Aleksandr Kokorin (Valuyki, 1991) no se relacionaba mucho con el resto de presos durante su estancia en la cárcel. Quienes coincidieron con él relatan que pasaba los días en la iglesia o entre libros de Dostoievski, los más demandados en la biblioteca del centro. Sasha, como el protagonista de la obra cumbre de Fiódor, había perdido la libertad, pero ahí terminaban las similitudes entre ambos. Poco tenía de sesudo el bueno de Kokorin, cuyos crímenes, ‘vandalismo’ y ‘agresión’, no dejaban lugar a debates morales como los de Raskólnikov. Incapaz de controlar un irracional ‘apetito por la destrucción’, el jugador acabó en prisión tras protagonizar una doble pelea en Moscú con su excompañero y amigo Mamaev. ¿Han visto esos vídeos de rusos haciendo todo tipo de disparates, la mayoría de ellos ilegales o muy peligrosos, a un ritmo frenético? Así será el biopic del futbolista cuando se retire.

El incidente que llevó a Aleksandr Kokorin a la cárcel era el enésimo que protagonizaba, pero en esta ocasión se le fue de las manos. El delantero, su hermano Kirill, Pavel Mamaev y unos cuantos amigos alargaron la noche más de la cuenta y llegaron con hambre al desayuno. Dos agresivas trifulcas, la segunda de ellas contra un par de altos funcionarios del Estado, robaron a los jugadores un año de su fútbol y casi cualquier posibilidad de volver al combinado nacional. Ahora que Kokorin dice haberse dado cuenta del valor de las cosas, “de lo que realmente quiere hacer en la vida” -como expresó en Sport 24– intenta redimirse en el Spartak de Moscú, equipo donde había prometido “no jugar nunca” y con el que firmó este verano por tres temporadas.

Mucho desparpajo, un fuerte afán competitivo y un indiscutible talento para el fútbol distinguieron a Kokorin del resto desde bien pequeño, cuando compatibilizaba la práctica del deporte rey con el boxeo. Con unos escasos nueve años ya había demostrado suficientes cualidades como para que un reclutador del Spartak agendase una prueba con su familia. Aleksandr recorrió junto a su padre los 700 kilómetros que separaban Moscú de su casa, pero al llegar le impidieron participar por no llevar puesta la camiseta del equipo. Su progenitor fue raudo a la tienda oficial del club, pero solo quedaba una talla enorme, que le quedaba como un saco de patatas. Ni padre ni hijo soportaron esta falta de tacto y respeto y rechazaron al cuadro moscovita. Al año siguiente estaba jugando en el Lokomotiv, escuadra vecina y rival.

Con once años empezó a vivir en una residencia, lejos del control fraterno, y comenzó a desmadrarse. Aunque con solo 16 vivió su primera gran polémica con el club que le vio crecer, del que se marchó dando un portazo, su don para el fútbol perdonaba todas sus faltas, y con apenas 17 ya había debutado en primera división con el Dynamo de Moscú. En su primer encuentro como blanquiazul se convirtió en el goleador más joven de la historia del equipo; en su primer partido de Champions, al inicio de la campaña siguiente, fue el autor del tanto que daba la victoria a su escuadra en Celtic Park (0-1). Por entonces parecía el gran diamante que el fútbol ruso llevaba décadas esperando. “Con 17 años ya era uno de los líderes del vestuario, un tipo abierto y alegre. Opinaba sobre cualquier asunto”, explicó para Sport Express Tashaev.

Sobre el terreno de juego siempre ha sido un punta versátil, descarado, intenso, con una técnica privilegiada e inteligentes movimientos sin balón. Aunque su posición natural sea la de ‘9’ puede jugar en cualquiera de los dos costados y como segundo punta, algo que ha otorgado siempre un amplio abanico de posibilidades a sus entrenadores. Para Dmitry Ivanov, exdirector general del Dynamo de Moscú, esta ha sido también una de las mayores “desgracias” de Kokorin, que lejos de su puesto favorito suele cumplir bien, pero brilla menos. “Sasha es que es un jugador universal, y esto, por supuesto, es utilizado sin reservas por los entrenadores, cubriendo los puestos débiles de sus equipos, explicaba Ivanov en una entrevista con Sports.ru.

A pesar de las grandes expectativas, la feroz competencia que vivió con jugadores como Kerzhakov, Kuranyi o Adrei Voronin obstaculizó su progresión durante sus primeros años en la Premier rusa. Tras marcharse Bozovic del banquillo del Dynamo (en la temporada 2011-12), Kokorin disfrutó de más continuidad y acabó la campaña como Mejor Jugador Joven del país. Al año siguiente, ya con Petrescu pilotando el plantel, Sasha lo jugó prácticamente todo. Anotó 13 goles en 26 apariciones, dio diez asistencias e hizo dianas de gran importancia en la Europa League. Tenía 22 años y el Anzhi, que estaba construyendo un equipazo con Hiddink como entrenador, ofreció 20 millones de euros a su equipo y 4,5 a él para llevárselo de la capital, pero lo suyo con el equipo daguestaní fue un visto y no visto. Mes y medio después, por una inoportuna lesión, el cese prematuro del entrenador y una reestructuración de última hora justo antes del inicio del campeonato, hizo el camino de vuelta al Dynamo de Moscú, que pagó por él lo mismo que había percibido.

Con los blanquiazules estuvo hasta enero de 2016, fecha en la que el Zenit se hizo con sus servicios y los de su compañero Zhirkov. También tanteado por clubes como el Manchester United o el Tottenham, el Dynamo había rechazado una oferta del Arsenal inferior a la del plantel de San Petersburgo. Desde que se introdujo en 2005 el límite de extranjeros en la Premier League Rusa se ha creado cierta burbuja con los futbolistas nacionales, que se han sobrepagado y consentido. Esto ha engendrado una generación de jugadores acomodados como el propio Kokorin, que no han necesitado exhibir todo su potencial para destacar en la liga rusa. 

 

“El hombre lo tiene todo al alcance de la mano, y, como buen holgazán, deja que todo pase ante sus mismas narices. Esto ya es un axioma”
(Rodión Románovich Raskólnikov, en Crimen y Castigo)

 

Si dentro del campo Kokorin es un futbolista inteligente, con una capacidad superior para interpretar el juego, fuera se vuelve una persona irreflexiva, despreocupada e inmadura, especialmente por redes sociales. Gran parte de sus problemas le han llegado tras postear contenido fuera de lugar u ofensivo. Coches de lujo, jets privados, rastro de infidelidades, fiestas ostentosas y armas de fuego solían llenar su timeline.

Provocador como pocos, su primer gran escándalo mediático tuvo lugar en las Navidades de 2012. Kokorin subió a su Instagram ciertas imágenes subidas de tono con Mamaev, su eterno compañero de tropelías. En una se besaban y en otra compartían desnudos un jacuzzi. Que el delantero firmase las fotos con un sugerente “lo amo” disparó los rumores acerca de su homosexualidad, punto que él mismo desmintió en el diario Sport Soviético. “Fue divertido saber que la gente reaccionó a nuestras fotos preguntándose qué tipo de orientación sexual tenemos. Lo explico: conozco a Pasha desde hace mucho tiempo, desde la escuela. Éramos rivales en el campo, pero nos hicimos amigos y ahora es como un hermano para mí”, alegó Kokorin.

En 2016, solo unos días después del estrepitoso fracaso de Rusia en la Eurocopa, Aleksandr se marchó con Mamaev a Montecarlo a ahogar sus penas. Según publicó Life-ru, los futbolistas se gastaron 250.000 euros en botellas de champán Armand de Brignac (quinientas, a 500 euros la unidad) y montaron una bochornosa performance con el himno ruso a todo trapo y sus mujeres bailando sobre los sillones de la discoteca. Las imágenes encolerizaron al país, las críticas arreciaron y los jugadores fueron castigados por sus respectivos clubes. Mamaev bajó al juvenil del Krasnodar y Kokorin al filial del Zenit. Rusia empezó a cansarse de ellos.

Siempre al borde de lo inconveniente o ilegal, resulta paradójico que Kokorin se hiciera un nombre en el Dynamo de Moscú, escuadra históricamente ligada a la policía. En 2013 se destapó que su partida de nacimiento podía estar falsificada, que realmente nació en 1989 y no en 1991 como aparece en sus documentos. El primero en asegurarlo fue el exfutbolista y entrenador Aleksandr Bubnov. Algo más tarde lo confirmó el scouter Artem Khachaturyan, que dijo haber obtenido la información del colegio del delantero.

Ya en 2017 -un año especialmente movido para Kokorin- se fotografió con una camiseta de Pablo Escobar, le quitaron el carnet por conducir en dirección contraria y publicó un video suyo disparando un arma de fuego para celebrar la boda de su amigo y también futbolista Alan Chochiyev. Un año más tarde, el 8 de octubre de 2018 y quizá todavía frustrado por una grave lesión que le dejó fuera del Mundial, tuvo lugar el incidente que llevaría a Sasha y Pasha a prisión.

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Raskólnikov pensaba que había ciertas licencias para los hombres “extraordinarios” si tras la maldad de sus actos había un fin ulterior que lo justificase, pero en el caso de Kokorin y Mamaev solo había irresponsabilidad y destrucción. Aunque ellos se pensaran mejores que el resto. Y es que “la razón es esclava de la pasión”, aseguraba el protagonista de la novela. El video de la pelea en Coffeemania acabó de indignar al país y numerosas voces -algunas procedentes del Kremlin- reclamaron un castigo ejemplar para los futbolistas. “Kokorin, Kokorin, ¿qué has hecho? Estoy en shock… ¡Mamma Mia!”, exclamaba Fabio Capello, uno de los grandes defensores del delantero de Valuyki.

La mala fama de los implicados, labrada con tesón, evitó cualquier tipo de indulgencia de la Justicia rusa, que haciendo caso a la Fiscalía decretó año y medio de prisión para Kokorin y Mamaev. Al estar casi siete meses recluidos a la espera de juicio abandonaron la cárcel antes del año de condena, pues cada día en prisión preventiva cuenta allí como tres jornadas de condena normal. En el presidio les acompañaría el hermano pequeño de Sasha, Kirill.

Su tiempo en la cárcel lo pasaron, como tantos otros presos, haciendo deporte y leyendo. Los medios de información rusos publicaron que, de los tres, Mamaev era el que parecía más entero; que Kirill se convirtió en un ratón de biblioteca y que Kokorin, casi siempre el más risueño, en la cárcel se volvió algo huraño e introvertido. Apenas un partido jugado en la cárcel contra un equipo de tercera división de la región, en el que ganó el combinado de presos y Sasha fue elegido mejor jugador del partido, logró levantarle el ánimo. Pequeños momentos que rompían la pesada rutina penitenciaria.

El 17 de septiembre de 2019, casi un año después de su entrada en el centro, Sasha, Pasha y Kirill recuperaron su libertad. Si bien el Krasnodar, equipo de Pavel, decidió no contar más con el mediocentro, el Zenit sí que prorrogó por una campaña el contrato de Kokorin, pero acabó extinguiéndose con una cesión al Sochi en un año marcado por la pandemia. Allí anotó siete tantos en diez partidos. Ahora en el Spartak de Moscú, y si su pasaporte no miente, buscará demostrar a los 29 años que todavía tiene fútbol en sus botas, aunque ya prácticamente nadie confíe en él: “Me tomo las cosas más en serio, nunca debí haber terminado en la cárcel. Cuando lo perdí todo: familia, amigos y fútbol, me di cuenta de que no podía seguir así”.

El jugador que había maravillado a Wenger y del que Capello esperaba que hubiera sido “el mejor futbolista ruso del Mundial 2018” quiere recuperar el nivel que exhibió aquel mismo año a las órdenes de Mancini, justo antes de que una rotura del ligamento cruzado cortara en seco su progresión. En el teórico mejor momento de la carrera de un delantero Sasha vivió tres importantes parones consecutivos: el de la lesión, el de la cárcel y este último año con la pandemia del Coronavirus; su rendimiento hoy es toda una incógnita. Supuestamente rehabilitado como ciudadano en el presidio, ahora ha de conseguir su redención sobre el verde, pero tiene poco tiempo. Al fin y al cabo, como el mismo Kokorin expresó en una conversación con Soviet Sport, “un futbolista tiene dos caras, una en el fútbol y otra en su vida personal”, pero ha de saber también que el estigma del fracaso cuesta más de borrar que cualquier tatuaje del talego, y que ya no puede encomendarse exclusivamente a su talento. Toca comportarse.


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Fotografía de Imago.