Hasta Nyon, la localidad más pija de Suiza, llegaba el hedor de “las manzanas podridas” que Rafa Benítez había identificado meses atrás en su vestuario, en la previa de los cuartos de Champions contra el Inter. “Nos quedan dos meses de aguantarnos”, vaticinó antes de aquel cruce que no se superó. Era necesaria una catarsis que cicatrizase heridas y devolviese a aquel colectivo toda su ferocidad.

Ocurrió un mediodía del bochornoso julio de 2003 en el gimnasio de La Barcarolle, un hotel en el que a las ocho de la tarde tocaba cerrar las ventanas porque en las habitaciones se colaban una legión de arañas gigantes procedentes del lago Lehman. Ese día, los enviados especiales esperábamos la comparecencia de Benítez. Pasaron las horas sin noticia alguna, y con los niveles de glucosa por los suelos, apareció Rafa. Pidió disculpas y justificó que las prioridades del equipo estaban por delante de las de la prensa. En aquel gimnasio se había producido una radical terapia de grupo en la que jugadores y técnicos se habían sincerado y reprochado a la cara los defectos por los que el Valencia había visto saciado el apetito rebelde del alirón de 2002. Las escenas, relataron, fueron tensas y llegaron al límite de la intimidación física. Pero aquellos nombres como Ayala, Carboni, Albelda, Baraja o Vicente, a los que el tiempo acabaría conservando en gloria enciclópedica, salieron de la tormenta agitada por su técnico con los dientes apretados. Con ansias de recuperar un año perdido en vicios pequeño-burgueses, dispuestos a ser como esos púgiles que desesperaban a rivales superiores por no encontrarles el modo de hincarles el diente, para tumbarles con un zarpazo furtivo.

En el siguiente amistoso, el Valencia se paseó 0-2 contra el Liverpool en un Anfield a rebosar que se enamoraría de Benítez. Titulé aquella crónica con “Grandes esperanzas”, tomándole prestado el título a Dickens, delirando con el regreso de las leyendas de fiereza de un equipo que solo es grande cuando el resto de adversarios esconden sus miedos, menospreciándole como “bronco y copero”. Rafa anticipó que aquel año la campaña de manzanas sería buena: “Este Valencia me recuerda al que fue campeón”.

(Texto publicado en el libro Bronco y liguero, editado por Llibres de la Drassana. Lo puedes comprar aquí).