Tempus fugit. Carpe diem. Esa es la filosofía. Inmutables a la exigencia y el desgaste de ver girar hojas en el calendario. Rebelados ante un final pospuesto sine die. Como cada año, una serie de jugadores se han empeñado en disfrutar del momento sin pensar en el mañana. Sin poner fecha de caducidad a sus carreras. Futbolistas que han sabido adaptarse a sus nuevas condiciones físicas hasta rendir como nunca. Para calzarse las botas como siempre. Son los Benjamin Button del fútbol español. Ilustres veteranos que viven una segunda –o tercera– juventud tras una carrera deportiva que se resiste a escribir sus últimos capítulos.

Uno de los casos más evidentes es el de Joaquín Sánchez. Más allá de sus célebres frases y sus divertidos vídeos, el bético se ha convertido en un jugador de valor incalculable. Tras un primer año en su retorno a casa con algunas dudas, recuperó su mítico ‘17’ para volver a maravillar en Heliópolis. A sus 37 años, ya no es aquel extremo de “la finta y el sprint”. Ha sabido adaptarse a lo que pide Quique Setién para asociarse por dentro, lejos de la cal, convertido casi en un interior mucho más participativo, asociativo y certero en su toma de decisiones. Él mismo reconocía hace poco en esta misma revista que si no se ha retirado es gracias al estilo del técnico cántabro. Autor de siete asistencias el curso anterior, el del Puerto de Santamaría parece además crear escuela en la plantilla verdiblanca, que tiene otro paradigma de profesionalidad superada la treintena en el mexicano Guardado. Dos viejos rockeros dispuestos a seguir llenando estadios con su renovada música.

Una evolución similar es la que ha experimentado Sergio García en el Espanyol. Tras deslumbrar en equipos como Levante, Zaragoza y Betis, el delantero del barrio del Bon Pastor volvió al club perico en su segunda etapa tras su marcha a Catar y parece haber recuperado su mejor versión. O, al menos, una que le permite desempeñar un rol decisivo en Cornellà-El Prat. Los años le han dado la experiencia suficiente para enriquecer su fútbol, cada día más lejos del gol y más cerca del centro del campo. Sin la punta de velocidad que le permitía superar defensas con aquella melena al viento inconfundible, a los 35 años se ha tirado a un costado para filtrar pases, asociarse y dar criterio y pausa en el ataque blanquiazul. Un cambio de look en su juego que ha contribuido a devolver la ilusión con un arranque de temporada brillante.

Otro trotamundos al que le sienta bien eso de soplar las velas es Christian Stuani. Pocos recordarán su paso por el Albacete, Racing, Levante o Espanyol. Pero fue su viaje a Inglaterra el que le sirvió para volver a España rebosante de confianza y con plena madurez. En Girona y con 32 años recién cumplidos, el uruguayo se ha convertido en referencia e ídolo indiscutible de Montilivi. Acorralado en el pasado como jugador de banda o segundo delantero más bien trabajador pero con poco gol, se destapó el curso anterior: 21 dianas que le valieron para estar en el Mundial de Rusia superada la treintena. Hoy, Stuani es un delantero infalible dentro del área. Un asesino a sueldo que acaba el trabajo de sus compañeros a base de goles. Como escribía Iñaki Lorda, el charrúa provoca la sensación de ser el jefe del área. Y sus cifras en lo que va de temporada apuntan a superar una vez más las previsiones goleadoras más optimistas.

 

Han encontrado en su madurez una versión que aglutina todas las vivencias para demostrar que la edad es sólo un número cuando se trata de jugar a fútbol

 

Pero no todos han tenido que viajar por el extranjero para volver como adolescentes dispuestos a comerse el mundo. En algunos casos, como el de Jorge Molina, ese esplendor ha llegado tras su paso por los infiernos de la Segunda División. Talismán de equipos que lograron el ascenso, el delantero alicantino se ha consolidado en la élite a las órdenes de Bordalás. Ya pueden llegar delanteros de máximo nivel al Getafe. El Coliseum Alfonso Pérez sigue siendo suyo. Capaz no sólo de anotar goles –siete la temporada pasada– sino especialmente de sacar rédito a cada jugada que pasa por sus pies, dando opciones de salida a sus compañeros y aguantando balones cual madre protegiendo a su cría. Un astuto artista callejero forjado en mil batallas que le viene como anillo al dedo al juego de los azulones.

También conoció el infierno en primera persona Santi Cazorla. El asturiano, sin embargo, lo descubrió en su lado más salvaje y despiadado. Una gravísima lesión le alejó de los terrenos de juego más de dos años. Una circunstancia que no le hizo desfallecer en su lucha. Encajador de golpes como pocos, el fútbol le ha recompensado. No sólo se ha vuelto a vestir de corto, sino que lo ha hecho como si nunca se hubiera ido. Con 33 años, ha vuelto al Villarreal para enseñar todo el fútbol que siempre ha tenido en sus botas. Cerebro diseñado para hacer jugar e interpretar la melodía como pocos, Cazorla ha disputado ya ocho partidos en lo que va de curso como groguet, todo un hito para alguien que aterrizó en La Plana este verano sin la certeza de tener dorsal en la plantilla del submarino.   

Todos ellos son dignos sucesores de una larga lista de futbolistas a los que el paso de los años sólo hizo que mejorar sus cualidades. Como el buen vino. Xabi Prieto, otro de esos extremos que terminó mutando en un centrocampista total, fue uno de los últimos vaqueros en decir adiós tras vivir su tercera juventud. Una retirada que hoy parece lejana para los Jorge Molina, Sergio García y compañía. Rebeldes resistentes sin más causa que su fútbol. Muchos tras cambiar su posición; otros, después de conocer otras ligas; incluso algunos que descolgaron a tiempo las botas cuando parecían ya impartidas sus últimas cátedras sobre el césped. Todos tienen algo en común: han encontrado en su madurez una versión que aglutina todas las vivencias para demostrar que la edad es sólo un número cuando se trata de jugar a fútbol.