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Cuando los ídolos regresan a la casilla de salida

Volver al club que animas desde tu infancia es como volver al barrio donde aprendiste a andar en bicicleta, o al parque donde diste tu primer beso. Repasamos seis jugadores que volvieron al lugar donde todo empezó

Angel Di Maria – El regreso del hijo pródigo

‘El Fideo’ nació en Rosario, en un barrio humilde donde el fútbol era más una escapatoria que un pasatiempo. Desde pequeño supo lo que era correr más de lo que se podía y darlo todo cuando la vida te pone una zancadilla tras otra. Su historia con Rosario Central no comienza en la élite, sino en la calle de Perdriel, donde su madre, Diana, lo llevaba en bicicleta al entrenamiento —junto a su hermana— pedaleando bajo la lluvia o el frío, con sus botines y comida en canastos adaptados especialmente para ellas. Allí aprendió a volar por la banda, corriendo como si el mundo dependiera de su resistencia. Era un jugador distinto.

Con apenas 19 años dio el salto a Europa, primero al Benfica, luego al Real Madrid, al PSG, al Manchester United y a la Juventus. Con la ‘albiceleste’ lo ganó todo: Juegos Olímpicos, Copa América, Finalissima y Mundial. Fue héroe en finales, autor de goles memorables que todos nosotros recordamos. Con cada paso que daba parecía que se alejaba más de Rosario. Pero no. Porque para él no era solo el club de su infancia: era una deuda con ese niño que soñó con regresar convertido en ídolo.

En 2024, con 36 años, Di María ha decidido volver. Tras dejar su huella en todos los rincones de Europa —con 36 títulos en su palmarés, sólo superado en su país por Messi— eligió regresar al Gigante de Arroyito, un gesto tan potente que generó un video emotivo del club dándole la bienvenida.

Aunque el retorno del extremo argentino no estuvo exento de drama. En 2024 se vio obligado a posponerlo debido a amenazas de muerte contra su familia, un episodio concreto que incluyó una cabeza de cerdo con una bala y una nota amenazante dirigida a su hija Pía. El incidente tuvo lugar en marzo, cuando lanzaron una cabeza de cerdo y una bala en el frente de un negocio familiar, junto con una nota que decía que si volvía a Rosario Central, la próxima cabeza sería la de su hija Pía.

Hoy, finalmente, está de regreso, con el ‘11’ en la espalda y el mundo entero expectante.

Di María regresa como el hijo pródigo que se atrevió a partir y, en cada paso, mantuvo viva la promesa de regresar a donde todo empezó. Ahora, su misión no será solo llenar el estadio, sino cerrar un círculo emocional que comenzó en esas pedaleadas familiares, continuó con la gloria planetaria y se cerrará rindiendo homenaje al amor primigenio: el que brota de su barrio, de su gente, de su madre.

 

La historia de Di María con Rosario Central no comienza en la élite, sino en la calle de Perdriel, donde su madre, Diana, lo llevaba en bicicleta al entrenamiento pedaleando bajo la lluvia o el frío

 

Santi Cazorla – La vuelta del que no debía volver

Santiago Cazorla regresó al Real Oviedo en agosto de 2023, no para lucir su brillante palmarés —Dos Eurocopas, y el privilegio de pisar escenarios como la Champions y la Premier—, sino por amor genuino a su tierra natal. A su llegada, firmó por el salario mínimo y cedió sus derechos de imagen al club marcando desde el primer día una conexión profunda con el proyecto. La historia de Cazorla durante estos dos años se escribió con letras heroicas.

Pero para entender la magnitud de ese regreso, hay que mirar hacia atrás. Porque antes de volver a casa como un ídolo, Cazorla fue un hombre al que el fútbol casi le arrebató los sueños.

En noviembre de 2015, una grave lesión lo dejó atado a una silla de ruedas. Los médicos llegaron a decirle que quizá no volvería a caminar… y ni hablar de jugar al fútbol. Pero él, tras varias operaciones, se rehizo, retornó, ganó la Eurocopa y siguió brillando en el Arsenal y Villarreal.

Volvió a Oviedo con 38 primaveras y un propósito: conducir el equipo azul a Primera División, algo que no sucedía desde hacía 24 años. En la temporada 2023‑24 se quedó cerca, pero fue este junio cuando su compromiso se ha cumplido. En la final del play-off contra el Mirandés transformó un penalti en el gol que desató la locura en el Carlos Tartiere y selló el ascenso. Demostró que el éxito en el fútbol no siempre se mide en títulos, a veces solo es necesario cerrar heridas, cumplir promesas y devolver la identidad a un club que sin él parecía irreconocible. Hoy, mientras el conjunto se prepara para competir de nuevo en Primera, Cazorla ha entregado algo más que liderazgo:  ha devuelto al oviedismo la fe y la dignidad que habían perdido.

Carlos Tévez – El adiós más íntimo

‘Carlitos’ nació en Fuerte Apache, un barrio de Buenos Aires marcado por la pobreza y la violencia. Desde muy pequeño, vivió situaciones extremas que le obligaron a madurar más rápido. En 2001 debutó profesionalmente en Boca Juniors con apenas 17 años. Pronto, su garra, su fuerza y su empuje lo convirtieron en un héroe local.

Tras explotar en Corinthians y brillar en Europa –Manchester United, Manchester City, Juventus–, ‘El Apache’ sintió en Argentina un llamado irrenunciable: volver a Boca. Regresó en 2015, y lo hizo a lo grande: más de 60.000 personas lo recibieron en la Bombonera como al hijo pródigo. Aunque en diciembre de 2016, Tévez firmó con el Shanghai Shenhua un contrato por dos años, con un salario astronómico que le convirtió en uno de los jugadores mejor pagados del mundo. Alrededor de 38 millones de dólares brutos. Sin embargo, ese acuerdo incluía una cláusula de salida anticipada: a partir de diciembre de 2017, justo tras cumplir un año, cualquier club —y él mismo— podía activar una opción de rescisión unilateral de 6 millones de dólares.

A finales de 2017, Boca se movió. Su presidente, Daniel Angelici, viajó a China para negociar y ambos clubes acordaron una resolución amistosa. Finalmente, el contrato se rescindió por mutuo acuerdo a inicio de enero de 2018.

Pero su regreso no fue un regalo. Fue una misión. Años después, y tras el amargo obstáculo de la eliminación en semifinales de Copa Libertadores en 2021, sufrió uno de los mayores golpes personales que un jugador puede enfrentar: la pérdida de su tío, al que siempre llamó “papá”. Su mayor admirador, su cómplice de siempre, falleció en febrero de 2021. A partir de entonces, el fútbol dejó de tener el mismo sentido. En sus propias palabras: “dejé de jugar porque perdí a mi fan número uno”. Esa pérdida lo marcó de forma profunda. Se retiró en junio de 2022, a los 38 años. Se despidió de Boca como uno de los máximos goleadores de su historia (94 goles en 275 partidos) y con 10 títulos oficiales . Terminó cerca de donde todo comenzó: porque había, para él, una herida aún más profunda que cerrar.

Arjen Robben – La curva al final del camino

A veces, el fútbol escribe epopeyas donde otros solo ven estadísticas. Y pocas historias son tan poéticas como la de Arjen Robben volviendo a Groningen.

Robben fue uno de los extremos más letales de su tiempo. Velocidad endiablada, una zurda afilada y una jugada que todos conocían pero nadie podía frenar: esa diagonal desde la derecha, ese recorte hacia dentro y el disparo seco a la escuadra que parecía inevitable.

En el Chelsea, el Real Madrid y el Bayern Múnich dejó huella. En 2013, se redimió del penalti fallado en la final del Mundial de 2010 y marcó el gol que dio al Bayern la Champions ante el Dortmund. Aunque también tuvo una carrera que estuvo marcada por la fragilidad física. Las lesiones lo persiguieron como una sombra constante, y muchas veces pareció que lo obligarían a parar antes de tiempo.

 

En Groningen, Robben no fue la estrella del Bayern. Fue el chico de 16 años que soñaba en verde. Y eso fue más que suficiente para despedirse

 

Pero antes de todo eso, antes del brillo y los estadios llenos, Robben fue un adolescente del norte de Países Bajos que debutó con apenas 16 años en el FC Groningen. Su zurda ya llamaba la atención y su descaro ya rompía moldes.

En 2019, después de una carrera legendaria, decidió cerrar el telón a los 35 años, con el cuerpo desgastado pero con el respeto unánime del mundo del fútbol.

Pero un año después sorprendió a los aficionados con un anuncio inesperado: volvía a jugar. Volvía al FC Groningen. Allí las lesiones volvieron a acosarlo, y apenas pudo disputar unos pocos partidos. No buscaba nada especial, solo quería volver a donde se dio a conocer, su única motivación era devolver a su ciudad todo lo que le había dado. En Groningen, Robben no fue la estrella del Bayern. Fue el chico de 16 años que soñaba en verde. Y eso fue más que suficiente para despedirse.

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Diego Milito – La vuelta del príncipe a Avellaneda

Mentiríamos si dijéramos que Milito era el jugador más mediático o el más exuberante, pero daríamos en el clavo si dijéramos que el argentino era de esos futbolistas que aparecían cuando las papas queman. De los que no hacían ruido, pero resolvían. De los que no levantaban la voz, pero se cargaban el equipo a la espalda cuando nadie más se atrevía.

Diego Milito nació en Avellaneda, donde se respira fútbol en cada esquina. Creció con la pasión tatuada en la piel y, como buen hijo del barrio, debutó en Racing Club. No tardó en demostrar que tenía algo especial: olfato, templanza, lectura del juego. Era un delantero fino, de los que piensan más rápido que el resto. Una astucia silenciosa, casi invisible, que no necesitaba adornos para imponerse. No deslumbraba con regates imposibles ni acaparaba titulares, pero hacía algo aún más valioso: decidía partidos. Era de esos delanteros que no te impresionan en YouTube, pero que cuando faltan… los echas de menos.

Después de ganarse un nombre en Argentina, cruzó el Atlántico y, silenciosamente, comenzó una carrera brillante. En Zaragoza dejó huella. En el Genoa se convirtió en ídolo. Y en el Inter de Mourinho escribió su capítulo más legendario. La noche del 22 de mayo de 2010, en el Santiago Bernabéu, grabó su nombre en la eternidad. Marcó los dos goles en la final de la Copa de Europa ante el Bayern Múnich, y su actuación fue tan perfecta que parecía escrita de antemano. Esa noche no solo le dio al Inter la Champions, completó un triplete histórico –también había levantado liga y copa– que aún hoy se recuerda como una obra maestra.

Pero incluso tras conquistar Europa, Milito nunca se despegó del todo de Racing. Su corazón seguía atado a ese escudo, a esa hinchada, a ese estadio que lo vio nacer. Y por eso, cuando en 2014 decidió volver, no lo hizo por nostalgia. Lo hizo por responsabilidad. Porque Racing lo necesitaba. Y él, como tantas otras veces, apareció. Tenía 35 años y Milito ya había vivido mucho. Podía haberse quedado en el viejo continente, cómodo entre laureles, pero eligió volver al barro. Su afición se lo agradeció, no lo esperaban como una estrella, sino como a un salvador.

En 2014, con la cinta de capitán pegada al brazo y la mirada limpia de quién nunca se olvidó de dónde viene, lideró al equipo hacia un título que se les estaba resistiendo desde hacía más de una década. Racing de Avellaneda salió campeón. El Torneo de Transición 2014 quedó en manos de la Academia. Y Milito levantó el título como si fuera la única forma de cerrar un círculo.

Se despidió en 2016, ovacionado por todo el Cilindro. Con lágrimas en los ojos y la cabeza alta, Diego Milito no se fue como una leyenda en Europa, se fue como el pibe de Avellaneda que volvió con su gente para hacerla feliz una vez más.

 

Milito nunca se despegó del todo de Racing. Y por eso, cuando en 2014 decidió volver, no lo hizo por nostalgia. Lo hizo por responsabilidad. Porque Racing lo necesitaba. Y él, como tantas otras veces, apareció

 

Scott Arfield – El capitán que jamás olvidó sus raíces

Scott Arfield no tiene la apariencia de una superestrella. Y probablemente tampoco lo sea. Su rostro –de facciones duras y mirada templada– parece el de un obrero que llega antes de la hora del trabajo y se va después del último silbato. En el campo no presume de gambetas mágicas ni de lujos innecesarios. Lo suyo es distinto: la precisión del que conoce cada rincón del campo como si fuera una parte de su casa.

Comenzó en Falkirk, aquel pequeño estadio del barrio que fue su hogar desde los 9 años. Como un escultor paciente, moldeó su carrera paso a paso, sin estridencias, pero siempre con la mirada fija en el objetivo: triunfar. Después de brillar en la Championship con el Huddersfield y consolidarse en la Premier con el Burnley, Arfield se convirtió en figura del Rangers. Pero siempre llevó consigo un amuleto: usar el dorsal 37, en honor a su amigo y compañero Craig Gowans, fallecido de forma trágica en 2005. Aquel número —retirado por el club— fue una forma de mantener viva la memoria del “hermano” que perdió demasiado pronto. En él no hay excentricidad, pero sí una elegancia áspera, como la de un libro viejo que guarda una verdad importante.

En febrero de 2025, 15 años después de marcharse, regresó a Falkirk. No lo hizo para revivir viejas glorias, sino para cumplir la misión de ayudar al club a regresar a la élite.

En su segundo debut marcó a los 45 segundos, luego celebró el segundo gol con su icónica reverencia y completó un hat-trick en un 5‑2 inolvidable. No celebró con euforia desmedida, sino con una muestra de gratitud: un gesto casi teatral, humilde y poderoso, como si dijera “gracias por esperarme”. En ese instante no solo volvió el jugador, volvió la historia, volvió el vínculo. Volvió el alma del club.

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Fotografía de Getty Images.