La España campeona de Europa jugó sus dos mejores partidos como equipo, a mi parecer, tiempo después de su triunfo en Viena. En febrero de 2009 ante Inglaterra, en Sevilla y con victoria por 2-0, y ante Bélgica en septiembre por 5-0 en La Coruña. Si ya de por sí aquel equipo disfrutaba de su plenitud, la victoria le concedía la oportunidad de retarse estética y futbolísticamente para romper en algo mayor, logrando mover y domar la pelota a una velocidad superior: Jagielka, Terry, Barry, Downing y compañía presenciaron aquel 2 de febrero la manifestación del fútbol ficción. En esos dos partidos comprendí que siempre hay que echarle un vistazo a los momentos posteriores de un equipo campeón, porque de vez en cuando pueden pasar cositas.

Argentina, campeona de la Copa América 2021, después de sumar más de 27 años sin levantar una, está atravesando por un momento parecido en cuanto a su relación con el juego, pero llegando a él desde otro punto más psicológico, movida por algunas cuantas deudas cobradas y otras tantas heridas cerradas a partir del triunfo. La albiceleste, nación medida tanto por su fútbol como por su gusto por relatarlo, está dando forma a un embudo al que han ido a parar historias de enorme dimensión hasta hacerse vapor; una catarsis que salta entre sus dos mitos más grandes y que hace hueco a todos los argentinos, en un vehículo simbólico que hace de relator para rodear de espíritu a las mutitudes, del todo fundamental en la conversación y vínculo del fútbol nacional argentino actual, y al que se ha montado todo el país: La Scaloneta.

Transversal y simbólica furgoneta que empujan sus acólitos, los primeros los jugadores, desde la determinación y la victoria, Argentina se ha reconocido como país en esta selección porque verbalizándolo de manera racional o sintiéndolo de forma emocional, este equipo vibra entre la muerte reciente de su mayor mito y la liberación de su hombre en la tierra tras el triunfo ante Brasil. No hay ninguna palanca que pueda levantar el trauma de tantas finales perdidas con tu estrella acercándose a su final si no es por algo mucho más fuerte que depender de los jugadores correctos e intentando apoyarse únicamente en el balón. Argentina está viviendo un momento especial, y así lo expresan los jugadores, recordando a Diego y homenajeando a Leo, sabiendo que seguramente este resurgimiento sólo ha sido posible desde las cenizas del primero y las lágrimas victoriosas del segundo.

 

Argentina está viviendo un momento especial, y así lo expresan los jugadores, recordando a Diego y homenajeando a Leo

 

Scaloni ha construido un equipo terriblemente argentino, con el pecho hinchado por defender hacia delante todo lo que Messi, sus estribos y trampolines van generando en corto, con el crecimiento del sensacional Cuti Romero. El bicampeón del mundo es un equipo extraordinariamente dinámico y fluido, cuya mayor virtud no es otra que jugar con la felicidad del momento para rodear el balón, abandonando todas las posiciones de partida y creando una estructura dinámica de pases, sociedades y características que recuerda la esencia sudamericana y que le coloca en un punto de dulzura y versatilidad inimaginables sin la sucesión de las inflexiones recientes ya descritas. Sea o no por esto, el hecho de poder creer que es así ya refuerza a una hinchada que quiere comprender en qué lugar quedan sus mitos y cómo puede reconciliarlos sin arrojarlos. La eterna terapia tocando fondo y saliendo a flote.

Si tienen tiempo para hacerlo, elijan bien sus momentos para ver fútbol y reserven un lugar para la Argentina de Scaloni, porque está liberando una serie de historias que parecían quedarse estancadas para siempre, amenazando con apagar incluso a su segundo gran mito futbolístico. Y también porque se está logrando mientras se recuerda la llama que lo fundó todo, Diego Armando Maradona. Como razonaba Eduardo Galeano, “no hay dos fuegos iguales. Hay fuegos grandes, fuegos chicos y fuegos de todos los colores. Hay gente de fuego sereno, que ni se entera del viento. Y gente de fuego loco, que llena el aire de chispas. Algunos fuegos, fuegos bobos, no alumbran ni queman. Pero otros arden la vida con tanta pasión, que no se puede mirarlos sin parpadear, y quien se acerca se enciende”.

 


SUSCRÍBETE A LA REVISTA PANENKA


Fotografía de Imago.