El día que Leo lo deje es un día que nos duele solo de pensarlo.

El día que Leo lo deje la pelota será una cáscara de huevo que se quiebra al primer toque y guarda las lágrimas de miles de centrales.

El día que Leo lo deje los portugueses hablarán de “saudade”, los catalanes de “melangia”, pero todos, todos y cada uno de nosotros, estaremos obligados a inventar una palabra para decir la ausencia.

El día que Leo lo deje nos engañaremos como idiotas pensando en un heredero. Habrá gestos, controles, una manera de correr, serán gestos inapreciables, sutiles, de un niño que era igualito pero igualito y que toda su vida trabajará en una maquila de algún rincón de Sudamérica. Pensaremos en la genética, pensaremos incluso en un hijo, pero nada, absolutamente nada, repetirá en un mismo nombre la benevolencia de las causas y efectos que dieron contigo.

El día que Leo lo deje volveremos a ver los vídeos donde –de la entropía al equilibrio y del equilibrio al acorde– ya estaba todo presente. Un niño en una cancha de tierra de Rosario caracoleando entre adolescentes con una camiseta de Newell’s cinco tallas más grande que la suya. Gritando un gol, corriendo como un loco, feliz y rabioso como apenas unas pocas veces lo volveremos a ver. Un niño que ya entonces es misterio, prodigio, llegado de quién sabe dónde, que habita en otro lugar, un renacuajo, un axolotl tal vez, que aprende a moldear el tiempo como quien se detiene en el cielo de Roma donde Van der Sar espera.

El día que Leo lo deje no habrá más víctimas caídas sobre el terreno de juego. Asomará Boateng la cabeza desde el pozo, los defensas del Getafe volverán a ser temibles perros de presa, las patadas de Del Horno servirán para algo y hasta Sergio Ramos, cansado de representar el papel del Coyote, dará la bienvenida a su cadera. Los porteros, ¿cuántos han sido, Leo?, entenderán que no siempre es necesario recoger el balón de las redes. Un regate, una última mirada, una picadita tan precisa y dolorosa. Dicen que hasta Almunia alcanzará a tocar con la punta de los dedos ese balón que, para siempre en el aire, pasa por encima suyo.

El día que Leo lo deje la geometría resultará compleja de nuevo. Las diagonales no volverán a ser la distancia más corta entre dos puntos, el tiro desde el borde del área no buscará de esa manera el ángulo, el balón, sin tan siquiera rozar el poste, se perderá ridículo por la línea de fondo. Vibrando la teoría de cuerdas cuando el esférico cae desde otra galaxia y Filipe Luis aún lo sigue buscando. En el fondo el falso nueve también es un número primo. Sabéis lo que os digo, creedme, ese día el gato de Schrödinger dejará de maullar en el potrero.

El día que Leo lo deje saltará con Alicia al otro lado del espejo. Una nueva evolución de la Playstation y él jugando consigo mismo como un día todos jugamos con él. Pasarán los años, los ídolos, y será el cromo más deseado, la recompensa última del modo vintage. Una sala de trofeos, el índice paseándose indolente por la tela de las camisetas de todos aquellos que una vez admiraste y el recuerdo de dos pases de Ronaldinho para marcar dos veces el mismo gol aquel primer día.

El día que Leo lo deje volverá a dormir en Castelldefels porque Argentina sigue estando demasiado lejos. Un asado, un mate con el uruguayo, pero también una botifarra amb seques en las lentas mañanas del Mediterráneo como quien compone una elegía doméstica de ídolo crepuscular que ronronea en pantuflas. Habrá boleros, habrá tangos y habrá también una cumbia villera, electrónica, ridícula y sentimental, para todos aquellos que se inventaron lo de pecho frío.

El día que Leo lo deje ese balón que Neuer vio pasar tocará en el poste antes de irse para dentro. Digo, confío, siento, que cambiará el efecto en el último segundo, y pienso que es posible imaginar a un topo de Maracaná trocando a ciegas su trayectoria. Será así como pudo haber sido, sin reproches, sin nada por hacer, cumplida con un tiro raso la última profecía del mito. Ese día el Mundial será como siempre un sueño, el amor más perro de todos tus amores. Ese día, mirad lo que os digo, hasta Higuaín acertará en la primera parte.

El día que Leo lo deje, decidme, quién va a presionar así en la zona de tres cuartos. Un equipo que se repliega, un lateral que todavía confía en sacarla jugada y el diez del equipo contrario –pero de dónde carajo ha salido este– presionando con la misma obsesión con la que perseguía la pelota hace veinticinco años para llevársela a casa y mostrársela, condenado pibe, a su abuela Celia.

El día que Leo lo deje el corazón dejará de latir mientras concede un gol en la prórroga contra Estudiantes de la Plata. Porque todo es juego y cada célula, cada átomo, cada partícula elemental de tu cuerpo ha sido y será, por los siglos que nunca veremos, fútbol y nada más que fútbol.

El día que Leo lo deje tal vez sea cierto eso de que uno se muere menos cuando lo recuerdan. Será la nostalgia tu nombre, un paraíso perdido de one-club man y estadio vacío en la tarde.

El día que Leo lo deje será una melancolía que ya nos desgarra. Será imposible volver atrás, será el fútbol aquello que fue contigo.

El día que Leo lo deje, ese maldito día, todos, he dicho todos, aprenderemos a morir un poco.