La tarde del 11 de mayo pasado, el cielo de Londres se desplomó sobre Costel Pantilimon (Bacau, Rumanía, 1987). El entrenador Roberto Mancini lo había borrado de la alineación del Manchester City. Esa final no sería suya. Después de jugar el camino hacia ella, no se pondría los guantes el día más importante, el día que venía soñando durante toda una carrera. A Pantilimon le habían insistido toda la semana que sería el portero contra el Wigan, en Wembley, con la FA Cup esperando en un atril. Pero solo unas horas antes, Mancini consultó con su asistente de porteros y alegó cuestiones técnicas para comerse sus promesas. Puso a Joe Hart y a Pantilimon se le encogieron las tripas de la amargura. Tardó en reconocerlo, pero el rumano tomó aquello como una puñalada traicionera. Al Manchester City se le escapó esa copa en el descuento, con un cabezazo furibundo de Ben Watson en el primer palo al que el revoloteo de brazos de Hart no pudo poner freno.

Nunca se empeñó en levantar demasiado la voz, porque, al fin y al cabo, sabía que se le observaba más como un gigante de dos metros y tres centímetros de estatura que como un portero sostenible

El golpe fue tan duro para Pantilimon que decidió marcharse del City, hasta que Pellegrini le atemperó y le dibujó una campaña con opciones, con partidos, y lo que fue más importante para él: con meritocracia. El rumano se había resignado a la suplencia del mejor portero inglés en tiempos, un chico guapo, que salía en los anuncios y al que todo el mundo admiraba en el Reino Unido. Sacarlo de su portería estaba ya asumido como una utopía en el universo emocional de Pantilimon. Pero él siempre aceptó esas jerarquías. Nunca se empeñó en levantar demasiado la voz, porque, al fin y al cabo, sabía que se le observaba más como un gigante de dos metros y tres centímetros de estatura que como un portero sostenible. Para él, quedaban las copas inglesas y aquello tampoco estaba tan mal. Y así enfrentó la temporada pasada hasta que sucedió lo que sucedió la mañana de la final de Wembley. Allá vuelve ahora Pantilimon más feliz que nunca. Porque Pellegrini mantuvo su palabra de verano: lo pone en las copas y lo puso en la liga porque el rumano superó los méritos de Hart. ¿Le volverá a ocurrir y lo volverán a abolir de una final, esta vez contra el Sunderland? Complicado. En todo caso, la piel de Pantilimon es gruesa y acerada. La tiene blindada después de una vida que nunca fue fácil en los comienzos.

Nació en Bacau, en el corazón de la Rumanía más moldava, donde creció en uno de los peores tiempos posibles, en un país arruinado, miserable, anárquico y abrasado por el estalinismo de los Ceaucescu. La cartilla de racionamiento y el hambre firmaron matrimonio. Y la gente se quedó atrapada durante años en una Rumania en blanco y negro. En la casa de los Pantilimon, como en casi todas, gobernaba la pobreza. Pero sobre todo el silencio. El pequeño Costel jamás escuchó una palabra de sus padres. Los veía arañar cualquier trabajo que surgiera. Si para la mayoría encontrar una fábrica o una tienda en las que les brindaran una labor ya implicaba un martirio, para el padre y la madre de Pantilimon fue toda una aventura: eran sordomudos. Costel no heredó esa disfunción, pero sus genes sí portaban otro destino: sería largo y grande. Un gigante. Un Goliat muy sociable y conversador. Uno de sus técnicos cuando era niño, Tica Sofrione lo constata: “Hablaba mucho. En su casa no podía hacerlo demasiado con su madre y su padre, y fuera era muy afable”.

Siempre a la sombra de Hart, Pantilimon ha sabido aceptar las jerarquías.

Siempre a la sombra de Hart, Pantilimon ha sabido aceptar las jerarquías.

Su padre encontró trabajo como mecánico en la principal factoría de Becau, la aeronáutica Aerostar, donde se fabricaban aviones de ingeniería soviética. La Aerostar poseía un equipo de fútbol y le consiguieron un puesto en los niveles infantiles. Forjándose como portero, acabó atrayendo las inquietudes de los ojeadores de la Politécnica de Timisoara. En marzo de 2007, ya estaba jugando en la primera división de Rumania. En un año, estaba en la selección. Y en 2011 lo reclamó cedido el Manchester City para cubrir las espaldas de Hart tras la marcha de Given. Al final, pagaron por él tres millones de libras y se quedó. Era un suplente ideal: sosegado, comprometido, dócil y leal.

Y así sigue. Este año ya debutó en la Premier y en la Liga de Campeones, y ha seguido como el portero principal del City en las copas. Ahora, mira a la final de la Capital One, torneo que ha cruzado sin encajar ni un gol. Es su día y lo espera en silencio, un sonido conocido, con la misma humildad con la que cobró su primer sueldo en el Manchester City del lujo y la ambición, se fue a comprar unas zapatillas de deporte, y envió el dinero que sobró a su padre y a su madre, a Becau, donde no recibió palabras, pero sí amor y centímetros.