“Son todas iguales, pero cada una es diferente de todas las demás. Tienes mañanas luminosas y mañanas sombrías…”, Auggie Wren en Smoke (Wayne Wang y Paul Auster).

En la vida se suceden constantemente episodios independientes que pasan ante nuestros ojos sin relación aparente, tocados por la varita del azar. Paul Auster escribe en Ciudad de Cristal que “nada es real excepto el azar”. En el fútbol, que no es más que una extensión de la vida, el azar y las coincidencias juegan un papel clave entre tanto partido, jugada y resultado.

Dos de estos episodios teóricamente inconexos han acontecido en la Ligue 1 en forma de resultados. El PSG, gigante francés pero mediano europeo, solo se ha quedado a cero en dos partidos del campeonato doméstico, donde se pasea con altivez mientras juega con sus hermanos pequeños. Como buen pariente menor, alguno ha sido puñetero y le ha puesto las cosas difíciles. Primero fue el Angers, en el mes de diciembre, el que consiguió un épico 0-0 ante los parisinos. El mismo resultado se repitió hace escasos días en el PSG-Lille, con los de Laurent Blanc más pendientes del encuentro europeo ante el Chelsea. Dos partidos; dos meses y medio; un equipo olvidado.

El Angers formó en aquel partido con Butelle bajo palos; Manceau, Thomas, Traore y Andreu, en la zaga; Mangani, Saiss y N’Doye, en el centro del campo; Sunu, Camara y Ketkeophomphone formaban el ataque. Lo que para muchos -me incluyo- era una alineación totalmente desconocida, para una pequeña población del oeste de Francia fue una formación histórica. Los once individuos, once héroes en la antigua capital del reino de Anjou, consiguieron un épico empate a cero ante el abusivo París Saint-Germain. Los de Blanc llegaban a la decimosexta jornada de liga habiéndose dejado tan solo cuatro puntos, como si se les hubieran caído del bolsillo. En el lado parisino, el empate no parecía más que una mera anécdota en el campeonato doméstico, existente para subir la moral al PSG, depresivo todavía cuando sale a Europa. Anécdota para uno unos; épica, si se mira bajo el prisma del Angers.

Aquel 1 de diciembre había sobre el Stade Jean-Bouin 505 millones de euros. Como en las partidas póker entre endeudados y mafiosos, la repartición no era equitativa. 480 millones pertenecían al todopoderoso PSG, que ha sacrificado la competitividad en la liga francesa para ser alguien en la Champions. Enfrente, representando a David en la manida historia del pequeño contra el gigante, el Angers poseía 25 millones de euros de presupuesto, poco más de una tercera parte de lo que costó Di María.

La orquesta la dirigía -y la dirige- Stéphane Moulin, obviamente, personaje desconocido. Debutó en el Angers como futbolista y se retiró en el Chatellerault. Su viaje fue de ida vuelta, ya que como entrenador debutó en el Chatellerault, desde donde llegó al filial del Angers. Dio el salto al primer equipo y en tres años consiguió el ascenso, tras ser 11º, 5º y 3º.

Los once individuos, once héroes en la antigua capital del reino de Anjou, consiguieron un épico empate a cero ante el abusivo París Saint-Germain

El que es el 19º presupuesto más bajo de la Ligue 1 ascendió y sin tiempo para disfrutarlo ya casi había descendido. Muchos eruditos del fútbol, necesarios y suprimibles a la vez, anticipaban un descenso seguro por la modestia del equipo, como si eso fuera un defecto. Se apoyaban en la dificultad de casar a once nuevos fichajes, todos ellos a coste cero.

Uno de los secretos del Angers es no haber fichado a jugadores con vasta experiencia en la Ligue 1, a quien volver a pasearse por la élite les produce una tediosa motivación. El principal fichaje fue la ilusión que traían consigo sin experiencia en la máxima competición. La fórmula era clara: combinar a jugadores a los que la Ligue 2 ya se les quedaba pequeña, con jugadores experimentados que por uno u otro motivo no han copado la cotizada portada de L’Équipe. El resultado de esta fórmula, igual que 2+2 son 4, es claro. O al menos lo era en diciembre. El equipo recién ascendido era tercero, con una apuesta por la solidez defensiva -tan solo 9 goles en contra- que le permitía hacer una oda a la eficiencia. Con solo 14 tantos, el tercer equipo menos goleador, sumaba 27 puntos. Contra el PSG no consiguió ninguno, pero dejó seco al gigante de los Ibrahimovic, Cavani y Di María, que venía de marcar en los últimos 26 partidos.

Y lo hizo en los once siguientes hasta que se quedó a 0 contra el Lille. Butelle, exguardameta del Valencia y ahora también ex del Angers, fichado por el Brujas, era el único portero que había puesto un cerrojo en la portería ante el PSG hasta que los de Blanc jugaron contra el Lille, en un partido prechampions y con muchas figuras en el banquillo.

EL DESPLOME

Sea como fuere, a uno y otro encuentro les separan más de dos meses y medio y once citas del campeonato francés. Once encuentros que se han tornado en once pesadillas para el Angers, cosechando tres victorias, un empate y hasta siete derrotas, las cuatro últimas de forma consecutiva. Un desplome que ha provocado que el Angers ya no sea tercero; ni cuarto. Ni tan siquiera quinto. Puede que sea noveno, o puede que ya ni tan siquiera aparezca en la clasificación. De estar en Europa, el Angers ha pasado a verla a cuatro puntos de distancia. El descenso está a ocho, aunque en sensaciones parece estar más cerca que la Europa League.

Ya nadie se fija en el Angers. Ya no es el equipo revelación de Europa. Los eruditos asoman la cabeza. Está abocado al fracaso. Por suerte, la del Angers es una de esas historias que no debe mirarse con números, fríos como témpanos. Qué más da si acaba descendiendo. Qué importa si pierde todos los partidos hasta el final. Calma.

Con 10 de los últimos 33 puntos, el Angers tiene que apelar a la calma, igual que Auggie Wren en Smoke. En la película guionizada por Paul Auster, Wren es un estanquero que fotografia cada día la misma esquina de la calle y pide a sus clientes que miren las imágenes más despacio. Algo parecido le debe pasar al entrenador del Angers, que confesó hace unas semanas que al finalizar cada partido tenía la costumbre de fotografiar la clasificación.

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