Se acabaron las fiestas navideñas, los días en familia y las eternas comidas de las que todo el mundo quiere marchar cuanto más rápido posible pero mejor no hacerlo, no vaya a ser que enfades a los ‘jefes’. Empezó 2020 y regresó el fútbol. Ya era hora. No sé qué tienen estas fechas que a todo el mundo le da por recordar, mientras nosotros solo nos acordamos de lo asqueroso que es un finde sin fútbol. La abuela te recuerda que tienes que comer más; los tíos, lo trasto que eras de pequeño; el padre, ahora que vuelves a subirte a su coche, las canciones que escuchaba hace cuarenta años y que aún sigue reproduciendo en bucle, sin fecha de caducidad en la carátula. En el fútbol, más de lo mismo. Interminables listas de onces, máximos goleadores, títulos, datos y demás, con la excusa de recordar que acaba una década mientras se discute si realmente acaba una década. Al Milan, un equipo de fútbol, aunque ya ni lo parezca, en cambio de echar la vista atrás con el único fin de rememorar los últimos episodios de un grande que ya no es, le dio por volver al pasado. Con un par. Como si esta trágica, lamentable e incomprensible dejadez que le ha llevado a ser uno entre tantos en este decenio -evitemos debates- nunca se hubiera dado.

En el verano de 2010, el Milan encontró en Zlatan Ibrahimovic al hombre ideal para escribir su epitafio, sin saber aún que iba a escribirlo. El sueco regresaba a Italia solo un año después. Y ese es otro tema, porque nunca entenderé la facilidad con la que los tres grandes transalpinos van intercambiando futbolistas como si de cromos se tratasen; pero por ahora lo aparcamos. Según cuentan, al entrenador que tan rápido le quiso como le dejó marchar no le gustaban tantos gallos en el gallinero, como diría su maestro holandés. Y quemando sus postreros cartuchos veinteañeros, Ibrahimovic cambió Barcelona por Milán.

En el invierno de 2020, el Milan ha creído encontrar en Zlatan Ibrahimovic al hombre ideal para reencumbrar a un club anestesiado, sin saber aún si se le pasará una anestesia que dura demasiado. El sueco regresa a Italia ocho años después, tras estancias en París, Mánchester y Los Ángeles. Según cuenta el propio ariete, ha recibido ahora, con 38 años, “más ofertas que cuando tenía 20”, a la vez que apunta no haber querido abandonar el Milan en 2012, pues dice que “fue una elección societaria”. Y quemando sus postreros cartuchos treintañeros, quién sabe si para firmar su último contrato, Ibrahimovic cambió el sueño americano por intentar hacer soñar a los ‘rossoneri’ de nuevo. La gesta se antoja epopéyica.

 

La pregunta es si es este el regalo que necesitaban en San Siro diez años después. La respuesta, en junio. De momento, que afloren los bellos recuerdos

 

Y qué les ha pasado a unos y otros en estos diez años. Pues a Ibra, cuando aún vestía de rojo y negro, le dio por ser el paradigma de los viejóvenes, demostrando que eso de jubilar a un delantero de más de 30 ‘palos’ es cosa del pasado. En su primer año en San Siro levantó el Scudetto y marcó 14 tantos en liga. Al año siguiente, su último curso en Milán, ya en la treintena, metió 28 goles, con el título de capocannoniere debajo del brazo. A partir de entonces, como el buen vino, Zlatan se reinventó una y otra vez para no bajar de los 20 tantos por curso. Ya fuera liderando al Paris Saint-Germain de los petrodólares, al también anestesiado United o a los Galaxy, los goles, más que nunca, eran cosa del gigante sueco.

Por su parte, qué decir del Milan. De ser una especie de limbo de elefantes, allá donde habitaban veteranos futbolistas que aún no querían ser dados por muertos en esto de darle patadas al balón, a convertirse en algo que, sinceramente, no sé cómo definir. Porque por ahí han pasado jóvenes, viejos, buenos, malos, dirigentes chinos, entrenadores de aquí y de allá y, ahora, una multinacional estadounidense que trata al club cual holding de Wall Street. Hace tiempo, demasiado, que el Milan perdió la cabeza. Más de seis años sin pisar los cinco primeros puestos de la Serie A; solo un título, una triste Supercoppa, desde entonces; un banquillo que devora entrenadores cual Pacman; un equipo que ya no es ni el resto de las cenizas de un fuego que hace no tanto prendía con potencia por Italia y por Europa.

Adelantándose a la festividad del 6 de enero, la Befana -la anciana que hace las veces de reina maga en Italia- dejó en Milán, en los primeros días de 2020, un regalo en forma de delantero, en forma del recuerdo del último Milan que pudo reinar en Italia. Quizá por ello haya vuelto Ibrahimovic al Milan; porque, en enero, coincidiendo con las fiestas, a todo el mundo le da por rememorar lo feliz que fue algún día. Y si tu abuela te dice que estás más flaco es porque ni quiere, ni puede, olvidar los atracones que te pegabas con sus platos. Y si el Milan recupera a su último gran héroe es porque ni quiere, ni puede, olvidar los atracones de goles al inicio de la década pasada, o de la actual. Las preguntas, en 2020, son si es este el regalo que necesitaban en San Siro diez años después y, también, si necesitaba Ibrahimovic una última motivación europea aun jugándose su aura de mito ‘rossonero’. Las respuestas las tendremos en junio. De momento, que afloren los bellos recuerdos.