Minuto 87 de partido, 2-1 a favor y un solo gol separa a tu selección de clasificarte para la siguiente ronda de la Copa del Caribe. Volcados al ataque. Quemando los últimos cartuchos que quedan en la recámara para marcar el tanto de la victoria. Y, de repente, gol en tu propia portería. Imaginaos las caras de frustración. La rabia de verte tan cerca de tu objetivo y ver cómo se escapa por un fallo de uno de los tuyos. Pues nada de eso ocurrió en Barbados. Todo lo contrario, fue la estrategia perfecta. El mejor gol a unas normas impropias, ilógicas y poco comprensibles en una competición surgida a finales del siglo pasado.

La Copa del Caribe se ha disputado en 19 ocasiones, siendo Trinidad y Tobago el país más laureado de la competición con ocho títulos en su palmarés. Este torneo se juega cada dos años en la actualidad y sirve como fase clasificatoria para la Copa Oro de la Concacaf -cuatro selecciones acceden directamente y otra debe jugarse la plaza en un play off-. En la sexta edición del torneo, Barbados y Granada fueron los inesperados protagonistas. No ganaron, ni siquiera se clasificaron para las semifinales, pero dejaron una surrealista anécdota para el recuerdo del fútbol caribeño.

El 27 de enero de 1994, en el Estadio Nacional de Barbados, la selección local se jugaba con Granada el primer puesto en la fase preliminar, el único que daba acceso a la fase final de ocho participantes. La otra selección del Grupo 1, Puerto Rico, ya estaba fuera de la lucha. La victoria por 0-1 ante Barbados fue insuficiente después de perder por 0-2 contra Granada. Un 0-2 con matices, porque realmente en ese encuentro solo hubo un tanto en el tiempo extra, pero la normativa de la competición decretaba que ningún partido podía finalizar en tablas y, en el hipotético caso de llegar a la prórroga, el gol de oro sumaría dos tantos en el marcador. Entonces, el Barbados-Granada decidía si pasaba uno u otro, pero los locales necesitaban vencer por al menos dos goles de diferencia si querían pasar a la siguiente fase de grupos.

 

¿Por qué reducirlo todo a escasos siete minutos si puedes tener media hora por delante con un gol de oro que sume el doble?

 

Antes de que el árbitro señalara el camino de los vestuarios tras concluir los primeros 45 minutos, Barbados ya había cumplido su misión. Dominaba el encuentro con una ventaja de dos goles, los necesarios para verse en la fase final de la Copa del Caribe. En la segunda mitad se mantuvo el 2-0 hasta el minuto 83, cuando Granada recortó distancias y marcó el gol necesario para clasificarse como líder del Grupo 1. A la selección de Barbados le quedaban siete minutos por delante para volver a situarse con dos tantos de ventaja. Insistió hasta el 87 sin éxito hasta que una ocurrencia cayó sobre sus mentes.

Visto que no podían penetrar la defensa granadina en busca del gol, buscaron el vacío legal de aquella competición de tan extraña normativa. ¿Por qué reducirlo todo a escasos siete minutos si puedes tener media hora por delante con un gol de oro que sume el doble? Entonces, se consumó la imagen surrealista de aquella jornada. Barbados dejó de atacar. Parecía bajar los brazos y arrojar la toalla mientras el defensa Terry Sealey y el portero Horace Stoute se pasaban el balón sin ánimo. De repente, Sealey lo chutó al fondo de su propia portería. 2-2. Confusión e incomprensión en las gradas y en el conjunto rival, que poco tardó en entender la picaresca de Barbados. Se lo jugaban al todo o nada del gol de oro. Más riesgo, pero también más tiempo por delante.

Esos tres minutos antes de llegar al fin del tiempo reglamentario se volvieron un auténtico caos. A Granada le daba igual si perder 3-2 o ganar 2-3. Al fin y al cabo, ambos resultados le servían para pasar como líder del grupo. Al sacar desde el centro del campo, cinco futbolistas de la selección de Barbados corrieron directos a defender la portería donde, en teoría, debían marcar. Los otros cinco jugadores de campo y el guardameta se ocupaban de defender la suya, la que tocaría en un encuentro normal. En medio del césped, los de Granada buscaban marcar un gol sin importar qué portería debía encajarlo. “Me sentí engañado. La persona que decretó esas reglas debería entrar en un psiquiátrico. Un partido nunca debería jugarse con tantos jugadores corriendo confusos. Nuestros jugadores no sabían ni en qué dirección debían atacar: nuestra portería o la suya. Nunca había visto nada semejante. En el fútbol se supone que debes marcar al rival, no para ellos”, comentó James Clarkson, seleccionador de Granada, al término del encuentro.

Granada no consiguió su objetivo y Barbados hizo suya la dicha de “hecha la ley, hecha la trampa”. Por delante, 30 minutos que decidirían quien se ganaba un lugar entre los ocho países participantes de la fase final de la Copa del Caribe. Un vida o muerte a un gol -o dos, como reflejaría el marcador-. El partido retomó la normalidad. Cada uno atacaba hacia la portería contraria, cada uno buscaba el gol de oro y a Barbados la jugada le salió maestra con el gol de oro de Thorne. Después, su papel en la Copa del Caribe fue residual. En tres partidos de la fase de grupos únicamente consiguió dos empates que le apearon de una competición ganada, como de costumbre, por Trinidad y Tobago. Aunque si algo quedó de esa edición, fue que los futbolistas de Barbados le ganaron al juego. Eso sí, un juego defectuoso y carente de sentido común.