Lucía Taboada (Vigo, 1986) cree que su percepción del fútbol hubiese sido distinta si en lugar de niña hubiese nacido niño. En esa otra vida posible, tal vez durante su infancia habría corrido detrás del balón en campos desvencijados, como su padre. Pero no pasó.

“Nunca he sentido el ridículo de perpetrar una chilena fallida. Nunca he sabido lo que duele que se te tiren encima varios tíos entrados en peso porque has marcado un gol inverosímil. Nunca he podido decir eso de que mi progresión futbolística se vio truncada por una lesión en la rodilla”.

Como las toscas jerarquías del recreo decían que eran ellos los que jugaban, y ellas las que tenían que conformarse con mirarlo, el primer contacto con el balón de Taboada, la autora de Como siempre, lo de siempre (Libros del K.O.), fue con los ojos, no con el pie. Y eso, de un modo inconsciente pero efectivo, marcó su manera de vivir el juego.

Pero como afirmaría unos cuantos años después, lo importante no es tanto cómo vives el fútbol, “sino cómo lo sientes”.

Alguien que cuando es pequeña pasa la tarde de un domingo sentada en la grada de Balaídos, y no en la playa de Vigo con las amigas o echando monedas en los recreativos del centro comercial, aprende pronto a sentir el fútbol como hincha del Celta.

A Taboada el recinto de su equipo la conduce a un brochazo de L. S. Lowry, con esa atmósfera parecida a la bruma industrial de Mánchester. “Tiene ese gris tonal del pintor, con su enorme estructura de hormigón, un armatoste que recuerda a una fábrica”.

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De esas experiencias como espectadora novel en un lugar en el que parecía que de un momento a otro tuviese que sonar la sirena anunciando el cambio de turno de los obreros, brotan algunos de sus primeros recuerdos. Como por ejemplo cuando todo el estadio se ponía a hacer la ola y esta moría al llegar a tribuna, puesto que en tribuna “los señores solo se levantaban con un único fin, el de insultar”.

Pasaron los años, y con ellos, la actual periodista de la Cadena Ser fue sumergiéndose más y más en el océano del celtismo. Descubrió que en ese firmamento azul la tendencia era ver el vaso siempre medio vacío. Un derrotismo que está enroscado a la falta de un título importante en la historia del club. Incluso en sus mejores temporadas, el Celta siempre se ha quedado a un paso de dar el golpe definitivo; una encadenamiento de decepciones que ha acabado por construir el mito de un gafe que planea sobre la entidad. En el momento de la verdad, cuando parece que ya asoma el fin del maleficio, algo falla. Algo falla una y otra vez. “Si el roce hace el cariño, la hazaña debe de querer muchísimo al Celta porque llevamos décadas rozándola, acariciándola y haciéndole cosquillitas en el sofá”.

Estar lejos del éxito, y quedarse sin él, no es caerse; tenerlo a tocar, y que se esfume, es caerse dos veces.

Sin embargo, existe una salida. Un contraveneno. Eso también va incrustado en el ADN del celtista. Pese a esos silencios melancólicos en los que suele hundirse Balaídos, “que duran minutos y en los que paradójicamente se escuchan muchas cosas, como el pesimismo”, el aficionado insiste en una última forma de resistencia. Se traduce en una frase. Desta vai. De esta va. Ahora sí que va. Y se repite siempre, como una plegaria, antes de que los jugadores salten al césped para afrontar un duelo decisivo.

Desta vai.

Creer poco, pero creer.

Con eso basta.

Hasta que alguna noche, después de las hostias, los sueños rotos, el llanto acumulado, “un soplo de viento abrirá la puertas de nuestras vitrinas. Levantará un trofeo el chico que se apellida como las piezas que mueven los molinos. Lo pardo se volverá glauco y después celeste. Y ese grito de fidelidad que resuena en Balaídos, ese coma sempre, o de sempre, significará, al fin, algo más”.