En el fútbol de hoy ya no se corre como en el de antes. No es exactamente que se corra más o mejor. Es que se corre diferente. O que ya no lo vemos igual. Ahora cualquiera puede apreciar en una carrera en el campo la misma belleza que antes parecía reservada a una asistencia o a un gol. Hemos pluralizado el gusto. El pasado fin de semana, en San Mamés, todos nos asombramos con la jugada de Iñaki Williams que sentenció el Athletic-Sevilla a falta de cinco minutos para el final. Fue un tanto monumental, atronador, de esos que quedan tiritando durante un tiempo en la memoria del aficionado. Pero lo que más nos impactó de él no fue el regate al portero o el disparo a la red, sino el feroz esprint que se marcó el jugador bilbaíno hasta alcanzar el arco contrario.

Williams recibió un balón inofensivo en los aledaños del círculo central, con un toque sutil lo envenenó de repente al convertirlo en un autopase, y a partir de ahí encendió el turbo para superar a Sergi Gómez y a Promes y acabar sentando a Vaclik tras un galope prodigioso. Tanta energía desprendía la escena, que algunos deseamos que el terreno de juego no se acabara nunca para que el delantero no llegase a su destino. Sobraban los contrincantes, las porterías, el estadio. Era suficiente con verlo correr. Fue una exhibición de fuerza, de potencia y de explosividad, tres cualidades que por otra parte nunca se habían aplaudido tanto en el fútbol como ahora.

La maratón de Williams vino a decirnos que nos estamos aproximando al nirvana.

 

El de Williams fue un tanto monumental, atronador, de esos que quedan tiritando durante un tiempo en la memoria del aficionado

 

Después de todo, el fútbol ha ido evolucionando a lo largo de la historia al ritmo que lo hacían los movimientos de sus ejecutores. Todos los avances que ha reflejado el juego, todos los ajustes que se han introducido, siempre han perseguido un mismo fin: que las cosas sucedieran cada vez más deprisa en el césped. Eso no significa expresamente que los futbolistas tengan que ser más rápidos; se trata más bien de que sepan aplicar con mayor rapidez las consignas de sus entrenadores. Que estén preparados física y mentalmente para que sus equipos compitan a más revoluciones. Conceptos como la verticalidad, la profundidad o las transiciones están íntimamente relacionados con esa deriva frenética que van tomando los acontecimientos en el campo.

Y la sensación es que esto irá a más.

Hace una década, Haruki Murakami publicó De qué hablo cuando hablo de correr, un librito en el que el escritor explicaba los secretos de una de sus grandes aficiones, que aun así descubrió tarde, a los 33 años. “Fumaba 60 pitillos al día. Los dedos se me amarilleaban y todo el cuerpo me apestaba a tabaco”, argumenta Murakami para justificar su decisión de pasarse al running. En uno de los capítulos, el autor de Tokio blues desvelaba cómo lo hacía para recorrer cada semana mayores distancias: “Si aumento el ritmo acorto el tiempo de carrera. Procuro conservar y aplazar hasta el día siguiente las buenas sensaciones que experimenta mi cuerpo. Idéntico truco utilizo cuando escribo una novela larga: dejo de escribir en el preciso momento en que siento que puedo seguir escribiendo. Al día siguiente me resulta más fácil reanudar la tarea”.

Para prosperar uno debe creer siempre que está empezando.

En la actualidad es difícil concebir una estrella que no incluya entre sus virtudes la de ser capaz de romper un partido con una acción vertiginosa. El joven Mbappé ya ha demostrado que puede. Neymar, al que pronto le supo a poco lo de saber driblar a toda pastilla, incluso optó por imponer ese ritmo desenfrenado a su vida. Y qué decir de Cristiano Ronaldo. O de Messi, que en muchas ocasiones nos ha demostrado que andar es otra manera de ir rapidísimo.

Son buenos, o buenísimos, porque cuando recogen el balón no es el marcador sino el fútbol el que echa a correr detrás de ellos.

Si se disparan, es imposible no mirarles.

Impresionan.

Una vez, un periodista, abrumado por una de sus actuaciones, le preguntó al exjugador chileno Héctor Puebla: “Y usted, ¿cómo lo hace para correr tanto? ¿cuántos pulmones tiene?”, a lo que el entrevistado, tratando de ser honesto, respondió: “Bueno… Uno, como toda la gente, ¿no?”.