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Transcurría la primavera de 1954 cuando el cineasta madrileño José Luis Sáenz de Heredia presentaba en el Festival de Cannes Tout est possible à Grenade. En la comedia, interpretada por Paco Rabal y Merle Oberon, un infeliz soñador buscaba sin demasiado éxito el tesoro de un rey moro, supuestamente enterrado en la ciudad. 20 años y un verano después, cuando el Granada C.F. hizo oficial la contratación de Ladislao Mazurkiewicz (Piriápolis, Montevideo, 1945), L’Equipe usó el título de la película para anunciar el acuerdo. Pocos entendían que el mejor arquero de Sudamérica eligiera el Granada como equipo, pero menos aún que acabara pasando casi dos temporadas calentando el frío banquillo de Los Cármenes. El ‘charrúa’ no encontró fortuna en España, ni morisca ni futbolística, y regresó a su país con apenas dos partidos disputados. Como apuntaba la sección de televisión de El País en una perezosa sinopsis del filme, publicada años después, “en Granada ocurre lo mismo que los sábados en la rejilla de programación, que todo es posible”.

La historia de Uruguay en el fútbol, conmemorada en el número 99 de nuestra revista, estaría algo incompleta de no haber existido Mazurkiewicz, su mejor guardameta. Siempre con sobrio atuendo, ‘Mazurka’ demostraba tener una agilidad felina bajo el arco, aunque esta no era su única habilidad. Se colocaba especialmente bien, sabía jugarla con los pies y era bastante fiable, tanto en salidas y despejes como en los mano a mano. En 1971, en la despedida de Lev Yashin del fútbol en el Estadio Lenin de Moscú, la ‘Araña Negra’ le entregó sus guantes al acabar y le dijo: “tú vas a ser mi sucesor”. Aquel guardameta al que Joseíto ‘El Cabezón’ había relegado al ostracismo en Granada era, según numerosos expertos, uno de los mejores porteros de la historia de los Mundiales. Todavía hoy permanece vigente su récord de imbatibilidad (más de once encuentros) en el fútbol uruguayo.

Ladislao, como otros tantos arqueros en su país, comenzó jugando al básquet, de ahí que usara con asiduidad y precisión el recurso de sacar con la mano, especialmente en los contragolpes. Cuentan que las primeras paradas de Mazurkiewicz tuvieron lugar frente a la puerta de cristal de un vecino. Apostado ante ella desafiaba a sus amigos, que intentaban superarle, aunque el ‘Polaco’ jamás tuvo que pagar un vidrio roto. Pese a todo, él no quería ser portero, quería ser centrocampista. Con 16 años le hicieron una prueba en el Racing Club de Montevideo, pero aquel día el único sitio que quedaba libre era en la meta, ya que al arquero titular le habían extraído una muela, y ‘Mazurka’ probó por mero aburrimiento. Ante los ojos de los asombrados reclutadores atajó seis de los diez penaltis de la tanda final de la sesión, aunque todavía seguía emperrado con jugar en la media.

Ya convencido de dónde estaba su sitio, y demostradas sus habilidades con el Racing, firmó a los 20 años con el Peñarol, club en el que ganó tres ligas uruguayas (1965, 67 y 68), una Libertadores en 1966 y la Intercontinental de esa temporada al Real Madrid. Ese año, recién cumplidos los 21, Mazurkiewicz debutaba como titular en el Inglaterra-Uruguay que inauguraba el Mundial. Sobrepasado, lo que se le dice sobrepasado, no se le vio. Ni tan siquiera en los prolegómenos.

“Ambos equipos debían subir al palco a saludar a la reina, primero los ingleses y después Uruguay. Había que hacer una reverencia a la monarca, frente a ella, y luego darle la mano al marido. Diez minutos después iba a empezar el partido, Mazurkiewicz queda frente a Isabel II, le hace la reverencia y da un paso al lado. Le extiende la mano al marido (Felipe, el duque de Edimburgo), y cuando este le da la mano le dice: ‘Vos sí que estás pintado’, y siguió su camino. Sus compañeros no se lo podían creer”, explicó Fernando Álvarez, uno de sus discípulos en el arco.

Con varias paradas de mérito ‘Mazurka’ evitó que la selección anfitriona anotara y, por tanto, se llevase la primera victoria del torneo ante las 110.000 personas que abarrotaban Wembley. Se había convertido en el primer portero extranjero que dejaba su puerta a cero en el mítico estadio en más de 30 años. Tras el empate inicial Ladislao Mazurkiewicz siguió disputando un gran campeonato, y aunque Uruguay no pudo pasar de cuartos de final, fue elegido tercer mejor portero del Mundial. El ‘Polaco’ ganó una Sudaméricana -Copa América- con la celeste en 1967 y desarrolló una gran carrera con su club, pero su momento de más fulgor llegó cuando le designaron el mejor cancerbero de uno de los mejores Mundiales de la historia, el de 1970. Y eso que en la jugada que más se recuerda de él en aquella Copa ni tan siquiera fue el protagonista. 

 

Pelé: “He jugado contra muchos porteros, pero solo él me provocó el temor a fallar”

 

En la semifinal de México’70 -la disputada entre Uruguay y Brasil- ‘O’ Rei’ recibía un balón largo de Tostão que lo dejaba mano a mano ante el meta ‘charrúa’, que ya irrumpía en la frontal del área como un toro en sanfermines. Con un sutil gesto, que apenas dibujaba una intención, Pelé engañó a nuestro protagonista, que se comió el amago y pasó de largo. El brasileño hacía el camino difícil por detrás del guardameta para quedarse con el balón solo frente al arco, aunque el esférico se le había ido algo largo. Con la meta vacía, pero un poco escorado y trastabillado, el ‘10’ de la ‘Canarinha’ envió el balón fuera, pero el gesto de distracción fue tan sutil y sublime que la jugada pasó a la historia, a pesar del fallo. “Yo salí y Pelé hizo una jugada excepcional, pero no fue gol”, comentaría socarrón en una entrevista para Gol TV. “Y eso es lo que yo siempre quise en mi vida, que no me hicieran gol”.

Cuando Ladislao participó en su tercer Mundial, el de Alemania’74, ya se había comprometido con el Granada para la siguiente temporada. En aquella cita Uruguay cuajó una decepcionante actuación, y quizá Mazurkiewicz sería uno de los pocos que rindió al nivel esperado. A pesar de la eliminación en primera fase del conjunto ‘charrúa’, que apenas consiguió un punto, fue designado tercer mejor arquero del campeonato tras Zepp Maier y Jan Tomasewski.

Con ese cartel aterrizaría en la ciudad de la Alhambra, aunque para practicar su profesión en España todavía tendría que formalizar su nacionalidad. Pese a que su padre era polaco y había huido de su hogar justo antes de que Hitler invadiera el país, la familia de su madre procedía del municipio coruñés de Rianxo, y eso le iba a facilitar los papeles para jugar en la Liga, aunque dicho trámite no llegaría a tiempo para el inicio del torneo. Los clubes vascos habían puesto el grito en el cielo por la proliferación de ‘falsos oriundos’ y cualquier nacionalización era estudiada con detenimiento.

El ‘Chiquito’ -llamado así por ser el menor de cinco hermanos- llegó a la capital nazarí convencido por su compatriota Moreno Castillo, que ya era el terror de las delanteras españolas. El portero procedía del Atlético Mineiro y su traspaso, según la prensa de la época, costó en torno a ocho millones de pesetas. Lo que se prometía una consecución de postín para ‘Candi’, histórico presidente granadino, acabó convirtiéndose en un quebradero de cabeza para el club.

El entrenador del equipo, Joseíto, apodado en Granada el ‘Cabezón’ y no sin motivo, le había prometido al portero titular de anterior temporada, Izkoa, que no haría trato de favor alguno con la estrella sudamericana, y que el mejor acabaría jugando. Cuando ‘Mazurka’ obtuvo toda la documentación ya era noviembre y el portero vasco aparecía como el menos goleado del campeonato. Joseíto, tipo de firmes convicciones, cumplió su palabra con el arquero, que había sido uno de los jugadores más importantes en la anterior campaña. Aquella campaña 74-75 el uruguayo apenas disputaría dos partidos: un 0-0 contra el Español y un 3-0 en Vigo que le apartó definitivamente del arco. La llegada de Miguel Muñoz al año siguiente varió poco sus expectativas de juego; no llegó a disputar partido oficial alguno y en febrero, resignado, hizo las maletas de vuelta a su país.

No es que Mazurkiewicz quisiera pasar fugazmente por tierras granadinas, es que apenas le dejaron demostrar su talento. Es más, él quería asentarse. Estando todavía en la ciudad se asoció con su compañero Luis Oruezábal, al que apodaban igual pero por la estatura, para abrir el restaurante ‘Chikito’, todavía en funcionamiento y con bastante solera en la Granada. Vendió su parte del negocio y regresó al Peñarol, donde se rompió el tendón de Aquiles y tampoco pudo demostrar demasiado. De ahí se marchó al Cobreloa chileno, donde volvió a exhibir sus cualidades, al América de Cali y, por última vez, a su amado Peñarol, donde se retiró. Siguió ligado al fútbol como entrenador de porteros -en el club aurinegro y en la selección- hasta que con 67 años su corazón dijo basta.

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Víctor Espárrago contó entonces a El País que era un tipo “muy serio, siempre centrado en el fútbol, de gran colocación”. “Con 21 años, en el Mundial de Inglaterra, nos mandaba a todos”, confesaba su excompañero, que siempre lo consideró “el mejor guardameta que ha dado Sudamérica”. Aquel inteligente arquero cosechó gloria allá donde jugó, excepto en la capital nazarí, donde a pesar de todo conseguía reunir más público en algunos partidos del filial que en otros tantos del primer equipo. Como Paco Rabal en la película, el pobre ‘Mazurka’ se quedó en Granada descompuesto y sin tesoro. Todo es posible allí.

 


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Fotografía de Getty Images.