“No hay nada que prohíba, en vez verse obligado a rematar, regatear hasta convertir. ¿Por qué no probar y ver qué sucede?”, le espetó el periodista Ernest Edwards a los dirigentes del Everton al encontrar un vacío legal en el cambio de reglamentación de cómo ejecutar los saques de esquina. Desde junio de 1924, la International Football Association Board (IFAB) permitía que los saques de esquina pudieran marcarse de manera directa. Y hecha la ley, hecha la trampa. El ‘toffee’ Sam Chedgzoy le compró la idea y la puso en práctica sobre el césped. Con un córner a su favor, el delantero del Everton regateó a los que salieron a su paso y metió gol. El árbitro, flipando, se lo tomó como un acto de indisciplina y, aunque la normativa vigente no dijera que esa jugada era ilegal, le anuló el tanto.

Aquella acción conllevó una reescritura de la normativa apenas tres meses después, concretando que el lanzador solo podía contactar con el balón en una única ocasión antes de que cualquier otro futbolista, compañero o rival, lo hiciera. Así, aunque el bueno de Chedgzoy pudo haber pasado a la historia, aparte de por su pillería, por ser el primero en anotar un córner directo, el primer tanto logrado desde el banderín tuvo que esperar unas semanas más para dejar su impronta en los libros de fútbol. Un hecho que, más allá de lo anecdótico por ser la primera vez de un suceso, arrastró un debate prolongado durante años por si se dio en un partido de la segunda división escocesa o si realmente había sucedido en un encuentro internacional en Argentina.

El 23 de agosto de 1924, Albion Rovers y St’ Bernard’s F.C. se medían en la localidad de Coatbridge en un encuentro de la Scottish Division Two. Si bien el partido acabó 2-1 a favor del conjunto local, fue el St. Bernard’s, por medio de Thomas Billy Alston, quien asestó el primer golpe en el minuto 18 de juego. Pese a la irrelevancia del choque, la historia le otorgaría por mucho tiempo a este extremo izquierdo el honor de ser el primer futbolista en anotar un gol desde el banderín de córner de manera errónea, pues el historiador Jorge Horacio Gallego descubrió revisando las diversas crónicas del partido que aun siendo Alston el goleador, lo hizo mediante un testarazo tras un saque de esquina. “Como consecuencia de un córner, desde la derecha, a favor de los visitantes, Alston recibió la pelota logrando, a los 18 m., el primer gol para los ‘Saints’, se detallaba en las páginas del Coatbridge Leader.

 

Cesáreo Onzari fue el encargado de efectuar un córner que pasaría a los anales de la historia. Le pegó directo a puerta, con efecto y el balón cogió una curvatura perfecta antes de que nadie pudiera tocarlo

 

Entonces, el fútbol fue huérfano de un gol directo desde el córner por un tiempo más, atrás quedaba la incierta historia de Alston. Aunque pronto la rivalidad entre argentinos y uruguayos por ser los mejores del mundo acabaría con la espera. En los años 20, el río de la Plata dividía dos maneras de entender el fútbol que, sin ser antagónicas, rivalizaban en cada rincón en el que se encontraban. Los argentinos eran pícaros, pasionales y cancheros; los uruguayos desprendían un fútbol de orfebrería, sutil y sin complejos. Tras encontrarse en cada una de las Copa América disputadas hasta el momento, el oro que se colgaron al cuello los uruguayos en los Juegos Olímpicos de París en 1924 dividió el sentimiento argentino. Mientras unos se alegraban de los éxitos vecinos, según apunta Jonathan Wilson en Ángeles con caras sucias, “otros eran menos magnánimos, más tendenciosos. Ausentándose de los Juegos Olímpicos, el equipo argentino parecía querer señalar que, de haberse presentado los habrían ganado sin lugar a dudas. Pero en la ecuación olvidaban incluir que, en seis de las siete Copas de América disputadas hasta entonces, Uruguay había terminado por delante de Argentina. Así que Argentina desafió a Uruguay a un enfrentamiento de ida y vuelta para determinar cuál era realmente el mejor equipo”.

Los uruguayos aceptaron el reto. La ida, en Montevideo, acabó con empate a uno y todo por decidir; la vuelta decretaría al ‘campeón moral’ en Buenos Aires una semana después. Pero no hubo vuelta en la capital argentina aquel 28 de septiembre a causa del exceso de espectadores que se congregaron en la estadio del Sportivo Barracas. Las cifras sobre la asistencia bailaban según la fuente, pero todos los medios remarcaron que en aquel feudo capacitado para 40.000 espectadores había más de 50.000. Ese colapso provocó una invasión de campo a los cinco minutos de juego que paró el choque, desató el caos sobre el césped y desencadenó en que los uruguayos se negaran a seguir jugando. El partido se pospuso hasta el 2 de octubre y una nueva alambrada entre gradas y pasto para prevenir posibles altercados relucía en el estadio del Sportivo Barracas.

El partido arrancó bronco, ambos equipos se mostraron intensos, nerviosos y alborotados a lo largo de todo el envite. Mientras las patadas, las embestidas y el juego subterráneo se iban repartiendo por el césped, llegó un saque de esquina al cuarto de hora de juego. El argentino Cesáreo Onzari, figura del Huracán de la década de los 20, fue el encargado de efectuar un saque de esquina que pasaría a los anales de la historia del fútbol. Le pegó directo a puerta, con efecto y el balón cogió una curvatura perfecta antes de que nadie pudiera tocarlo. Con el esférico reposando en las mallas, los uruguayos protestaron el tanto rival, pero, como relata Jonathan Wilson, “el árbitro uruguayo Ricardo Vallarino alegó que la confirmación oficial del cambio no había sido formalmente comunicada a la federación uruguaya: no obstante, validó el gol”.

La trascendencia del resultado -victoria final argentina por 2-1 después de que Pedro Cea igualara para los charrúas y Domingo Tarascone firmase el tanto definitivo de Argentina- se iría difuminando poco a poco con el paso del tiempo por las lamentables imágenes que se vieron al término del encuentro de la afición argentina y los futbolistas charrúas enfrentándose, con piedras volando y la policía intentando intermediar entre unos y otros para no agravar el conflicto. Pero si por algo aquel partido siempre estará grabado a fuego en la historia del deporte rey será por aquel gol directo desde el banderín. El gol a los olímpicos, una suerte del fútbol que para burlarse de los uruguayos o para rendir tributo a su primer goleador, acabaría conociéndose para siempre como el ‘gol olímpico’.