¿Cómo recibes a quien llevas esperando 25 años? Hace un cuarto de siglo vi la ida de cuartos de final de la Copa de la UEFA en el Hebe, aquella sala mítica de Vallecas que cerró sus puertas en mayo de 2018 tras 38 años de música y humo. Ahí estuve, con el corazón en un puño, mientras el Alavés nos clavaba un 3-0 que aún hoy siento como un cuchillo oxidado en las costillas. Azkoitia, Eggen, Vuko, mis tres jinetes del Apocalipsis. También estuve en la vuelta, cómo no, celebrando un 2-1 estéril en un Vallecas medio vacío.
Ha pasado mucho tiempo y hace dos horas que el árbitro pitó el final del Rayo-AEK de la ida de los cuartos de final de la Conference League. Todavía no me lo creo. Mañana madrugo para hacer cola en el estadio y comprar entradas para la vuelta en Atenas, pero mis ojos ya se van solos a mirar vuelos a Frankfurt y hoteles en Mainz. Por un lado, miedo. Por el otro, una ilusión que asusta.
Lo peor no era el AEK.
Lo peor era empezar a creérselo de verdad.
Durante años, ser del Rayo ha consistido en mirar hacia abajo, en hacer cuentas para salvarse, en sobrevivir.
Ahora, no.
Ahora el peligro es otro: levantar la cabeza y ver algo demasiado grande al fondo. Meterse en una piscina olímpica y no hacer pie.
“El barrio llevaba días hablando del AEK como si pronunciando su nombre en voz baja fuera más fácil domesticarlo”
El barrio llevaba días hablando del AEK como si pronunciando su nombre en voz baja fuera más fácil domesticarlo. Atenas quedaba lejos y antes había que pasar por casa. Jugar la ida en Vallecas significaba irte a dormir con el partido abierto, con media eliminatoria metida en el pecho.
Todo olía distinto. Olía a vértigo. A algo que no nos pertenece del todo pero que, por una vez, decidimos que sí. Había banderas en los balcones, carteles por el camino, pegatinas en las farolas y gente que salía con una sonrisa del metro. En el bar de camino al estadio no se hablaba de otra cosa. Ni Trump, ni política, ni de la vida. Solo del Rayo. Solo de Atenas.
Cuando esta mañana salíamos de casa y de camino al colegio le explicaba a Irya que era el partido más importante de la historia de nuestro equipo, me miró rara.
—¿Por qué es tan importante?
—Porque podemos pasar.
—¿Y si pasamos qué pasa?
—Que seguimos.
—¿Y luego?
—Otro partido.
Se quedó en silencio unos segundos, como si estuviera ordenando todo aquello en su cabeza.
—Entonces… ¿por qué te da miedo?
No supe qué contestarle.
—Porque esto no pasa muchas veces —acabé respondiendo, sin estar del todo seguro de que fuera verdad.
Ella asintió con naturalidad, como si la explicación fuera suficiente.
—Pues entonces que pase.
Ya habíamos llegado al colegio, me dio un beso y se perdió por el pasillo.
Me quedé en la puerta un poco perdido. Había entendido que nada de lo que habíamos hablado tenía que ver con el AEK. Tenía que ver con lo que venía después: con la posibilidad de que todo aquello fuera de verdad.
“Eso es lo que somos. Compraré entradas para Atenas. Miraré viajes a Mainz. Y seguiré teniendo miedo. Pero iré. Porque después de 25 años esperando, no hay miedo que valga”
Para mí el miedo siempre ha sido parte del Rayo. No el temor a perder, que nos hemos hartado, sino a que se acabe. A que este sueño que ya vivimos una vez se nos escape otra vez entre los dedos como arena fina. A que dentro de unos años volvamos a contarlo todo en pasado.
Cuando sonó el himno de la Conference, se me puso la piel de gallina. El otro día leí por ahí que nunca sabes la última vez en que vas a coger a tu hija en brazos, a levantarte sin dolores o siendo completamente feliz. Por eso quería saborear cada momento.
Sé de qué va esto. Sé que el fútbol es capaz de hacerte el amor más bonito del mundo y luego dejarte tirado por ahí en la cuneta sin avisar. Lo viví contra el Alavés. Lo he vivido demasiadas veces. Por eso no quise mirar el penalti de Isi y lo vi reflejado en la sonrisa de mi vecino y en el estruendo del campo. Por eso, incluso con el 3-0, sigo con un nudo en el estómago.
Cuando salimos del campo y volvíamos a casa, iba feliz. Dentro de unos años, cuando ya no queden demasiados de esta generación, seguiremos contando estas noches. Y alguien preguntará:
—¿Y tú estuviste en el 3-0 al AEK?
—Sí —contestaré—. Y tenía tanto miedo como ilusión.
Eso es lo que somos.
Haré cola. Compraré las entradas para Atenas. Miraré viajes a Mainz. Y seguiré teniendo miedo.
Pero iré.
Porque después de 25 años esperando, no hay miedo que valga.
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Fotografías de Getty Images.


