“Queridos amiguitos, en este mundo todo está bajo control. ¿Todo? ¡No! Una aldea poblada por irreductibles galos resiste ahora y siempre al invasor con una poción mágica que los hace invencibles: el cerebro. 

Somos los nietos de los obreros que nunca pudisteis matar.
No somos punk, ni mod, ni heavy, ni rocker, ni skin, ni techno.
Queréis engañarnos, pero no podéis; tampoco tenemos precio.

¡No somos nada!”

La Polla Records, en No somos nada

 

17 minutos en coche por el Boulevard Périphérique separan el sencillo Stade Bauer del deslumbrante Parc des Princes. Ideológicamente, en cambio, la distancia es del todo incalculable. El segundo es la residencia del glamuroso Paris Saint-Germain de Neymar, Kylian Mbappé y Edinson Cavani; el primero, la casa del Red Star, el humilde equipo de la comuna de Saint-Ouen que hoy es la bella antítesis del conjunto de Nasser Al-Khelaïfi, el modesto club que hoy lucha para mantener viva la esencia del balompié popular en la capital gala, mayoritariamente abducida por los petrodólares del magnate catarí.

En medio de la incipiente expansión del deporte rey que acogió Francia en la década de 1890, el Red Star Club Français, uno de los primeros equipos de fútbol que se crearon en Francia, fue fundado el 21 de febrero de 1897 por Jules Rimet, su hermano Modeste y un grupo de amigos. Reunidos en un pequeño café del barrio parisino de Gros Caillou, acordaron que una de las principales razones de ser de L’Étoile Rouge debía ser el fomentar la práctica del fútbol entre todas las clases sociales; una idea totalmente contracultural en una época en la que aún se defendía que el balompié tan solo debía ser por y para las élites. Con todo, aun a riesgo de ensombrecer el mito romántico que rodea el club, resulta imprescindible mencionar que, lejos de lo que se puede presuponer, el nombre de la entidad no quería ser ningún guiño a las ideas comunistas; sino que, según cuenta la leyenda, fue una recomendación de Miss Jenny, una mujer británica que había ejercido de institutriz de los hermanos Rimet y que lo propuso como un bonito homenaje a la Red Star Line, una conocida empresa de transporte marítimo de la época que solía utilizar para ir y venir de su Inglaterra natal.

En 1909, después de pasar sus primeros años de existencia entre el Champ de Mars, Meudon y Grenelle, el renombrado Red Star Amical Club, forzado por la especulación inmobiliaria que por aquel entonces ya atenazaba la ciudad de París, se vio condenado a trasladarse a Saint-Ouen, un grisáceo suburbio del departamento de Seine-Saint-Denis, al norte de la capital gala, que con el paso del tiempo fue convirtiéndose en un bastión del comunismo, en un distrito tan diverso como multicultural, en el barrio con la proporción de inmigrantes más elevada de todo el país. “La calle Doctor Bauer es una avenida sin importancia, con bloques de apartamentos de hasta cinco pisos y tiendas que abren esporádicamente. Estrechamente estacionados, los automóviles se alinean en la calle mientras los vecinos suben las persianas pintadas con grafitis antes de ir al trabajo”, retrata, con enorme crudeza, Mark Godfrey en The Guardian. Y, centrando su mirada en el anticuado Stade Bauer del Red Star, añade: “No domina su entorno ni en tamaño ni en importancia. Si no fuera por los focos que cuelgan del humilde techo principal, uno podría pasar caminando por los alrededores del estadio sin darse cuenta de que allí reside un club de fútbol de una gran importancia histórica”.

Llegados a este punto, es comprensible preguntarse qué tiene de especial un club que solo tiene cinco títulos de la Coupe de France como carta de presentación (1921, 1922, 1923, 1928 y 1942); cuestionarse qué tiene de particular un pequeño estadio que el encuentro con más caché que ha presenciado en 109 años de historia es un amistoso entre Brasil y Andorra previo al Mundial de Francia’98. Y es que, como en tantos otros casos, lo que distingue a L’Étoile Rouge es lo que sucede fuera del terreno de juego. “No venimos para ver un fútbol hermoso. Nuestros desafíos están en otros ámbitos. Venimos a ver como nuestros jugadores luchan y muestran unos valores. ¡Aquí se juega a otra idea del fútbol! Si el Barcelona es más que un club, el Red Star es más que fútbol”, presumía hace unos meses en el periódico Le Temps un orgulloso miembro de la hinchada vert et blanc; la misma que durante los partidos de su equipo combina el Bella ciao, el himno de la resistencia antifascista italiana, con el flic, arbitre ou militaire, qu’est-ce qu’on ne ferait pas pour un salaire” (“poli, árbitro o militar, no todo vale para conseguir un salario”) y con cánticos como “lo que nos interesa es el ambiente” o “venimos aquí para ver un fútbol auténtico”.

Profundamente antifascistas, los devotos aficionados del Red Star Football Club, armados con banderas y símbolos de todo tipo, utilizan cada encuentro de su equipo para reivindicarse a favor de la solidaridad, la diversidad, la tolerancia y la integración. Lo hacen desde el Stade Bauer, ese bello estadio de apariencia inglesa que durante la Segunda Guerra Mundial sirvió como almacén de armas de la Resistencia Francesa y que debe su nombre a Jean-Claude Bauer, un médico comunista que fue asesinado por ser contrario al Régimen de Vichy. Lo hacen desde la incombustible Tribuna Rino della Negra, una gradería que rinde tributo a un futbolista del equipo que en 1944 fue fusilado por la Wehrmacht por colaborar activamente con la lucha de la Resistencia contra el Tercer Reich. Convertidos en iconos eternos e imborrables del conjunto de Saint-Ouen, los de Bauer y Della Negra destacan por encima de otros nombres ilustres de la historia de la entidad como Eugène Mäes, otro jugador vert et blanc que fue ejecutado por las tropas nazis; Clément Meric, un militante antifascista de la Tribune Rino della Negra de tan solo 18 años que fue asesinado en 2013 por cuatro skinheads; o André Merelle y Michael Oriot, dos futbolistas de L’Étoile Rouge que, durante el sueño revolucionario que fue el Mayo del 68, participaron en la ocupación de la sede de la Fédération Française de Football.

Precisamente, un año después de aquellos hechos que, al grito de “prohibido prohibir”, hicieron temblar los cimientos de la arcaica sociedad francesa, nació el embrión del Paris Saint-Germain, el conjunto que simboliza todo aquello que el Red Star nunca ha querido ser. Con el cuadro vert et blanc estabilizado en la Ligue 1, las autoridades parisinas decidieron que la ciudad necesitaba un equipo que fuera verdaderamente digno de portar el nombre de la capital; que pudiera competir de tú a tú con el Saint-Étienne, con el Nantes y con el Olympique de Marsella, los tres grandes dominadores del fútbol francés de la época. Así pues, en 1969, se creó el Paris FC. Tan solo un año más tarde, el equipo se fusionó con el Stade Saint-Germanois para constituir el PSG, que en 1974 ya se estableció en la máxima categoría del balompié galo y en el Parc des Princes, a poco más de cinco kilómetros de la Torre Eiffel. Todo había salido tal y como había sido planeado: con el nacimiento del Paris Saint-Germain, las clases altas de París finalmente tenían un equipo con el que sentirse representados.

Aquella temporada, la 74-75, fue la última de las 16 que el Red Star ha disputado hasta la fecha en la Ligue 1. Con tan solo siete victorias en 38 encuentros, el conjunto fundado por Jules Rimet en 1897 se despidió de la élite del balompié francés. Pero a pesar de los incesantes altibajos económicos y deportivos que se han sucedido durante las últimas cuatro décadas, la hinchada de L’Étoile Rouge ha permanecido fiel al lado de sus jugadores, haciendo gala del mismo espíritu incansablemente combativo que mostraron Jean-Claude Bauer y Rino della Negra, dos figuras tan admiradas como añoradas por la afición del cuadro de Saint-Ouen. “No intentamos ser alternativos, solo nos expresamos de la manera que somos. El Red Star es un club de fútbol underground, romántico y popular; un club de fútbol que se basa en el respeto, el amor, la humildad y la diversidad. A la gente le encanta porque todavía tiene ese ambiente de fútbol de la vieja escuela. El club no fue construido solo para conseguir victorias y para ganar títulos. Es un símbolo muy poderoso de libertad y creatividad. Y no es solo un club de fútbol, también es una forma de vida”, proclama en The Guardian el exdelantero David Bellion, que hace dos años aceptó ser el director creativo de la entidad que dirige desde 2008 Patrice Haddad, un prestigioso productor cinematográfico que se hizo cargo del equipo cuando jugaba en la sexta categoría del fútbol galo.

En los últimos años, Haddad ha intentado modernizar el Red Star, pero en algunos aspectos se ha encontrado con una oposición tan férrea por parte de la afición que se ha visto obligado a desistir. Por ejemplo, hace unos años propuso construir un nuevo estadio por valor de 200 millones de euros. La idea fue rotundamente rechazada por los seguidores de L’Étoile Rouge: no querían ni tan siquiera plantearse la posibilidad de abandonar el Stade Bauer y el Olympic, esa entrañable cantina, forrada con carteles en blanco y negro y con recortes de prensa de tiempos mejores, a la que acuden religiosamente antes de los partidos para hidratarse. “El Stade Bauer es indisociable de nuestra historia”, aseguraba hace unos meses Vincent Chutet Mezence, el presidente del Collectif Red Star Bauer, en Playground, en la misma línea de lo que canta cada fin de semana la hinchada vert et blanc: Le Red Star, uniquement à Bauer. C’est le gardien de notre histoire; il est gravé dans nos cœurs(“El Red Star, solo en Bauer. Es el guardián de nuestra historia; está grabado en nuestros corazones”).

“Ayer, hoy, mañana… Solo en Bauer”.

Cuando en mayo de 2018 el Red Star certificó su regreso a la Ligue 2 después de una sola temporada en el Championnat National, los aficionados vert et blanc encajaron la noticia con una gran alegría, con una euforia desbordada. Sin embargo, con el paso de los días, la sonrisa se fue apagando lentamente; los rostros se fueron desencajando al constatar que, tal y como sucedió en las temporadas 15-16 y 16-17, el obsoleto Stade Bauer no podría ser homologado para competir en la categoría de plata del fútbol francés. Entonces, L’Étoile Rouge tuvo que buscar refugio en Oise (Beauvais), a 60 kilómetros de la capital, y en el parisino Stade Jean-Bouin; ahora, tanto el destino como el futuro del club son totalmente inciertos. Y es que, mientras las lágrimas de alegría y las de nostalgia comparten espacio en sus mejillas, los hinchas del conjunto de Saint-Ouen, tristemente obligados a someterse a la contradicción de tener que vender su alma al diablo del fútbol moderno para poder volver a estar a un solo paso de la élite, aguardan el futuro con una amarga desilusión, con la desoladora certeza de que tendrán que afrontar el tercer curso en el exilio en tan solo cuatro años.

Con todo, para rellenar el enorme vacío que prosigue a la dura resaca de despertarse después de festejar el ascenso y descubrir que este comportará que tengan que abandonar la que ha sido su casa desde 1909, a los aficionados del Red Star les queda la impagable satisfacción de saberse unos románticos que permanecerán eternamente fieles a su equipo, eternamente impertérritos ante los constantes cantos de sirena que tratan de convencerlos desde el oeste de París para que se unan a ese conjunto que, a base de petrodólares cataríes, intenta codearse con los grandes del viejo continente para colmar sus delirios de grandeza. “Aquí se ve fútbol de verdad, como el que veían nuestros padres”, remarca un hincha vert et blanc en declaraciones a la Agencia EFE. “En Bauer no tenemos petróleo, pero tenemos ideas”, añade otro seguidor del equipo.

Porque los billetes pueden servir para construir una hegemonía incuestionable en Francia y para soñar con levantar la Champions League; pero, sean del color que sean, no representan a nadie, no son más que papeles tintados incapaces de interpelar a los sentimientos. Los aficionados del PSG no tienen ninguna conexión emocional con sus futbolistas, tan solo sus victorias les unen a ellos. Por esto se sienten ricos los orgullosos hinchas de L’Étoile Rouge; porque, a pesar de que su equipo tiene un valor de mercado de tan solo 6,40 millones de euros (frente a los 775,50 del PSG y a los 180 de Neymar) y un presupuesto de tan solo cinco millones (frente a los 500 del PSG), su club encarna todos sus valores. Lejos de los focos, lejos de las grandes portadas; desde el norte de la capital, desde las antípodas del lujo; siempre a la sombra del resplandeciente Paris Saint-Germain de Nasser Al-Khelaïfi, la familia vert et blanc aprovecha cada encuentro para reivindicar su identidad, su dimensión humana y sus raíces, para proclamar a los cuatro vientos que “el dinero no lo es todo”.

Es cierto que, en medio de este fútbol de locos, el Red Star no es nada. Pero quizás lo es todo, porque la autenticidad y la historia son dos de las pocas cosas que aún no se pueden comprar. Junto al Sankt Pauli, el Rayo Vallecano y muchos otros equipos anónimos, son aquellos pequeños gigantes que nos roban el corazón; aquellos bellos perdedores que frecuentemente tropiezan, pero que siempre se levantan; aquellos clubes, pequeños y modestos, discordantes y únicos, que se mantienen en pie para tratar de resistir, tan dignamente como pueden, ante las estocadas del balompié moderno. Ellos no son los fans de Neymar, Mbappé y Cavani; ellos son los aficionados de L’Étoile Rouge, son los nietos de Jean-Claude Bauer y de Rino della Negra. Son los utópicos hijos del fútbol auténtico; y lo defienden con dos herramientas que les hacen invencibles: su cerebro, y un balón.