorcón y 24 conjuntos madrileños más entre la Segunda B y la Tercera). La división del gran pastel, con tanta riqueza de equipos como desigualdad entre los dos grandes y el resto, también destapaba esas rivalidades tan íntimas, históricas, fraguadas al sur de la capital. Eso sí, entre ellas, destaca por proximidad la relación Getafe-Leganés, ‘azulones’ y ‘pepineros’, el Coliseum y Butarque, alejados por 4 km en línea recta que hoy separan la épica y el desastre.

Nunca fue un negocio redondo

En 2003 el Leganés era la imagen del sur de Madrid. Había ascendido a Segunda División en 1993 y, sin lograr grandes hazañas, basaba su éxito en la permanencia en una división de plata exigente para la que había que reforzarse año tras año. Había estrenado el estadio de Butarque unos años antes, escenario ideal para acoger a 8.000 espectadores y disfrutar del fútbol profesional con una estabilidad deportiva en la que la Primera División quedaba tan lejos como la Segunda B. Pero tal sosiego terminó cuando llegó el empresario musical argentino Daniel Grinbank y compró el club con dos intenciones; la primera, beneficiarse del negocio del fútbol en España; la segunda, ascender el Leganés a la máxima categoría estatal.

 

El Coliseum y Butarque, alejados por 4 km en línea recta que hoy separan la épica y el desastre

 

Así, convenció a José Pekerman para que tomara el mando de la dirección deportiva, a Carlos Aimar para que ejerciera como entrenador y a otros 15 jugadores argentinos para que le siguieran en su ilusión de ver al Lega entre los grandes. Sin embargo, el fútbol y las cuentas fallaron estrepitosamente, y Grinbank huyó con toda su tropa antes de ver como el club se deshacía en manos de directivos locales que intentaron salvarlo sin éxito. Por si eso fuera poco, lo peor del asunto apareció cuando se averiguó que Grinbank nunca había oficializado la compra de la entidad y que la herencia económica que dejó en las arcas del club tardaría años en paliarse. En 2004, el Leganés se convertía en equipo de Segunda B a la vez que era testigo del glorioso ascenso del Getafe a Primera División. Entonces, volvía a perderle la pista al conjunto azulón, eterno rival que se mantendría en posiciones mucho más privilegiadas durante un buen puñado de años.

El secreto estaba en casa

Durante la década que prosiguió, el Leganés tuvo que luchar por acaudalar la situación interna a la vez que pretendía año tras año recuperar la categoría de plata. Lo primero empezó a solventarse con la llegada de Felipe Moreno como máximo accionista de la entidad y su mujer Victoria Pavón como presidenta. Las cuentas, gracias a una política mucho más austera, empezaron a ver la luz en el sur de Madrid, y con una gran apuesta en la comunicación entre el club y sus aficionados a través de las redes sociales recuperaron la masa social que el equipo tanto necesitaba (se han logrado casi 6.000 abonados a lo largo de este año, un verdadero récord en la ciudad). Lo segundo lleva la firma de Asier Garitano, técnico que cogió las riendas del equipo en su última temporada en Segunda B (2013-14), lo ascendió y convirtió Butarque en un auténtico fortín, sellando un marzo año entero sin perder en casa y cediendo solo dos derrotas de las ocho del equipo en el presente curso. Este fin de semana, puede convertirse en un héroe logrando el ascenso a Primera del Leganés, algo que no se ha producido nunca.

Volvamos a ese derbi de vecinos que se evitan. Los que paralizaban el sur de Madrid en la década de los 1980 con encuentros tensos de Copa del Rey o los de los años 90, cuando ambos coincidían en Segunda División. Una rivalidad interrumpida y adormilada por doce años en los que el Lega tuvo que conformarse con verse las caras con el Getafe B, encuentros que no hacían sino agraviar todavía más la herida de verse tan lejos del enemigo que tanto alimenta la propia pasión. Duelos que también han ido mucho más lejos de lo meramente deportivo, con esa lucha por ampliar el cupo de abonados que en Leganés bastan para abarrotar Butarque y en Getafe siempre han sabido a poco. Desde luego, lo único que podrá lamentar el aficionado del Leganés si se consuma su ascenso a Primera será la añoranza de ese paseo de cuatro kilómetros que separa ambos feudos para presenciar un derbi que tantos años lleva sin producirse.