El nombre de Eduardo Vargas (Renca, Chile; 20.11.1989) forma parte de aquella curiosa estirpe de jugadores que rescatamos del olvido cada cuatro años. O cada dos, en el mejor de los casos. Los Lukas Podolski, Miroslav Klose, Xherdan Shaqiri, ‘Memo’ Ochoa, Martín Cáceres, Fernando Muslera, Ivan Perišić, Asamoah Gyan, Pauleta o Claudio Caniggia de turno; aquellos futbolistas que, cómodos en su papel de agitadores de los torneos de selecciones, solo parecen encontrar la felicidad cuando lucen la camiseta de su país, de su familia. La suya, la que durante el verano los ve convertirse en estrellas fugaces. La que los ve generar unas expectativas de tal altura que después jamás han sido capaces de cumplir una vez arranca el curso. “Hibernan durante años a la espera de la gran cita. Como si en formol los mantuvieran. Durante unas cuantas semanas nos engañan, nos ilusionan, para más tarde rompernos el corazón. Son especialistas en este tipo de torneos cortos, como si al ponerse la camiseta de su selección nacional se convirtieran en un superhéroe digno de Marvel”, apuntaba Iñaki Lorda hace poco más de un año, con motivo de una Copa del Mundo que tuvo en Chile a una de sus principales ausentes.

Superado aquel inoportuno traspiés, La Roja sueña ahora con alzar su tercer título de la Copa América consecutivo; una proeza que encumbraría a los más altos altares a la generación que lideran los Gary Medel, Alexis Sánchez y un Eduardo Vargas que, a base de goles, ha acabado consagrándose como uno de los mejores delanteros de toda la historia del fútbol chileno. Lo avalan las 38 dianas que ha firmado hasta la fecha; una cifra que le sitúa en el segundo puesto, tan solo por detrás de Alexis (43). Y justo por delante de artilleros de la talla de Marcelo Salas (37), Iván Zamorano (34) o Carlos Caszely (29). Las estadísticas de Vargas son todavía mejores si la muestra se limita a la Copa América, una competición de la que ha sido Pichichi en las dos últimas ediciones. Con 12 tantos en tan solo 15 partidos, el killer chileno, el máximo goleador en activo del torneo junto al peruano Paolo Guerrero, empieza a divisar el récord histórico del campeonato, compartido por el argentino Norberto Méndez y el brasileño Zizinho con 17.

Eduardo Vargas, con la camiseta del Hoffenheim.

El rojo con el que Vargas ha ido escribiendo una carrera que le ha llevado hasta convertirse en un mito viviente del balompié chileno contrasta con el negro que siempre ha caracterizado su trayectoria a nivel de clubes. “Eduardo Vargas vuelve a dar con la selección chilena la versión que no encuentra en Europa. Viste de lince con Chile, pero parece miope en Europa; como si cada vez que se quitara la camiseta de La Roja le alcanzara un constipado o se le nublara la vista”, enfatizaba el añorado Eduardo Rodrigálvarez en las páginas de El País, en un artículo en el que destacaba que “su manejo en el área es lo más parecido a un manual de instrucciones: acelera y frena con la misma facilidad, esquiva al oponente y forcejea con él con la misma fe, cabecea y patea con idéntica certidumbre, ataca y defiende con la misma intensidad”. “Es un ariete avispado y ágil que aclara su espacio como quien pasa un paño húmedo sobre el cristal”, añadía Rodrigálvarez en otro texto, seducido por el talento de un delantero, tan potente como talentoso, tan veloz como versátil, que complementa el descaro, la ambición y la felicidad que irradia su rostro con el insaciable olfato goleador que atesoran sus botas.

“No he pensado en nada más que el fútbol desde que vi un balón por primera vez. Un año, en Navidad, mis padres me regalaron un skate y no solo no me gustó sino que me pasé toda la noche llorando porque lo que quería era una pelota”, reconocía el atacante de Tigres hace unos años, evidenciando que el paso del tiempo no le ha servido para superar su adicción a agujerar las redes contrarias. Es cierto que ni el Nápoles, que en 2012, justo después de que fuera nombrado segundo mejor suramericano por detrás de Neymar, pagó 13,5 millones al Universidad de Chile para hacerse con sus servicios, ni el Valencia, ni el QPR, ni el Hoffenheim pudieron disfrutar de forma continuada de su mejor versión, que su paso por cuatro de las cinco grandes ligas europeas puede resumirse como un cúmulo de desilusiones; de casis, pero no; de segundas oportunidades que tampoco fructifican. Tan cierto como que Eduardo Vargas ha sabido hallar otro camino para pasar a la historia. Lo ha hecho convirtiéndose en una pieza clave e insustituible en los esquemas de la mejor selección chilena de todos los tiempos, a la que ahora sueña con guiar hasta la consecución de su tercer entorchado continental seguido.