Este texto está extraído del #Panenka89, un número que todavía puedes conseguir aquí.


 

Hay alteraciones que, por nimias, estúpidas o intrascendentes que parezcan a simple vista, llevan detrás de sí una historia de dimensiones gigantescas. Algo tan sencillo, tan ínfimo, como voltear 90 grados la estructura de un uniforme, algo que podría haber ocurrido por una decisión banal o por un inocente error, en realidad puede deberse a una especie de efecto dominó en el que se cruzan diferentes pasiones, distintas disciplinas y un par de fronteras de paso.

En esta historia, la primera ficha cayó en 1906, cuando José Alvalade y otros dirigentes de un club deportivo y social decidieron crear una nueva entidad. No les molaba que la institución, en teoría gimnástica, hubiera olvidado sus raíces y solo les diera por hacer fiestas. Así surgió el Sporting Clube de Portugal. La siguiente ficha la tumba el mismo Alvalade. Empecinado en darle un carácter multidisciplinar a la entidad, decidió que su Sporting debía ser “un gran club, tan grande como el más grande de Europa”; por ello, más allá del fútbol, a lo largo de su historia el Sporting ha abierto las puertas de su casa al atletismo, al hockey, al baloncesto y al rugby, entre otras muchas modalidades. Fue así como, en 1926, durante la presidencia de Salazar Carreira, la tercera ficha se desploma. Gran aficionado al rugby -uno de los tantos deportes que practicó-, el presidente del Sporting se fue a Francia a ver un partido del Racing de París y se enamoró de su camiseta. De vuelta, rediseñó los uniformes de la sección oval, calcándolos a los del club parisino. Aparecían las rayas horizontales por primera vez en Lisboa.

 

El chaparrón que cayó sobre Lisboa hizo que los ‘Leones’ tuvieran que cambiar de equipación, volviendo a pedírselas a los rugbiers. Remontaron el encuentro y creyeron que aquella indumentaria les traería suerte eternamente

 

Pasaron un par de años, y otra ficha -la cuarta- se derribó en el verano de 1928. En una gira por Brasil, los jugadores de fútbol, sibaritas ellos, optaron por pillar prestadas las camisetas de los del rugby porque eran más cómodas, frescas y ajustadas a su torso. Al regresar de la gira, la vida siguió igual, los rugbiers se quedaron con las de rayas horizontales y el equipo de fútbol volvió a su camiseta blanca y verde a medias. Pero unos meses después, el 5 de octubre, la historia puso su punto final con la última ficha derrumbada. En un amistoso contra el archienemigo Benfica, celebrando el Día de la República -aunque ya en tiempos del dictador Salazar-, el chaparrón que cayó sobre Lisboa hizo que en el entretiempo los ‘Leones’ tuvieran que cambiar de equipación, volviendo a pedírselas a los rugbiers. Remontaron el encuentro y creyeron que aquella indumentaria les traería suerte eternamente. Y así siguen vistiendo casi un siglo después, tras una reacción en cadena en la que cada pieza tumbó a la siguiente hasta cerrar el ciclo.

 


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Fotografía de Imago.