De su barrio pobre de Rosario al lujo del Parque de los Príncipes, navegamos a través del ascenso de Ángel Di María, un futbolista al que la vida no le había reservado grandes cosas a parte de unas orejas de soplillo y un pie izquierdo y unos pulmones fuera de lo normal.
[Este reportaje se escribió y se publicó en noviembre de 2015, en el #Panenka46]
En la cuarta jornada de la liga francesa de esta temporada [2015], el principal atractivo se reservaba en el banquillo visitante del estadio Louis II. Di María había llegado, previo pago de 63 millones de euros, para ocupar el flanco derecho del PSG y “ayudar al club a conquistar la Champions“. Poco después de la hora de juego, el argentino, con el 11 a la espalda, se despojó del chándal y entró en escena por primera vez, dejando túneles, croquetas, cambios de ritmo y aceleraciones. El volante pedía todos los balones y lideró la victoria (3-0) y el espectáculo. También en el vestuario fue él, junto a Lavezzi y David Luiz, quien arengó la celebración con sus cánticos. Rápidamente integrado entre sus compañeros y su nuevo público, bien instalado con su mujer y su hija en una casa cerca del Arco de Triunfo, Ángel Di María vuelve a disfrutar. Después de una mala temporada en Inglaterra, con una nueva lesión muscular y la derrota en la final de la Copa América, el PSG supuso una verdadera liberación para él. “Desde hacía un año mi destino era acabar en París”, declaró. De su humilde barrio en Rosario a los más grandes equipos de Europa. “Si Ángel ha llegado donde ha llegado es porque tiene un gran corazón y unos huevos enormes”, resumía -a su manera- Maradona.
UN CURRANTE SIN MÚSCULOS
En la calle Perdriel fue donde todo comenzó. Y donde todo pudo haberse terminado, trágicamente, hace 26 años: “Angelito tenía un año, acabábamos de mudarnos y era todo provisional. En el medio del patio había una claraboya. Como rebosaba tanta energía era difícil de seguir y un día se nos escapó y fue directo hacia allí… Lo pudimos rescatar in extremis”. Diana, la madre, recuerda este episodio desde el confortable salón de la casa de Di María, cerca del Río Paraná. Aquí, al norte de Rosario, casi todo está dedicado al Central, uno de los grandes clubes de la ciudad. El barrio es tranquilo y calmado, pero Diana no abre la puerta durante el día: “Ya me han robado el bolso dos veces en la calle, estábamos más seguros en la Perdriel”, asegura ella. “Ángel quería que estuviéramos en una residencia privada pero no quisimos. Ya era demasiado duro para nosotros salir del barrio”. Al igual que sus hijos y sus amigos, que están tatuados en su brazo, Diana está estrechamente ligada al lugar donde crió a los niños y donde quedaron vecinos y familiares. “Continuar viviendo allí era imposible: todos los días los niños de los barrios marginales venían a nuestra casa a pedir dinero”.
De su humilde barrio en Rosario a los más grandes equipos de Europa. “Si Ángel ha llegado donde ha llegado es porque tiene un gran corazón y unos huevos enormes”, resumía -a su manera- Maradona
La Perdriel va cambiando de aspecto a medida que uno va subiendo por la travesía y se aleja del río: los chalets dan lugar a humildes chabolas y, una vez cruzadas las vías del tren, la pintura y el alquitrán se difuminan. Pequeños barracones, ladrillos grises y construcciones sin terminar dejan entrever un pequeño jardín vigilado por un perro labrador. La casa que hay enfrente es la del jugador del PSG y que se usa, hoy en día, como comercio familiar. En la trastienda vive discretamente su abuela, que se dedica a vender limones. Diego, uno de los diez amigos de la infancia de Di María, reside una manzana más allá. Abre la puerta con el torso desnudo y la piel estropeada por la adolescencia, se acaba de despertar de la siesta: “Esta semana he tenido turno de noche en la fábrica”, se justifica, antes de comenzar a revivir su infancia futbolística. En aquella época, Di María ya estaba raquítico, pero su sobrenombre era ‘Diablito’ más que ‘Fideo’, que vino después. “Nunca estaba quieto. Por la mañana iba a clase, después ayudaba a su padre a meter carbón en sacos y distribuirlo, luego iba a entrenar y, tras 18 horas en pie, nos venía a buscar uno por uno para seguir jugando en la calle”. Esa hiperactividad fue la que llevó a Di María a empezar con el fútbol. El argentino tenía cuatro años cuando el médico recomendó a su madre, Diana, canalizar su energía a través del balón. “En casa lo rompía todo, mi madre prefería que estuviera al aire libre a estar encerrado entre cuatro paredes”, recordaba en Le Parisien. En 1992 fichó por el Torito, un club de barrio fundado en 1975 que viste de naranja en homenaje a la Holanda del 74. En su segunda temporada anotó 64 goles. El mejor recuerdo fue en una final regional contra Rosario Central, en la que firmó los tantos de la victoria, uno de ellos un gol olímpico con el exterior del pie. ‘Los canallas’ rápidamente propusieron a los dirigentes de Torito hacerse con el flacucho a cambio de 30 balones. Aceptaron. “Todavía los estamos esperando”, recuerda Jorge Conejo, su presidente. “Al año siguiente presenté una reclamación por carta. El problema es que el acuerdo se selló con un apretón de manos, entonces no había contratos de por medio. Sería absurdo pretender una compensación económica, sólo tenía seis años”.
En realidad, y a pesar de su precocidad, Di María no destacaba entre los demás en el centro de formación de Rosario Central. Hasta que Marcelo Trivisonno cambió su devenir: “No le conocía, pero un día le vi jugar y le llamé para la categoría nacional. Al principio era mi tercera opción en su demarcación. Empezó disputando 20 minutos por encuentro y se hizo con la titularidad cuando el que jugaba en su lugar tuvo que mudarse a Formosa por asuntos familiares. Progresó muchísimo. A final del año, Angel Tulio Zof lo llamó para el primer equipo. Todo sucedió en cuestión de seis meses”.
Raquítico desde niño, Di María fue ‘Diablito’ antes que ‘Fideo’. Su hiperactividad fue la que le llevó a jugar a fútbol. Así se lo recomendó el médico
Antes de su explosión, Di María pasó casi diez años tratando de hacerse un hueco entre otros chavales más fuertes que él. Alberto Gómez le entrenó durante dos temporadas: “Era muy hábil y vertical, un verdadero jugador de potrero, pero demasiado flaco. No ganaba nunca un duelo y le costaba terminar los partidos. Trabajamos mucho para fortalecer sus músculos. Desde que empezó a jugar en la Rosarina, recuerdo verlo salir a menudo de su casa llorando”. Diana, católica y creyente, era la que le animaba todos los días para salir a entrenar y le daba los pesos para poder pagar los tres autobuses que separan la Perdriel de la Ciudad Deportiva.
En cada trayecto que pasaba por delante del estadio de Rosario Central ella le prometía que algún día jugaría allí. “La unión de su familia en torno a él fue decisiva”, recuerda Alejandro Fernández, su entrenador en la Rosarina a los 16 años. “Jugar en la liga regional le fue muy bien para curtirse en terrenos poco favorables. Cuando pasó a la categoría AFA explotó”. Di María debutó como profesional el 14 de diciembre de 2005, en la 19ª jornada del Apertura, contra Independiente, en Avellaneda: salió en el minuto 72 con el dorsal 37 sustituyendo a Vecchio. “Fue excepcional. Se iba de todos, volvió locos a los defensas de Independiente y dio un gol a Marco Rubén”, recuerda Hernán Castellano, entonces portero y capitán de Rosario Central. Pero en aquella época su talento no estaba tan claro para todos. Marcelo Trivisonno era uno de los más escépticos: “Jugaba bien, pero jamás hubiera imaginado que habría llegado tan lejos. Conmigo, venía a entrenar repleto de magulladuras por el trabajo con su padre. Apenas hablaba, el fútbol era su único medio de expresión”.
LISBOA, VITAMINAS Y FE
Hijo de la crisis económica argentina, Di María pertenece al boom futbolístico de Rosario, la ciudad que vio nacer al ‘Che’, acunó a Messi, dio la locura a Bielsa, reivindicó a Menotti y durante un tiempo se deleitó con la cabellera de Batistuta y los goles de Kempes. Di María no comparte ningún ADN con sus conciudadanos. Hay que remarcar que su universo se limitó durante mucho tiempo a un lugar acotado, estrecho e infinito, un lugar entre la calle la Perdriel y el reino de los imposibles. “Nacer en la Perdriel será siempre lo mejor que me ha pasado en la vida”, proclama un tatuaje en un antebrazo del futbolista.
Durante un año y medio, en un Central en crisis económica y obligado a apostar por los jóvenes, Di María, liberado, se hizo un hueco. Con pases, goles y cabalgadas de vértigo, el joven jugador se afianzó en primera y la selección llamó a su puerta. Convocado por Hugo Tocalli para la sub-20, disputó el Mundial de 2007 en Canadá con los Romero, Agüero y Banega. Al principio suplente, se fue ganando un sitio hasta que cayó lesionado en semis contra Chile. Una lesión muscular, la historia de su vida con la selección que, aquella vez también, le hizo perderse la final. AZ y Tottenham se interesaron por él pero fueron los seis millones de euros que pagó el Benfica a Rosario Central los que le transportaron a Europa. “Se sentía demasiado joven para irse. Le hubiera gustado seguir un año más en su casa”, asegura Nico, otro de los miembros de la banda de La Perdriel. “Su venta era imprescindible, con ella salvó al club de la quiebra”, concluye.
Miguel, el padre, recuerda el primer día del resto de su vida: “Es cierto que él no estaba muy animado con la idea de salir de Rosario. Pero le insistí que el tren solo pasa una vez en la vida. Me dio el sí con la condición de no ir solo. No lo pensé, vendí la carbonería y me fui con él”. A la llegada a Lisboa, las cosas no fueron según lo esperado; el entrenador que lo fichó, Fernando Santos, fue destituido y sustituido por José Antonio Camacho, quien dejaba al argentino en el banquillo. Su rol de suplente y la distancia con su familia y los suyos le paralizaban. “Volvía a menudo de los entrenamientos llorando”, explica Miguel, “la situación era difícil de soportar”. Después de las fiestas de fin de año se tomó una meditada decisión: toda la familia le acompañaría en Lisboa.
“Venía a entrenar repleto de magulladuras por el trabajo con su padre. Apenas hablaba”, recuerda uno de sus primeros técnicos
“Poco a poco se fue sintiendo mejor, al menos en el plano emocional”, asegura Diana. En esa época Di María también conoció a Jorgelina; no tardarían en consolidarse como pareja. Su cabeza estaba mejor y al fin pudo centrarse en el juego. El verano de 2008 ganó los JJOO con una Argentina con Messi, Agüero, Mascherano y Riquelme. El devenir se repitió otra vez: suplente al inicio, se ganó un sitio, marcó el gol decisivo en cuartos contra Holanda y el que dio el título en la final contra Nigeria. Pero en el Benfica el ‘Fideo’ seguía relegado al banquillo. “Cuando llegó Sánchez Flores prefirió a Reyes”, explica Hassan Yebda, compañero de equipo en aquella época.“Técnicamente ya era impresionante, se iba de dos jugadores en un abrir y cerrar de ojos. Pero su cabeza estaba mal”.
En la Perdriel, Nico se acuerda que antes de irse a Portugal su amigo le hizo partícipe de sus miedos frente a la exigencia del fútbol europeo. “Tomaba muchas vitaminas, pronto ganó algunos centímetros y poco a poco sacaba mejores resultados en los duelos físicos”. En el vestuario, Di María se integró por fin. Hizo buenas migas con el ex de Newell’s Oscar Cardozo, con el que solía jugar a cartas junto a Reyes y Yebda. Y descubrió al torbellino David Luiz, con el que compartía la misma fe en Dios. “David acabó siendo su hermano”, subraya Quim, el portero de las ‘Águilas’ entre 2004 y 2010, “eran inseparables, tenían el mismo carácter y ponían el ambiente en el vestuario”. No muy amigo de las tácticas defensivas hasta entonces, Di María se hizo con la titularidad cuando aprendió a recuperar la posición. “Es en este aspecto en el que más mejoró en Portugal y el que le llevó a ser el jugador que es hoy en día. Tácticamente, Jorge Jesús le hizo subir un escalón. Sin perder profundidad, supo temporizar sus incursiones y ser más preciso a la hora de atacar”, juzga Quim. Fue hombre clave en el título liguero del Benfica, con diez goles y 19 asistencias.
OTRA DIMENSIÓN
“Cuando vimos por primera vez a Di María con la camiseta del Real Madrid, no nos lo podíamos creer”, reconoce Nico desde la Perdriel. En el Bernabéu, el argentino pasó a otra dimensión. De nuevo, el debut fue complicado. “Es simple, Florentino y Valdano no lo querían”, murmulla Miguel, el papá. “Cuando llegamos a Madrid para firmar, el contrato no era como habían prometido. Ángel, que estaba en una nube, me dijo: ‘déjalo así, voy a demostrar lo que valgo y estarán obligados a aumentarlo”. Sin glamour ni ser muy conocido para vender camisetas, su fichaje por 30 millones de euros no gozaba de plena unanimidad. Cuando Mourinho llegó a Madrid, el argentino se encontró muy pronto en una situación desfavorable: era de los favoritos de su entrenador y un indeseable para su presidente. Al principio de la temporada 10-11, Mou presionó para equiparar su salario a los de los campeones del mundo, enfrentándose a Valdano, quien argumentaba que todavía no había demostrado nada con su nueva camiseta. Sus peticiones fueron rechazadas y Di María se encontró en el centro de una guerra que no iba con él. Pedro León fue muy pronto la víctima colateral de la guerra entre Valdano y el portugués. El medio del Getafe era una petición personal del argentino y Mourinho lo veía como una competencia impuesta para su protegido. Voluntarioso, obediente e infatigable, Di María era el ojito derecho de Mou. Se convirtió en el mejor jugador sin balón, en el iniciador de la fase de presión y, sobre todo, en un jugador secundario para el resto de delanteros, especialmente para Cristiano Ronaldo. En 2011, después de una derrota contra el Barça en semifinales de la Champions, Mou explotó contra el crack: “He ideado un sistema para ti, para que tú metas los goles sin correr mucho. Jugamos así por ti y tú dejas pasar a los rivales. ¿Qué te pasa? ¿Crees que Di María está a tu servicio? ¿Crees que vale menos que tú?”.
Poco a poco, los compañeros empezaron a desconfiar del argentino porque lo veían como el protegido. Parte de la plantilla se cuestionaba la decisión del míster de dejar en el banquillo a Özil, Ramos o Casillas a pesar de la irregularidad de Di María; Florentino tampoco entendía por qué se encaprichaba con el argentino mientras seguía vegetando en el banquillo su flamante fichaje, Kaká. Todos se quejaban excepto Di María, quien en 2012, gracias al lobby de Mourinho, logró por fin renovar su contrato con un salario a la altura del de los campeones del mundo. Una renovación que se convirtió pronto en el menor de sus problemas.
UNA RELACIÓN IMPOSIBLE
Hija de Ángel y Jorgelina, Mia nació el 22 de abril de 2013, después de sólo seis meses de gestación. Le dieron un 30% de posibilidades de sobrevivir. “Su esposa y él no volvieron a ser los mismos. Tenían la sensación de morir interiormente”. Quien había podido leer la angustia en la cara de Di María se llama Estela Jorge y es la gerente del restaurante De María en Majadahonda, donde Di María acudía en sus contadas salidas para inflarse a comer entrañas, a veces en compañía del ‘Cholo’ Simeone, pero siempre con Jorgelina, “la mujer más importante de su vida”. La pareja pasaba el resto del tiempo en su casa de la Finca, en Pozuelo de Alarcón. Solo o con invitados de Rosario, pero nunca con compañeros de equipo.
“Es un chico muy tímido, no le gusta mostrarse”, le define Diana. Diego, el amigo, recuerda que “los meses que pasamos tras el nacimiento de Mia fueron muy duros: Ángel iba de la maternidad al entrenamiento y viceversa. Quería dejar de jugar, pero Jorgelina le pidió que no lo hiciera”. Terminó la temporada con la moral hundida, pero finalmente, su hija salió adelante. “Es como su padre, hiperactiva, no duerme nunca”, apunta Diana. Al volver de vacaciones, el argentino estaba menos activo, lo cual no pasó desapercibido para su implacable técnico: “cuando ganabas menos dinero corrías más”, le espetó una vez.
Los inicios en el Real Madrid no fueron nada sencillos. “Es fácil: Valdano y Florentino no le querían”, murmulla Miguel, su padre
Empezó otro curso y Mourinho, su protector, ya no estaba. Las relaciones con Florentino aún estaban más deterioradas, pero paradójicamente, el último acabaría siendo su mejor año con la camiseta blanca: máximo asistente en liga y mejor jugador de la final de la Champions. Antes del Mundial pidió un nuevo aumento que fue rechazado. “El Real es esto…”, reniega Miguel, “sólo te valoran si vendes camisetas. Su hija estuvo entre la vida y la muerte y él no faltó a ningún entrenamiento, eso el club jamás lo ha valorado. Era imposible continuar con Florentino”. Feliz en Madrid, con su mujer y su hija, y con Ancelotti, el jugador hubiera preferido quedarse. Solamente dos clubes estaban dispuestos a llegar a sus exigencias económicas: el PSG, que estaba bloqueado por el cumplimiento del fair-play financiero, y el Manchester United, que lo contrató por 75 millones de euros, record histórico en la Premier. Mientras, Di María estaba concentrado con su selección. Con una lesión muscular en cuartos del Mundial, tuvo que volver a ver una final desde el banquillo.
En Manchester, al contrario que en las etapas anteriores, las cosas empezaron bien y después se torcieron. “Retener demasiado la pelota era un problema grave para Van Gaal, que empezó a pensar que Di María restaba al equipo”, asegura el escritor Jamie Jackson. El ‘Fideo’ se quejaba del sistema holandés, demasiado rígido para él. “Exceptuando a Rojo, no tenía relación con sus compañeros”, ahonda Diego. Otra preocupación para Di María, y no menor, era que su mujer no estaba a gusto en Manchester. El punto de no retorno llegó el 31 de enero, cuando el futbolista fue víctima de un intento de atraco, mientras comía con su familia en su lujosa casa de Prestbury. Traumatizados, los Di María vendieron la mansión y se trasladaron a un hotel. Expulsado en marzo contra el Arsenal en la FA Cup, el ‘Fideo’ casi ya no volvería a hacerse con la titularidad. “Después del intento de robo, el fútbol dejó de estar en su cabeza”, lamenta su madre. En cambio, aquello no le costó su sitio en la selección, Martino le considera como “uno de los cinco mejores del mundo”. Pero el destino volvió a cebarse con él: en la final de Copa América contra Chile, su músculo volvió a romperse.
“Todo eso ha quedado atrás ahora. Es feliz en París, nos ha dicho que los compañeros de vestuario del PSG son los mejores de su carrera. Después de todo se merecía esto”, sonríe Diana. Quien ha estado toda su vida corriendo para los demás es ahora el mesías de los cataríes; una cosa está clara, el jugador más caro de la historia en traspasos acumulados (180 millones) ya no tiene que justificar su nuevo rol ante aquellos que quieren seguir viéndolo como un actor secundario.
[Este reportaje se escribió y se publicó en noviembre de 2015]



