“Maradona ganó un Mundial él solito”. “Pues Pelé iba tan sobrado que fue tres veces campeón del mundo”. “¿Os acordáis de un tal Di Stéfano y sus cinco Copas de Europa?”. “Cruyff, señores y señoras. Él reinventó el fútbol”. “¿Nadie va a decir nada de los dos con cinco Balones de Oro?”. Que si este, que si el otro, que si aquel; que si goles, que si títulos, que si estadísticas. Siempre la misma cantinela, siempre el mismo debate. Si a algunos ya os cansa y os aburre la eterna discusión sobre quién es el Rey del fútbol mundial, quizá no os apetezca saber que hace muchos años, cuando aún no tenía que volverse loco delante del espejo para camuflar su incipiente alopecia, Sir Bobby Charlton jugó junto a un joven de las West Midlands inglesas que, según la leyenda mancuniana, era mejor que todos los mencionados. Otro más para la lista.

Nos situamos en la Inglaterra balompédica de mediados del siglo pasado. Entonces no había un dominador claro del fútbol inglés, los títulos rulaban de vitrina en vitrina como si nadie fuera capaz de atraparlos, retenerlos y hacerlos suyos. Llegó Sir Matt Busby, formó un equipo campeón y se encargó de que las estanterías de Old Trafford lucieran nuevas cosechas. El Manchester United, con una plantilla plagada de jóvenes talentosos, arrancó la década de los 50 hambriento de éxitos. Sació el apetito con tres triunfos en la First Division y otros tantos en la Charity Shield. El postre querían comérselo en Europa, pero una tragedia en el aeropuerto de Múnich, en 1958, fue el cruel destino para un equipo llamado a hacer historia allá donde jugara.

El avión que les devolvía a Mánchester con las semis de la Copa de Europa en el bolsillo nunca debió despegar. Desgraciadamente, lo hizo. Se llevó la vida de una veintena de pasajeros, entre ellos, ocho integrantes de la plantilla ‘red devil’. Roger Byrne, Geoff Bent, Eddie Colman, Mark Jones, David Pegg, Tommy Taylor y Billy Whelan murieron en el acto. El octavo, aquel que flanqueaba a Charlton por el costado zurdo en la medular mancuniana, aquel que según Bobby pateaba el balón mejor que los Dioses del Olimpo futbolístico, aguantó en vida dos semanas más que sus compañeros en el hospital, hasta que su corazón se detuvo y nos privó de conocer qué hubiera sido de ese chaval de 21 años si la nieve, la niebla y los tres intentos de despegue nunca hubieran tenido lugar aquel 6 de febrero.

 

“Tenía estatura, visión, técnica. Sabía parar el balón con el pecho y enviarlo con precisión a sesenta metros, con una pierna o con otra. Nunca me sentí inferior a ningún futbolista salvo a él”

 

Ese chico se llamaba Duncan Edwards y, a palabras de Bobby Charlton, nunca hubo alguien igual que él. “Tenía estatura, visión, técnica. Sabía parar el balón con el pecho y enviarlo con precisión a sesenta metros, con una pierna o con otra. Y eso con los balones pesados y mojados de la época. Nunca me sentí inferior a ningún futbolista salvo a él”, aseguraba el mito del Manchester United sobre el que fuera su compañero durante sus primeros años en la élite balompédica. Ambos debían reconducir la historia de los ‘Red devils’, y lo estaban haciendo, pero no pudieron continuar juntos con su leyenda y solo Bobby Charlton disfrutó de una carrera larga y exitosa.

Qué hubiera sido de la carrera de Duncan Edwards, por desgracia, es y será siempre un misterio, una incógnita sin respuesta. Lo que sí se sabe es todo lo que consiguió en lo poco que el fútbol pudo disfrutarlo. Se sabe que cuando era un niño de once años ya se atrevía a jugar con los adolescentes de 15, y era el mejor. Se sabe que cuando tenía 15 años, los ‘Red devils’ se presentaron en su casa en una madrugada de 1952 para que aquel chico desechara cualquier oferta y aceptara la suya. Se sabe que, con 16 primaveras y 183 días, se convirtió en el más joven en debutar en la primera división inglesa. Se sabe que hasta la irrupción de un jovencísimo Michael Owen fue durante un largo tiempo el benjamín de los ‘Tres leones’ pasada la Segunda Guerra Mundial. Se sabe que con apenas 21 años jugó hasta 175 partidos como profesional, porque él era un privilegiado físico, un mastodonte que no entendía de cansancios, descansos ni esperas. Incluso cuentan que en un año natural se calzó las botas en más de 90 ocasiones sumando los choques de su club, la selección y el equipo del ejército. Si tocaba jugar, jugaba; le importaba bien poco si del último partido había pasado una semana, tres días o diez minutos, nunca decía que no a regresar al césped. En definitiva, se sabe que Duncan Edwards estaba de sobras preparado para comerse el mundo.

Quién sabe si hubiera sido él el encargado de alzar al cielo de Wembley la estatuilla de campeón del mundo en el verano del 66. Quién sabe cómo hubiera acabado aquella Copa de Europa de 1958 de no darse nunca aquel fatídico accidente en el aeropuerto de Múnich. Quién sabe si las estanterías de Old Trafford podrían contar que Charlton levantó más de una ‘orejona’ junto a su inseparable amigo Duncan. Nunca sabremos qué hubiera pasado, pero Bobby está convencido de que aquello hubiera sido una locura.